Tras el cambio de año llega esta noche de ilusión y tras ella volvemos a la realidad ciudadana, y la realidad se ha llamado siempre: cuesta de enero… y algo más.

No quiero ni pensar cómo va a ser la de este año: dura, fría, distante, crítica, ingrata. Unos cuantos seremos más invisibles que de costumbre. Sí, la calle tras unos días dadivosos se vuelve muy distante y miope:

– ¡Señora, deme algo para comer!

– Lo siento, no llevo suelto, solo la Visa.

– ¡Señor, necesito comer!

– ¡Dios le ampare, hermano!

¡Y, ni dios nos ampara! El mundo comienza la escalada el 7 de enero y no llega a la normalidad hasta los Carnavales… Sí, algunos potentados se disfrazan de mendigos. Para darle más color al disfraz se tiznan la cara y se colocan un cartel en el pecho: “Yo soy unos de los que quitan el trabajo a los españoles”. Desde luego, tienen una gracia y un desparpajo, tremendos. A ellos, los que se ponen el cartel, tienen casa fija, y son los emigrantes los que les quitan el trabajo y a nosotros, los sinhogar de la ciudad, ¿Quién nos da algo? Por no dar, ya no damos ni pena.

Como cada 7 de enero, sé que tendré la compañía de Juan, Él es un jubilata de pensión escasa y corazón grande. Ahora está fastidiado el hombre, ha pasado un cáncer de vejiga y se le ve muy apagado, cuando sale de súper, se acerca a mí y hablamos de todo un poco:

– ¿Qué, cómo va la vida, Julio?

– Va escurriéndose sin dejarse agarrar.

– Es dura. ¿eh?

Y me cuenta lo dura que es la vida, como si yo no lo supiera, y la suerte que tuvo él… Durante toda su vida encontró buena gente en su entorno. De niño no, una orden de religiosos le dio cobijo en sus aulas a condición de que les hiciera los trabajos propios de los botones. Con solo diez años se enfrentó a la calle, pagos de recibos, gestiones bancarias, recados. Al terminar las clases él seguía en el colegio, aunque no había podido asistir a ninguna por aquello de estar a otras labores en la calle, pero su jornada seguía: preparar la merienda a los religiosos, dar las sobras del comedor a los pobres de la zona, limpiar las aulas, ordenar la capilla… Se iba a casa siempre de noche. La mayoría de los días distraía algo de la cocina: pan, cebollas, fruta… y lo llevaba a casa. Sus padres trabajaban, los dos, pero eran seis grandes bocas que alimentar y los sueldos muy bajos, – recuerda Juan con una sonrisa precaria y nostálgica.

Yo, en cambio, en aquellos años 50, iba a un colegio del ayuntamiento, lo pasaba muy bien. Eran años de despreocupación familiar, en casa teníamos de todo, mi padre era bancario, mi madre ama de casa y yo, solo sabía estar jugando en la calle con los chavales del barrio.

Esta noche es fría de verdad. Yo duermo sobre un colchón que encontré hace unos meses, lo traje hasta los lindes de la carretera de circunvalación, muy cerca de las paneles que ha colocado el ayuntamiento para frenar el ruido, en su pequeño jardín, ahí lo escondo entre los matorrales por el día, al caer la noche lo coloco sobre unos cartones, me meto en un saco de dormir y me cubro con unas mantas para no ser visto. Es un barrio tranquilo, solo los fines de semana tengo que estar de guardia, por los jóvenes. Salen de la discoteca colocados y arrasan con lo que encuentran a su paso. ¡Loca juventud mileurista! Quien pudiera volver a ella…

Yo fui feliz de joven, estudié contabilidad, me coloqué en un almacén mayorista de electrodomésticos. Servíamos a más de cien pequeñas tiendas en toda la península. Era un negocio boyante, hasta que el heredero, señorito de pocos esfuerzos y muchos derroches, se hizo cargo de todo. Mano de santo: En un par de años tuvimos que echar el cierre, todos a la repajolera calle.

