
Una señora, hace pocos días me explicó el significado que tenía para ella Almadraba. Era una mujer que, no sé como lo hizo, contactó conmigo. Me pidió que nos reuniéramos en el lugar que a mí me viniera bien. No supe que decirle, el correo que me envió decía que había leído muchas de mis narraciones. Las que escribía para una determinada revista cultural cada mes. Esta mujer anónima quería contarme parte de su vida y quería que la escribiera con mi estilo.
Pensaba que, entre los dos, podríamos frenar un poco la cascada de muertes de mujeres en manos de sus parejas o exparejas. Algo demencial, casi moría una mujer cada semana a mano de sus “ellos”, otras, las que no morían, podían sufrir graves secuelas; desde muerte cerebral a infinidad de problemas mentales, como: inseguridades y depresiones.
Le pedí que ella indicara el lugar y la hora de esa reunión, no quería que pareciera una encerrona y si proponía un espacio tranquilo y poco concurrido podría pensar que mis fines eran otros. No sabía a qué atenerme, nunca me había ocurrido algo así.
Me citó a las seis de la tarde, en una cafetería franquiciada, dentro de un centro comercial, era martes, no había niños ni padres reunidos en torno a un ocio familiar que yo nunca pude disfrutar. Me indicó que estaría sentada sola, con un café y un trozo de roscón con nata, sin probar, el tenedor estaría clavado en lo más alto del roscón.
Efectivamente, era la única persona que estaba sola, la única que tenía un roscón en el plato y la única que lo tenía pinchado con el tenedor.
No nos conocíamos, se sorprendió al verme, pensó que era de otra generación. No le gustó que usara tantas canas como ella. Tras presentarnos, me senté, pedí un café y estuve a punto de sucumbir ante un trozo de roscón con nata. No; yo estaba allí para escuchar a la señora y no para golosinear.
La noté nerviosa, en el fondo creo que se estaba arrepintiendo de esta cita. Comencé a hablar del tiempo, de los regalos de Navidad, de los kilos que se agarran y es inútil, durante muchos meses, quitárselos de encima… Hablé de los regalos que pedía en mis tiempos: discos de Sylvie Vartan, Françoise Hardy, Jimmy Fontana… Comenzó a sonreír… Hablamos de Los Brincos, Los Bravos…
Al fin, cuando pudo frenar esos minutos de nostalgia, volvió a mirar el roscón y comenzó a hablar, sin dejar de mirar al roscón y juguetear con la apetecible nata:
“Mi madre quedó viuda cuando yo era muy niña, no sé si servía o no para estudiar, pero no podíamos permitírnoslo, cuando terminé el bachiller preparé oposiciones, había que llevar un sueldo a casa. Como se dice ahora: estábamos caninas. Mi madre había ido tirando de los ahorros, ya que la pensión no daba para mucho.
El día que cobré mi primer sueldo invité a mi madre a El Cangrejero, era un buen bar, todo el mundo en el barrio lo decía. Aquella tarde lo celebrábamos las dos con unas gambas y unas cervezas. Un grupo de jóvenes universitarios estaban cerca de nosotros. Uno de ellos comenzó a hacerme ojitos, muecas…, a tontear. Me gustó, era simpático. Se acercó a nosotras y felicitó a mi madre por tener una hija con un palmito y unos ojos como los míos. Se pasaron hablando, los dos, más de diez minutos. Al final, mi madre le dio nuestro teléfono y le invitó a casa, a merendar.
Días después aquel joven estaba esperándome en la puerta de casa, mi madre le había cascado todo sobre nuestras vidas y más. Me invitó a dar un paseo, aquella tarde lo pasamos bien, era un chico muy atento, sensible y simpático… Seguimos viéndonos.
Tres años después, cuando terminó la carrera y encontró su primer trabajo, nos casamos. Es cierto que había cambiado, pensé que era como consecuencia de lo mucho que tenía que estudiar… Nunca subió a casa a merendar, nunca quiso saber nada de mi madre, se había tornado turbio, hosco, intransigente…
Menos de un año después tuvimos una niña. Creí que su comportamiento, tan radical, variaría, pero no fue así… Comenzaron los malos tratos, mi inseguridad fue creciendo.
Un día, años después, fui al cine con unas compañeras, vi una película en la que el marido deja toda la noche en el balcón a su mujer. No pude terminar de verla. Eso mismo me había ocurrido a mí.
A partir de los tres años de casados, aquel simpático joven era un monstruo. Fui ingresada dos veces por neumonía. Aprendí que cada vez que tenía que sufrir la intemperie de la noche, debía comenzar a tomar antibióticos… Aun así, idiota de mí, le quería. A él le gustaba mortificarme… Tras la cena se ponía cariñoso, al final yo acababa cediendo… Cuando me penetraba me decía cosas bonitas en voz baja, y yo me ilusionaba como una colegiala… De pronto sentía su mano en la cara. La bofetada me tiraba al suelo, se levantaba y comenzaba a darme patadas mientras me tapaba la boca con la almohada. Me hacía ver que era una puta, que le miraba con ojos libidinosos mientras hacíamos el amor… Cuando se cansaba de pegarme, me agarraba del pelo y a rastras me llevaba al balcón. Si la niña se despertaba durante la noche, él me abría el balcón y me permitía entrar en casa, para calmar los llantos de la peque. Si la niña dormía de un tirón, a las seis y media de la mañana podía entrar en casa. Ya era otro hombre, no hablaba, pero tampoco me maltrataba, hasta la siguiente ocasión.
