Con motivo del Día del Libro, recibí una invitación para asistir a la presentación del
último libro de José Manuel Carcasés. Un infatigable investigador, periodista de raza;
como él cuenta, la investigación se hace a base de dieciocho horas diarias en la
hemeroteca.
José Manuel es mi maestro. Durante unos años en los Cursos de Verano de la UCM, que se imparten en El Escorial, iba a aprender de los que más sabían del poeta oriolano.
Había días que se enfrascaban quizá las tres personas que más sepan y hayan investigado a Miguel Hernández en España: Jesucristo Riquelme, José Luis Férriz y José Manuel Carcasés, director de los cursos, en debatir sobre lo que habían encontrado en uno u otro periódico previos a la guerra que hubo en España (que fue el previo a la II Guerra Mundial), de las narraciones epistolares, de documentos encontrados en archivos… La semana de curso se pasaba sin enterarnos, un ambiente estudiantil
inmejorable y unos profesores de diez.
José Manuel, siempre ha estado con algo entre las manos, sobre todo ganando premios,
ya fuera de poesía o como el mejor periodista Joven por el Gobierno de España.
José Manuel es doctor en Comunicación, sus ojos azules vivos y atentos a todo lo que
ocurre a su alrededor, sempiternamente rubio, los años no pasan por él, aunque dice estar cansado.
Como muestra de su cansancio, mostró en la presentación de su última novela: Los amores del poeta. Ya sabemos de qué va la historia, ¿verdad? Su última investigación.
Miguel fue un joven con un coeficiente intelectual altísimo. Sabía jugar al fútbol, sabía de toros, por eso, al poco de llegar a Madrid encontró trabajo en la redacción de la obra taurina Los toros: Tratado Técnico e Histórico. Conocido por los entendidos como: El Cossío.
Dirigió La Barraca cuando faltó Federico, fue dramaturgo de paz con obras en
verso como: El Labrador de más aire y dramaturgo de guerra con pequeñas piezas que se representaban en las trincheras. Fue periodista de guerra y según se descubrió hace años, hizo críticas musicales para una radio local.
Hay una vieja película hecha en el verano de 1937, en Quijorna (Madrid), en la que aparece un grupo de jóvenes combatientes y músicos, interpretando una pieza, aventurándonos un poco pudiera ser un pasodoble. Al piano se perfila una silueta conocida.
José Manuel se encargó de mostrarnos a los asistentes, el más que
razonabilísimo parecido de ese perfil sombrío con el del poeta Miguel Hernández.
Sí, Miguel, como Federico, tocaba el piano, también Miguel escribió una letra que no conocemos, por motivos obvios, escribió la letra del himno de la república.
Grandes competidores en la vida y en la poesía, en el criterio y las emociones. El uno
siempre en alpargatas, el otro cargado de elegancia. Los dos encontraron un final
terrible por causa de la guerra, los dos escribieron grandes e intensos poemas, quizá su
único parecido fueron los octosílabos de algunos de sus versos.
Decía Mari Paz Ballesteros, profesora de verso y asesora del verso en el Siglo de Oro en
el teatro Español, que el castellano tiene un ritmo propio que va en una métrica o
cadencia de octosílabos. Por tanto, los poetas encuentran su ritmo en esta misma
métrica:
Verde que te quiero verde,
Verde viento. Verdes ramas…
…
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos…
…
Con un sorbito de champán,
Brindando por el nuevo amor…