Menos mal, pude colocarme de pistolo. Algunos no saben que era ese trabajo. Los bancos en los 70 y 80, sufrían muchos robos, eran aquellos años primeros de la democracia cuando todo estaba por hacer y la droga crecía y comenzaron a pedir gente que pudiera estar de vigilante en las oficinas bancarias. Yo fui un privilegiado, me enchufó un antiguo compañero del almacén y tuve la suerte durante los primeros años de ir acompañado por perro. Fue mi compañero de trabajo, Rick era un animal noble y listo. Eran muchas horas de pie, pero sacaba lo suficiente para mí y mis diversiones y tenía un compañero extraordinario.

Mi amigo Juan, cuando abandonó los estudios, porque los religiosos por su edad tenían la obligación de darle de alta en Seguridad Social, y eso era mucho gasto y no interesaba a la congragación, se colocó en unos almacenes de ropa. Fue de un trabajo a otro, hasta que la crisis de los 80, le dejó en la calle. De buenas a primeras se convirtió en mensajero sin vehículo, todos los desplazamientos los hacía en trasporte público. ¡Ja!, suena raro, pero él asegura que fue así, su trabajo era como el que había estado haciendo de crío en el colegio, gestiones bancarias, cobros de recibos, papeleos en despachos de abogados. Juan es un superviviente nato, siempre cargado de afabilidad y buen humor. Los viernes no entra al súper, pasa a mi lado y me da cinco euros para que me compre lo que necesito. Compro leche, galletas y me acerco hasta el bar donde se encuentra reunido con sus amigos para devolverle lo que me ha sobrado de la compra. Juan es buena persona, siempre me deja las vueltas, a pesar de que sé que no le sobra.

Esta noche parece perfecta, no se ve un alma por la calle, ni siquiera los perros salen con sus amos a dar el último paseo y echar la última meadilla. La noche de Reyes, es una noche mágica… Esta noche siempre me acuerdo de mis padres, mis abuelos, y como no, de Celia; ella fue todo en mi vida. La conocí en el barrio, ella me mostró que podíamos tener un futuro juntos. Le pedí que esperara un par de años, había que sacar dinero para montar un pequeño negocio, una mercería tal vez. Subí a trabajar al norte, allí ETA, mataba a guardias civiles, militares, empresarios… Se estaba construyendo una central nuclear, ETA logró sus propósitos, tras muchos atentados y nueve muertos no se terminó la central. Yo trabajé en Lemoniz. ¡Mierda de trabajo!

Fueron años muy duros, he de reconocer que psicológicamente no estaba preparado para aquella aventura. ETA mató a muchos, pero a mí me llevó a la autodestrucción. No estaba preparado para ser héroe ni mártir. Los unos hostigaban para que nos fuéramos de allí, los otros nos mantenían sin formación adecuada. Había mucho paro y si un vigilante de seguridad no aguantaba el tipo y se iba, había diez en la puerta esperando para cubrir el puesto. Pero sin la formación mental requerida. Sí, ahí comencé a estar mal de la chaveta.

Todos caímos en algún vicio para frenar ese miedo constante. No solo en las guardias nocturnas, el tiro en la nuca podía estar esperándote en cualquier sitio. Ninguno queríamos salir de nuestra pensión, no hacíamos amigos fuera de los compañeros de trabajo. El alcohol, las drogas y la distancia social nos iban minando.

Tras dos años durísimos regresé en busca de Celia, montamos un bar, era lo que yo necesitaba para seguir subsistiendo. Nadie me ayudó cuando regresé. Celia enfermó al poco tiempo, el corazón no le funcionaba bien, había que trasplantarlo, pero no pudo ser, antes murió y yo seguí subiendo peldaños en la espiral de la bebida y la droga hasta caer a lo más profundo.

Juan, reconoce que de joven también era buen bebedor, ríe nostálgico cuando recuerda que se quedaba dormido con la sardina entre las manos y la madre se levantaba a las tantas y le echaba la bronca.

