Indignacion

A menudo nos asalta en nuestro caminar diario una sensación de densidad ante los diversos hechos y elementos que configuran la situación que vivimos. Una densidad activa o pasiva, directa o indirecta, que nosotros mismos generamos o que nos sobreviene de forma imprevista.

Las cosas adversas que suceden todos los días, repetitivas y tenaces, y que nos brindan selectivamente los medios de comunicación, van creando en torno nuestro un tejido opresivo que a veces llega a asfixiarnos, en el caso de que estos hechos tengan un marcado carácter negativo. Existen también sucesos positivos y estimulantes, que alivian y compensan esa densidad sobrevenida que nos agobia.

La tecnificación del mundo moderno, y especialmente la tecnología de la comunicación, sale a nuestro encuentro con toda su sutil ambivalencia. De otro lado, no puede soslayarse el carácter desmesurado y en parte irracional de las nuevas tecnologías de la comunicación, o al menos de su uso y aplicación a la vida cotidiana, personal y social. Las noticias que nos brindan a diario los medios de comunicación nos muestran, al mismo tiempo, los contenidos dinámicos y operativos de tales avances y sus deficiencias o desviaciones. Y ello en distintos campos: la cultura, la ética, la convivencia social…

Entre algunos de los rasgos más sobresalientes de la sociedad (española, especialmente) que solo pretendo esbozar, quiero destacar, el fenómeno profundamente tóxico de la corrupción, pero no solo a él.

Me ilumina un pensamiento que he visto citado recientemente sobre la imposibilidad de que un pueblo sometido a una dictadura política durante cuarenta años pueda recuperarse plenamente. Ese es precisamente nuestro caso y nuestra historia, con todas sus ramificaciones y derivaciones.

Pero aquí y así estamos, con unos niveles hasta hoy no superados de degradación moral en la vida política y social, en las personas públicas, en el mundo empresarial… Aunque también con muy dignas y honrosas excepciones de integridad y coherencia, a todos los niveles. Y sobre todo con un cansancio grave y justificado por parte de la ciudadanía. Tenemos delante el cuadro del fracaso moral de una sociedad carente de referencias y convicciones éticas que sean viables y útiles en este complejo, desorientado y confuso mosaico sociocultural. Aquí el papel de la diversión, la cultura y el ocio son Insustituibles.

La cantidad y la calidad libran a menudo batallas irreconciliables, y aunque la primera triunfe aparentemente, la calidad es el índice del peso verdadero de las cosas. La indignación racional es, al mismo tiempo, punto de arranque y motivación global del proceso de alumbramiento de la ciudadanía, que es lo contrario del absentismo y de la indiferencia por las cuestiones públicas. La llamada a la autenticidad es el núcleo del bagaje moral, que nos abre al mundo de la gratuidad, a los valores de la coherencia personal y de la articulación social.

También el entusiasmo nos ayuda a llevar la vida con dignidad y alegría, a instalarnos lo más placenteramente posible entre las personas y las cosas que nos rodean y hacer rendir nuestras cualidades y atributos. Como muchos autores y pensadores han dicho en distintos tonos y modos, la vida debe tener más “de fiesta y danza que de agobio y de amargura”.