En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo…
Qué comienzo tan interesante para un relato, es una fórmula que nunca pasará de
moda… En un lugar de la cara oscura de la luna, la tripulación de una nave de cuyo nombre no
quiero acordarme…
En cualquier lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho vivía
un sin techo…
En un lugar de la Tierra de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo
vivía un botarate mononeuronal…
L
a frase tiene ingenio, talento. Un erudito la denominaría como polivalente. No construye un cuidado escenario con muchos detalles, a modo de grandes novelistas, como: Pérez Reverte o Stephen King. Sin embargo, cumple con las expectativas creadas para cada personaje. Todos los personajes, de esta gran novela son víctimas de algo o de alguien, aun sin ser conscientes de ello, pero la gran habilidad narrativa de Cervantes, fue la de no crear personajes buenos ni malos, todos son víctimas de un imponderable: la sociedad misma.
Merece la pena adentrarse en estas novelas de siempre, las inmortales. Pero la desgracia
del mercantilismo nos ha llevado a regalar en este día de las letras y derechos de autoría,
a comprar aquellos libros que las empresas han decidido que debemos comprar. Lo de
menos es que los leamos, a ellos solo les interesa que las tapas sean sugerentes y que el
texto cumpla con unos requisitos que marcan los lectores. Textos que deben ajustarse a
una narrativa compuesta en la mayoría de las ocasiones por frases cortas, sujeto, verbo y
predicado, metáforas fáciles de comprender, capítulos cortos, arcos dramáticos
sorprendentes al final de cada capítulo…
Por ese motivo, en este día en el que el mundo recuerda los libros y a sus autores, sería
interesante que nos perdiéramos en una librería de libros antiguos y nos hiciéramos un buen regalo low cost. Por el precio de un indeterminado libro de reciente creación, podemos adquirir en una librería de segunda mano, aquellos libros que nunca pasaron por nuestras manos, pongamos por caso de autoras: Rosalía de Castro, Concepción Arenal, Cecilia Bohl de Faber (Fernán Caballero), Emilia Pardo Bazán u otras autoras
mas modernas: Carmen Laforet, María Zambrano, Carmen Martín Gaite, Rosa Chacel…
Podemos imaginarnos un encuentro fortuito con “El vestido de boda” de doña Emilia, o que la mirada se nos vaya, como si nada, directamente a “Nada”. Y de pronto, sentados cómodamente en un banco del parque del Gato I, su lectura nos transporta directamente al insufrible y omnipresente ayer, nos desarrolla un drama
social que vio la luz en aquellos años olvidados del pasado siglo, o quizá más lejanos y comparamos como el drama, con distintas hechuras se mantiene. Y pensamos: El humano es el único ser que tropieza mil veces en la misma piedra.
Eso nos lleva a recordar algo que leímos hace unos días; en la población estadounidense
de Santa Clara, unas máquinas preparadas para desarrollo de contenidos por IA,
dedicadas a anular a otras máquinas cuyos contenidos eran de peor calidad o su tiempo
de respuesta era lento, estas primeras debían desactivar a las últimas, por sus déficits
inaceptables según los cánones del momento. Las máquinas de IA, más preparadas, con
mayor potencia de respuesta, en lugar de apagarlas, les están enseñando, dotando de
mejores contenidos y acelerando las respuestas mediante la creación de vías más
rápidas.
El humano sigue tropezando en las mismas zafiedades, a pesar, según cuentan, de tener
alma. En cambio, una no inteligencia, tiene una conciencia más adecuada a la que
necesita el humano. Puede que, en ese momento, sentadas en el parque, escuchando las hojas de los árboles
y a las aves del entorno, comencemos a hacernos preguntas.
Y tras un buen rato dando vueltas sobre nuestro pasado y el color del futuro, cerremos el
viejo libro con páginas ya oxidadas y regresemos a nuestra vivienda sin entender el
proceso de desarrollo humano, pero sin dejar de pensar en nuestro compromiso social,
ya que no dejamos de ser una tribu, una gran tribu que se va aniquilando despacito. Los
poderes públicos no hace falta que nos sometan a torturas inquisitoriales.
Pagamos tributos, no nos beneficiamos de esos pagos en cuanto a que no se potencia lo común y
sin embargo, esperamos a que se nos maltrate y aniquile lentamente. La gran paradoja,
pensamos, antes de tomarnos la ya carísima tortilla de espárragos: Nos asusta que los
ladrones se nos lleven lo poco que tenemos, en cambio, se lo damos, algunas personas
con gusto, a los que gestionan nuestras vidas de mala manera y nos hacen a cada
momento más indefensas, tanto social como personalmente.
Tras darle vueltas a las preguntas durante toda la tarde, enchufamos la tele, cenamos y
ahítas nuestras neuronas de no llegar a una solución coherente nos decimos, tal y como
lo hizo Cervantes. Vale.