Por las mañanas, tras hacer la compra en el súper, se para a charlar conmigo, cosa que agradezco mucho. Me cuenta que viene de cuidar a una antigua vecina de la casa donde vivía con sus padres, la mujer tiene 90 años y está sola como un perro; él ayuda en la casa, le hace la compra y otros recados, cocina y se vuelve a la habitación que tiene alquilada. Hablamos de nuestras épocas de amores perdidos y nuestros dolores del alma. Su amor se llamaba Mari Carmen y no sabe de que murió, un buen día fue a buscarla y la portera le dijo se la habían llevado al hospital. Cuando llegó ya había muerto.

Es curioso, me dice, los dos tenemos penas similares y vivimos solos. Por eso nos tenemos que ayudar, en ocasiones una mirada amable, una sonrisa, son suficientes para mantener el tipo toda la jornada.

Juan tiene un poco de filósofo, a veces cuando ve pasar a alguien con alzacuellos se pregunta el por qué no ha visto nunca en la puerta de ningún súper a un sacerdote pidiendo. Ellos, los que hacen votos de pobreza, son los únicos que nunca llegan a ser pobres del todo. Yo le digo que al ser una institución tan antigua están debidamente protegidos porque se las saben todas, pero Juan es obcecado y sigue en sus trece, dice que la sociedad es una estructura social con personas que deben ayudar al resto, unas veces enseñando a conducirse a lo jóvenes por la vida y otras con alojamiento y trabajo que se cree con los impuestos de todos, pero los votados no hacen lo necesario y lo saben y los votantes se tapan la nariz y les siguen votando por miedo a lo que pueda venir. En cambio, todo el miedo se borra por fechas navideñas, no faltan luces en la calles comerciales, para fomentar las compras, y termina diciendo:

– ¿Será porque los pobres no les damos negocio suficiente a los ayuntamientos?

Luego se pierde en una retórica dentro de su parte más social:

– ¿Y por qué hay pobres en las ciudades que tienen servicios sociales? ¿Será porque interesa dar ayuda a medias?

Y se enfada consigo mismo y se va refunfuñando después de haberme dejado algún paquete con queso o embutido.

Pero… Alguien se acerca:

– ¡Hola, Julio! ¿Cómo estás esta noche?

– Juan, ¿qué haces tú aquí? A estas horas las personas están en sus casas preparando los regalos.

– Mira, Julio, sabes que no tengo casa, solo una habitación de 3×3 en alquiler, tampoco tengo a quien hacer regalos. Espero que no te moleste, he calentado un poco de chocolate de los que venden en la churrería de Marisa, lo traigo en el termo para que no se enfríe, esta tarde he comprado un roscón en el súper y vengo a comerlo contigo. Esta noche es una noche importante. Los adultos no podemos perder la ilusión del ayer, es la noche mágica y acaso sea la que nos mantiene con vida.

Sacó de la bolsa de plástico un par de vasos de cartón, el roscón y el termo. Sirvió el humeante chocolate, luego con la navajilla cortó el Roscón en cuatro trozos. Nos sentamos en el colchón, cubrimos los cuerpos con las mantas y desde la sana y fraternal convivencia comimos, bebimos y hablamos…

– ¡Gracias, Juan, amigo!

– Julio, brindemos por la ilusión de ayer, los amigos de hoy y la insensibilidad de nuestros vecinos de siempre, que solo ven lo que quieren.

– ¡Ja, ja! Me hace gracia lo que dices sobre la insensibilidad. Ayer le pedí a un joven algo para comer, ¿y sabes lo que me contestó?

– ¿Qué él no era de esta guerra? Como si lo viera.

– No, algo mucho más divertido, que si tenía Bizum en el móvil para darme una limosna.

– ¡Ja, ja, ja! Pon un móvil en tu vida y no tendrás problemas para conseguir comida.

– ¿Sabes lo que pienso Julio?, que la vida es como un roscón, unos estamos en el centro de él, somos los invisibles, los que nos conformamos con las migajas de azúcar y algún trozo de almendra, otros forman parte de la masa del Roscón y se sienten importantes quizá por eso, por ser masa, pero solo uno es el que se lleva la sorpresa. Y ese no la reparte con nadie.

El Juan filósofo tenía siempre razón, la noche fue magnífica, nos emborrachamos de amistad y solidaridad. Siempre la noche de Reyes es una noche mágica.

Publicado antes en encimadelaniebla.com

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