Fue en la manifestación de un primero de mayo, a mediados de los años noventa, había perdido en el barullo a ese amigo de juergas, reflexiones y solidaridades. Se escabulló mientras saludaba a Isa, una antigua compañera del máster que había acabado en enero, ella me presentó a la amiga con la que transitaba por las calles permitidas durante aquella manifestación a
nual de trabajadores reivindicativos y sin esperanza. Tras decirnos lo que siempre se dice en las manifestaciones, pasarnos los teléfonos y desearnos mucho trabajo y bien remunerado, quise volver con Eloy, mi amigo, pero la marea lo había engullido, no sabía dónde estaba, no lo veía. Lo cierto es que no me importó demasiado, si nos perdíamos sabíamos dónde encontrarnos una vez terminada la anual y poco sustanciosa reivindicación sindical.
Isa era una mujer muy maja, también viuda, nos habíamos caído bien durante el curso y alguno de los trabajos los habíamos realizado juntos, con ella iba Pape, una amiga recién llegada a Madrid. Volvimos a la moderada corriente reivindicativa hasta desembocar en el embalse humano llamado: Puerta del Sol.
Dimos por finalizada la reunión, más sentimental que reivindicativa, cuando los prebostes sindicales comenzaron a arengarnos con soflamas mansas, propias de bueyes amaestrados por el capital. Sus objetivos eran los mismos un año más: mucho decir y poco hacer. Ellos convocaban las manifestaciones de trabajadores, pero quizá eran los únicos que no deberían hablar, sino escuchar. Pusimos la marcha atrás rumbo a El Tigre, ese bar donde vamos a parar todos los manifestantes con hambre de charla, grandes aperitivos y bebidas.
Pape era una mujer delgada, poco cuerpo y mucha voz, usaba una voz grave, dura y tormentosa que al pasar por sus labios se impregnaba de aromas y buqués amables, flexibles cómo juncos mecidos por la brisa. Ella era piedra y mies.
Aquella mujer pequeña, delgada, rubia, de pelo muy corto y ondulado, sabía manifestar sus ideas sin ambages, era clara, educada, irónica, reflexiva y directa. Una mezcla de arroyo sereno y limpio y tormenta en alta mar que llena de esperanzas a las naves que por él transitan… No sé; creo que es la mejor forma de decir cómo era Pape.
Había estudiado ciencias políticas, sabía, por tanto, resumir y concretar opiniones, daba clase en una universidad privada, para contrarrestar, según ella, esa deleznable humillación, trabajaba activamente para un sindicato minoritario de ideología anarcosindicalista. Opinaba que no de debía de estar siempre de espaldas al viento, de vez en cuando había que estar frente a él, oliendo y recibiendo lo que de bueno o malo nos trae: polen, calima, humedad o el humo negro de cien batallas que nos mancha los pulmones…
Aquella mujer menuda, era de trago largo y reflexiones profundas. Irónicamente decía que, por las noches los sueños criticaban sus críticas cotidianas. Era polemista, pero no buscaba la confrontación, salvo de ideas.
Colocados en el primer piso de aquel bar, fuimos consumiendo cervezas acompañadas por los aperitivos de siempre, el totum revolutum compuesto por frituras: patatas, pimientos, boquerones, calamares, empanadillas… Todo en un mismo plato.
Pape no lo conocía, ella acababa de venir de Donosti, allí vivía en el barrio de Amara, en la calle Matía, ese barrio lo había pateado yo en otras épocas, estaba cerca de las facultades, frente a la playa de Ondarreta. Dos veranos antes pasé unos días con la familia. Era un lugar tranquilo, alejado del casco antiguo y todo lo que en esa zona se cocía, casi a diario, con el independentismo y el acercamiento de los presos de ETA.
Al fin llegó Eloy, el presente continuo hecho amistad imborrable, el amigo perdido y encontrado entre tapas. El cada vez más ruidoso bar, de bote en bote, nos invitó a salir de aquel lugar, a punto de estallar por exceso de deshidratados concurrentes. Eloy conocía otro bar amigo, a pocos metros del que nos encontrábamos, que daba buenos aperitivos y no era tan conocido. Allí nos fuimos los cuatro. Conocía a lo dueños, eran clientes de la sucursal bancaria donde trabajaba. Se portaron muy bien con nosotros, nos hicieron hueco en el comedor y con un par de cervezas más, terminamos de comer a base de unos aperitivos de sándwiches mixtos con huevo, queso, lomo, chorizo…
Hablamos mucho, divagamos poco, me gustaba escucharla cuando explicaba que los mercaderes, profesionales de la venta de torpeza y nieve en playas del sur, intentaban desestabilizarnos, haciéndose pasar por grandes industriales prepotentes, con visos muy presuntuosos, gracias al márquetin y la publicidad: “Ellos han aprendido a humillarnos para conseguir sus fines: secuestrar nuestro futuro en acciones de humo y nuestra frágil voluntad y ahorros a base de hipotecas perpetuas”.
