El jueves 18 de octubre reanudamos los interesantes y divertidos paseos por Madrid de la mano de nuestro guía Carlos Nadal. Nos reunimos en esta ocasión frente a la recién inaugurada Casa de México en España, en el número 20 de la calle Alberto Aguilera.

El edificio es un elegante palacete de los años 20, obra del arquitecto Luis Bellido que, inicialmente, fue una de las casas de socorro creadas a mediados del siglo XIX para atender “a cualquier persona que hubiera sufrido un accidente bien por mano airada o por cualquier otra causa”. Después de servir para diversas funciones y de estar vacío en la última época, el Ayuntamiento lo ha cedido durante 25 años para montar la casa de México. Según se lee en el folleto de presentación que nos dieron a la entrada pretende ser motor cultural y punto de encuentro entre los dos países.

La casa nos recibe con su fachada llena de calaveras y esqueletos en los balcones y con guirnaldas de flores moradas y naranjas del día de los muertos en México que ponen una nota de color en la sobriedad de la calle Alberto Aguilera. Una vez dentro iniciamos el recorrido por la exposición “Tres siglos de pintura en México, colecciones privadas” que recoge una deliciosa colección de 36 obras ordenadas cronológicamente y representativas de la pintura de México entre los siglos XVII y el XX. Con las amenas explicaciones de Carlos vamos haciendo un recorrido histórico y pictórico del México de los últimos siglos y admirando obras tan interesantes como la del famoso muralista Diego Rivera titulada “Desnudo de los Alcatraces”, hasta ahora nunca exhibida.

 

Pasamos después a disfrutar de una exposición temporal de grandes maestros de arte popular. Se trata de una espectacular selección de obras de artesanía en barro, madera, piedra, telas, piel… que nos cuentan muchas cosas del pueblo mexicano.

Al salir del edificio, en el número 18 de la misma calle, Carlos nos hace reparar en la gasolinera llamada en su origen “Porto Pi”, hoy Gesa, que fue diseñada por Casto Fernández-Shaw en 1929. Está considerada como un ejemplo singular del racionalismo arquitectónico en España, pero ello no impidió que fuera demolida con nocturnidad y alevosía por intereses inmobiliarios en al año 1977. Afortunadamente fue reconstruida bastante fielmente en el año 1996 tras “el grito en el cielo” de mucha gente.

Enfrente, un poco más adelante y haciendo chaflán con la plaza de San Bernardo, nos fijamos en el enorme edificio del patronato de casas militares. Responde a un diseño de Fernando Higueras y Antonio Miró. Carlos Higueras es “un tipo genial”, “un Calatrava serio” “uno de los arquitectos españoles más emblemáticos”, según los elogios que le dedica nuestro guía. El sólido edificio de hormigón con calles internas y patios enormes de luz está perfectamente integrado en el conjunto del barrio y la frialdad de su hormigón se calma con la abundancia de vegetación que cuelga de las terrazas.

 

Nos adentramos después en lo que hoy es la plaza del Conde del Valle de Suchil y antaño, allá por el siglo XVI, el paseo de la Ronda de la tapia de Felipe IV, dónde estaba la puerta de Fuencarral.

Aunque ahora la podemos ver rodeados de elegantes edificios, en el siglo XIX casi la totalidad del terreno entre la plaza del Conde Valle de Suchill y Cea Bermúdez era un camposanto conformado por cuatro cementerios surgidos a partir de que Carlos III  decidió acabar con el hacinamiento de cadáveres en los cementerios y criptas de las iglesias con el consiguiente riesgo de insalubridad. Promulgó un edicto prohibiéndolos y mandando construir los cementerios “extramuros”. En 1804 se planificaron cuatro camposantos en los puntos cardinales de la ciudad, aquí se abrió en el 1809 el “Cementerio General del Norte”, con la puerta principal donde hoy está la calle Magallanes. El proyecto lo firmó nada menos que Juan de Villanueva, el mismo que diseñó el Prado. Nos cuenta Carlos que Villanueva introdujo por vez primera el sistema de nichos copiándolo de los franceses.

El cementerio se inauguró en la época de Pepe Botella (José Bonaparte) y la leyenda dice que la primera muerta enterrada fue la bella cubana condesa de Jaruco que había sido su amante.

Pero a la vez que se planificaban estos cementerios públicos se dio permiso para que las parroquias de la Villa se agruparan en Archicofradías e hicieran sus propios camposantos. Las iglesias fueron trasladando a la zona sus “sacramentales” y así surgió en 1831 la Sacramental de San Ginés y San Luis en cuya ampliación de 1846 participo Narciso Pascual y Colomer, autor entre muchos otros edificios del Palacio de las Cortes.

Pegado a él, hacia el norte, se construyó en 1849 el cementerio de la Patriarcal para dar sepultura a aquellos miembros que pertenecían a la llamada iglesia de la Patriarcal formada por soldados, funcionarios, sirvientes, y demás trabajadores de la Casa Real.

Y más allá aún se levantó el cementerio de la Sacramental de San Martín, un bello cementerio de corte romántico del arquitecto  Wenceslao Graviña construido en 1849 y en el que destacaba su puerta de acceso formada por una bella columnata en semicírculo.

Este cementerio funcionó hasta su derribo en 1926, pues, aunque fue también clausurado el 1 de septiembre de 1884 al entrar en funcionamiento el de la Almudena siguieron los enterramientos hasta 1902. Sobre su solar, se construyó el Estadio Municipal de Vallehermoso.” (no es mal nombre para levantarse sobre un cementerio).

En 1884 los cementerios entraron en plena decadencia los cementerios, sobre todo el general del norte. Algunas tumbas de personalidades como Larra son trasladadas, otras se van quedando en el olvido y sus materiales aprovechados para usos varios. Muchos de los letreros de bronce de las tiendas finas del centro de Madrid, se formaron con letras de las tumbas o los pulidos mostradores de mármol con lápidas… Recordemos la escena de La Colmena en la que se descubren las inscripciones bajo las mesas del café

Muy pocos restos fueron inhumados y llevados a otros cementerios. Durante la guerra civil los nichos sirvieron de refugio y con el paso del tiempo afloraban huesos o calaveras y lo niños jugaban entre ellos. Por eso a la zona se la llamó el Campo de las Calaveras. En 1994, excavando los aparcamientos de la plaza del Conde del Valle de Suchil los obreros se encontraron con los restos de la edificación y cientos de esqueletos.

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