Es fácil perder la fe en la humanidad en los tiempos que corren. Entre lo más grave, o funesto, como es la actitud resueltamente infanticida de Trump y Netanyahu, y lo más vodevilesco, hasta chusco, como son esos políticos españoles que se lanzan cual lemmings por el barranco de la dimisión porque resulta que sus títulos universitarios se limitan a una etiqueta de Anís del Mono (qué grande Chiquito de la Calzada…), no consigue uno levantar cabeza.

A mí, cuando me da el bajón tengo un antídoto bien a mano, que consiste en ponerme viejos videos de intervenciones en el congreso, o en comisiones de investigación –estas son de traca-, o en entrevistas de aquí y allá, del portavoz de Ezquerra Republicana Gabriel Rufián. No tanto porque sea buen orador, que lo es (creo que le concedieron un premio por eso mismo hace poco), o porque humille o no a sus oponentes (no soy tan sádico, o no siempre…), sino porque antes de político es un hombre, y los demás, con muy escasas excepciones, no. Los demás, en comparación, son unos gusanos, qué le vamos a hacer.

Pero Rufián, al que se diría que su apellido ha vacunado e inmunizado para siempre, no solo es un hombre como Dios manda -perdóneseme la expresión/antigualla, ha sido para evitar esta otra: “de los que se visten por los pies”-, también es un padre, un marido, un ciudadano y un trabajador ejemplar de la política. Si suele vencer en según qué debates, como él diría, no es tanto por su labia -Rufián, en realidad, habla despacio, sopesa sus palabras antes de proferirlas, y se vale con desparpajo del habla popular, pero se nota que ha reflexionado a fondo lo que va a decir, y al carajo las consignas1– como porque emplea, sin él saberlo, supongo, la Dialéctica del Amo y el Esclavo de Hegel, en el siguiente sentido.

Hegel decía que el Amo se hace Amo porque está dispuesto a llegar hasta el final, incluso a morir si no se le permite ser el Amo, mientras que el Esclavo no, el Esclavo tan solo busca comodidad y vivir sobre seguro. Pues bien, eso es lo que ocurre en los enfrentamientos parlamentarios en los que se ve envuelto, o que él mismo provoca, Gabriel Rufián. Como él se juega el todo por el todo en cada lance, y su eventual rival no se lo puede permitir porque tiene mucho que ocultar y un cargo que preservar, entonces el resultado irremediable es que el segundo termina por plegar velas por si acaso.

Rufián lo sabe, pero en vez de remitir a Hegel, lo glosa conforme a esa estupenda secuencia de la película Gattaca en la que Ethan Hawke explica a su hermano artificial que si le gana la competición de natación siendo el más débil es porque él va a muerte, y jamás se reserva fuerzas para la vuelta… (También Yolanda Díaz solía ser así, pero creo que se le está 

pasando, tal vez por su responsabilidad de líder de una formación en disolución, o tal vez porque la audacia de por sí tiene su correspondiente desgaste si estás en el candelabro).

La virtud es insolente, en efecto, porque debe presumir de sí misma a la hora de pedirle cuentas a los demás. Los tramposos -o trump/osos- también lo saben, y por eso acostumbran a disfrazarse de santa indignación y a mesarse los cabellos como si les hubiesen ultrajado un sentido del honor2 que jamás han tenido.

Rufián, en cambio, se puede permitir la insolencia, porque él es transparente (incluso en lo más personal, en su intimidad, pero también en sus peculiaridades psicológicas, se manifiesta sin ambages en las entrevistas), y enseña siempre sus cartas, como en la Ética de la Acción Comunicativa de Jürgen Habermas. Y hay que decir que lo hace con gran aplomo, a sabiendas de que tiene a prácticamente a todas las bancadas en contra.

Por eso me encanta que exista Rufián, porque pienso que si hay al menos uno como él, puede que haya más, yo qué sé, dos, tres, diez, incluso cientos… Es verdad que Rufián no puede más que hacer un papel negativo en política, de Pepito Grillo de la cosa, no quiero ni pensar cómo sería si fuese él el que tuviese que encarar los reproches de otro Rufián recién llegado. Pero él lo sabe, afortunadamente, así que se mantendrá en su puesto periférico, de ahí que nos proponga ahora a Irene Montero como cabeza visible de la izquierda.

Una vez leí que era posible arrepentirse de todo, excepto de haber sido valiente. Por desgracia no es verdad, también ser valiente tiene mil trampillas por las que colarse y partirse el cráneo. Pero habrá que intentarlo alguna vez, a ver qué pasa. Me recuerda a esos versos de Miguel Hernández, en Vientos del pueblo, cuando dice, refiriéndose a los cobardes…

Valientemente se esconden,

gallardamente se escapan

del campo de los peligros

estas fugitivas cacas,

que me duelen hace tiempo

en los cojones del alma.

Y así es, porque en cuanto Rufián se aproxima a la tribuna, Feijóo y Abascal abandonan el hemiciclo…

1 Rufián tiene ideas, es asombroso, ¡tiene ideas!, ideas en las que va interpretando a su manera eso que los demás diputados del Congreso tan sólo ven pasar y para poder pronunciarse sobre ello llaman a sus asesores, como que, según él, se libra una dura guerra orquestada por la ultraderecha y la ultra-ultraderecha entre los precarios y los aún más precarios, o que el Gran Reemplazo es real, pero porque estamos siendo reemplazados por los fachas, o que el Cuarto Poder actual es el digital, que se ha convertido en algo así como el 15-M fascista… No lo parece, pero la FAES en muchos años ha tenido menos ideas que Rufi en su solo día de su vida.
2 En Immanuel Kant, la Dignidad es la fuente de la Libertad, y no al revés, y así será también en Fichte y Hegel.

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