Otros te halagan y te aplauden para seguir pisándote el cogote y mercadeando con la credulidad en forma de voto.
Estaba de acuerdo. La sociedad estaba dividida entre los que se humillaban para seguir en la poltrona y los que humillaban con prepotencia para tenernos sumisos y encanijados. Cuando somos capaces de despojarnos del ego y del miedo, entonces seremos aptos para manejarnos en una sociedad, sin caer en trampas. Cuando ocurre eso, en ocasiones, ya es demasiado tarde y has dejado de estar y comunicarte en un mismo plano astral con los vivos.
Lo pasamos muy bien. A las cuatro era la hora de volver a la cotidianidad, al retiro. Eloy y yo nos fuimos rumbo a la zona norte y ellas tomaron la dirección oeste. Había pedido el teléfono a Isa, lo mismo las invitaba a ella y a Pape, a una segunda manifestación, me gustaba aquella cabeza reflexiva de Pape.
No hizo falta, el Gran Padre llamado Destino, había advertido de mis intereses. La última semana de mayo iría a un taller que daba el instituto de Higiene y Seguridad, Jorge, era el monitor, le conocía del máster, era un hombre competente y poco dado a teorías, eran muy prácticos sus talleres. Normalmente, cuando terminaban las tres horas del curso, Jorge y yo, casi amigos, nos íbamos a tomar una cerveza y a comentar aspectos del curso, ahora en el taller, esperaba que hiciéramos lo mismo. Así fue, A nosotros se nos unió Pape, ella estaba también en este taller dedicado al “Árbol causal”, en una palabra; el método de investigación de un accidente laboral. Pape también estaba metida en este mundo de los Riesgos Laborales. Me enteré entonces de que ella formaba parte del grupo de expertos del gobierno para el desarrollo del Plan Nacional sobre las Drogas y conductas adictivas.
Aquellas cinco tardes fueron fecundas en conocimientos, tanto de las causas de los accidentes como de cómo las drogas estaban de manera transversal en todos los centros de trabajo, carreteras y hasta en las más mínimas decisiones sobre la gestión empresarial.
Si en el árbol de causas se preguntaba sobre el ¿por qué ha ocurrido el accidente?, de una forma constante. Pape le gustaba preguntar en todo momento sobre ¿Dónde?
¿Por qué ha ocurrido este accidente?, era una pregunta muy distinta a: ¿dónde se ha iniciado la secuencia para que se produjera el accidente?
Fallaba la formación: ¿En el formador o en el trabajador?
¿Acaso fallaron los medios empleados o el tiempo necesario?
¿Pudieran haber fallado las herramientas dedicadas a la formación?
¿Fallaron los equipos humanos?
¿Fallaba en el lugar de trabajo el coordinador de seguridad?
¿Fallaba el empresario…?
¿Dónde se había producido el fallo en la cadena de seguridad?
Todo podía estar aparentemente bien, pero… ¿Dónde, en qué punto se investigó al trabajador, al coordinador, al empresario?
Otra pregunta que nos saltaba a la vista era: Fallaba la Ley…
En caso de que así fuera: ¿dónde fallaba la Ley que debía prever la falta del accidente?
Tras la semana del Taller, nos solíamos ver Pape y yo, sin Jorge. Hablábamos de otras cosas, de otros árboles, como el de la vida y el enigma de la muerte. Pape decía que, tras abandonar la vida, el enigma de saber lo que hay después se resolvería o no tendríamos ocasión de resolverlo nunca. ¿Tal vez surgiría un nuevo enigma?
Días después, un sindicato de funcionarios contactó conmigo a fin de impartir unos cursos de Riesgos Laborales, se hacían a través de un dinero que venía de Europa. Yo no tenía tiempo para impartir cinco horas diarias, entonces se me ocurrió llamar a Pape, aceptó sin problema. Desde entonces compartimos espacio y actividad, aunque sin tiempo para vernos.
Un 21 de junio me invitó a cenar en su casa. El pretexto fue la entrada del verano, a Pape le gustaba celebrar los solsticios. Fue una noche que no olvidaré, estaba cargada de algo intenso y muy especial, no sabré nunca como definir ese especial solsticio de verano.
Sin saber muy bien como fue, un día contactó con ella una universidad privada, preparaba un máster de Prevención y Salud Laboral y quería contar con ella. Pape se unió al carro, era una oportunidad muy interesante. Yo busqué a otros colaboradores para que sustituyeran a Pape en el próximo otoño.
Un domingo a primera hora de la tarde me llamó por teléfono, estaba angustiada, llevaba días con dolores de cabeza, pero ya eran imposibles de soportar. La mandé al hospital, fui allí, estaban viéndola en urgencias cuando llegué. Tras una larga espera y unas pruebas, decidieron ingresarla. No quiso ver a nadie, no quería hablar con nadie.
A los dos días me llamó. Tenía un tumor cerebral, iban a operarla, seguía sin querer ver a nadie.
Respeté su intimidad. Quince días después me volvió a llamar. Ya estaba en casa, quería verme. Me acerqué hasta ella, en pleno barrio de Argüelles, pasamos la tarde juntos, estaba muy débil. Me confesó que no tenía fuerza para seguir impartiendo el máster y me había propuesto a mí como profesor. En breve me llamarían para hacerme un contrato. Aquello no me venía bien, pero pensé que sería solo por un tiempo, hasta que se recuperase completamente.
Me pasó sus apuntes. Comencé a dar las clases. Era octubre, acababa de empezar el curso. Llamaba a Pape por teléfono, para ver cómo evolucionaba su estado de salud. Cada vez que hablaba con ella parecía perdida en un abismo. Su voz había adelgazado, era un fino hilo de humanidad que luchaba por hacerse oír y entender.
El día 21 de diciembre, me llamó a primera hora de la mañana, quería volver a verme. Era una noche perfecta: el solsticio de invierno. Pensé que reiniciaría el máster a primeros de año. No me contestó. Me citó a las 21h, en un restaurante en la plaza de los Cubos, cerca de su casa. Cuando llegué encontré unas caras conocidas; la de mi cuñada y su hija, mi sobrina, charlamos un rato, enseguida llegó Pape, me despedí y fui a su encuentro. Nos sentamos en un rincón del restaurante, me contó de donde venía el nombre de Pape, ella se llamaba Josefa, la llamaban Pepa, de pequeña, pero como era disléxica se confundía cuando la preguntaban el nombre y decía: Pape.
Hablamos de otras vaguedades, no me atrevía a preguntarlepor su estado, se la veía realmente mal; demacrada, delgada, sin apetito, sin voz, aún con la cabeza sin pelo por causa de la radioterapia. Con el postre, para hacer menos amargo el momento, me explicó que se moría a chorros. Quería despedirse de las personas a quien quería.
Quise quitar hierro al asunto, sin dejarme hablar me explicó que el tumor cerebral comprimía el trípode vital.
No dije nada, solo la miré a los ojos. Ya no eran los mismos. Su sagacidad estaba bloqueada, su intensidad permanecía, pero más laxa, por esos ojos se le escapaban los recuerdos.
Se levantó como pudo, fuimos a la puerta, mi cuñada y mi sobrina ya se habían ido. Salimos a la calle, la noche era muy fría, caminaba lenta e insegura, se dejó acompañar un corto trecho. Cuando llegamos a la esquina de su calle nos abrazamos intensamente. Me dijo al oído que estaba a punto de saber si el enigma de la muerte llevaba a otro enigma o no.
No supe que decir, solo la miré a los ojos nuevamente y esbocé una leve y timorata sonrisa.
Me pidió que no mirara hacia atrás cuando nos despidiéramos. Así lo hice, aunque segundos después reaccioné.
– No; no puede irse sola, apenas puede caminar. Se puede caer.
Di inmediatamente la vuelta, doblé la esquina de su calle con la intención de ver si podía caminar y que, si le ocurría algo podría ayudarla.
Pape no estaba en la acera, salí a la calzada y tampoco, crucé de acera y no circulaba nadie. Habían pasado pocos segundos, no le había dado tiempo a montar en un coche e irse. Subí un trecho de Juan Álvarez de Mendizabal, su calle, la calle en la que nos habíamos despedido segundos antes, pero no estaba dentro de ningún coche, tampoco se había caído entre los vehículos aparcados. La busqué en un buen trecho de calle, hasta que llegué a su portal. No había luz alguna encendida que indicara que acabara de entrar alguien allí. Esperé, busqué… Al fin, sorprendido, me fui.
A la mañana siguiente la llamé por teléfono. No me contestó nadie. Lo hice durante varios días sin obtener respuesta.
Nunca más supe de Pape.
En Reyes coincidí con mi cuñada, en casa de la abuela, allí nos solíamos ver todos los años, cuando nos acercábamos a intercambiar los regalos de nuestros hijos. Le pregunté si recordaba a la mujer con la que había quedado en aquel restaurante de la Plaza de los Cubos, cuando nos vimos días antes de las fiestas navideñas…
Ella no recordaba haberme visto, ni su hija, mi sobrina, tampoco recordaba nada de lo que yo decía.
El enigma sigue en mi cabeza. Nunca más supe de Pape, tampoco volví a ver a Isa.
Fue una digresión en mi hilo de vida, un acento o una interrogación. Estoy seguro que el enigma de la muerte abre la ventana a más enigmas. Mi inconsciente no ha vuelto a percibir ningún otro hecho de esta u otras características similares.
¿Tuve yo algo que ver? Yo no me pregunto: ¿Por qué?, sigo preguntándome ¿Dónde?