Tras salir del hospital después de la última neumonía, y alentada por una enfermera muy decidida y activa, que se brindó a acompañarme a la comisaría, fui a poner la denuncia por malos tratos. Sabía que era una cuestión complicada de solucionar, necesitaba herramientas para defendernos, mi hija y yo, de esas agresiones constantes.
La enfermera me acompañó, conocía a un policía. Nos atendieron muy bien, este policía nos presentó a un subinspector muy agradable. Prometió hacerse cargo del asunto de una manera extraoficial.
Me consta que algo hizo, el caso es que, mi marido, no volvió a tocarnos jamás ni a mi hija ni a mí, ni para bien ni para mal. Asesorado por el subinspector amigo, pedí la separación. No hubo problemas de ningún tipo. Aquello fue una balsa de aceite.
El subinspector comenzó a entrar en mi vida, poco a poco. Yo le estaba muy agradecida, con el tiempo el afecto creció y… No convivíamos juntos, él llevaba una vida muy anárquica, mi hija era pequeña y no podía llevar su ritmo de vida, aunque él nunca me propuso el vivir juntos.
La ilusión regresó a mí, pero se fue diluyendo… Comprendí que formaba parte de su harén particular. Desaparecía un mes y no daba señales de vida, ni me cogía el teléfono. Un domingo por la tarde llegaba a casa con unas flores y un vídeo para que la niña se divirtiera mientras yo, a su disposición, solícita, por las buenas o por las malas, hacía lo que en este momento le pareciera bien a él con mi cuerpo.
Había salido de Málaga y había entrado en Malagón.
Sabía que esta vez la denuncia podía ser más problemática, él tenía contactos y, por lo menos, retrasaría al máximo que un juez pudiera defenderme de él.
Yo, por aquel entonces era la secretaria de un director general en el ministerio de Economía, que tenía buenas ideas y contaba con buenos contactos. Nos llevábamos muy bien, era como ese padre que nunca tuve desde que fui adolescente. Él me buscó un puesto muy interesante en el ministerio del Interior, con más posibilidades de las que nunca creí.
Accedí al traslado, lo solicité y me lo concedieron, llevaba muchos años en la administración y, en un principio, era de un nivel más bajo, tenía que estar cara al público, pero no me importó. Trabajaba en una comisaría, por tanto, en poco tiempo tuve la consideración de los policías, subinspectores, inspectores… y hasta del comisario. Era un puesto blindado, o al menos eso le pareció a mi subinspector que creía que era de su propiedad”.
Yo estaba de hito en hito, estaba perplejo ante tanta elocuencia, era un discurso ensayado. Esta mujer no quería perder un segundo en otras cosas, iba directa al grano. Pedí otra consumición, unos refrescos, ella no parecía importarle mi actitud, no sé la causa, pero parecía encontrarse segura, como si declarara ante un juez. Apenas podía hacer pregunta alguna ya que no me contestaba a nada. Al fin pude hablar:
– ¿Y ya está jubilada?
– Sí, hace muy poco tiempo, te advierto. Ahora te cuento la segunda parte de mi historia, de la historia que me gustaría que contases en mi nombre.
Aquella mujer me había comenzado a tutear, eso quería decir que se encontraba a gusto, ya no había obstáculos sobre mi edad, ni reticencias mentales. Tras beber un trago del refresco, volvió al asunto por el que me había citado.
Me comentó que su hija había estudiado biología y se había ido a trabajar a la zona francófona de Canadá. Con anterioridad a su marcha, había comenzado a sentir molestias en… Entendí que había tenido algún problema en vagina, vulva…
Fue a su revisión ginecológica, esa que no se había hecho en mucho tiempo. Detectaron una verruga en cuello de útero, alguien le había contagiado el VPH. El virus del papiloma humano, lleva entre los humanos muchos siglos, en ocasiones puede generar tumores, pero lo normal es que sea la causa de estas verrugas, le dijo la ginecóloga. Se la extirparon sin más problemas. Con su hija fuera de España y su madre recién fallecida, pensó que era el momento de cerrar una etapa y abrir otra nueva puerta de su vida. Le hubiera gustado mucho viajar, pero nunca pudo ir más allá de Santoña o de Punta Umbría. Había quedado una vacante en la embajada de Guinea Ecuatorial, era un país que seguro le iba a enseñar mucho y con posibilidades de visitar otros países cercanos durante los fines de semana largos.
Pasó diez meses en ese país, pero nuevamente comenzaron las molestias en la misma zona, adelantó las vacaciones para que pudiera verla su ginecóloga, pensó que se había vuelto a reproducir la “verruguita”, el recuerdo que le había dejado su amigo el subinspector.
Tras unos segundos de tenso silencio siguió hablando con cierta naturalidad:
– Lo que vieron los expertos, tras las pruebas, no les gustó nada – me dijo con franqueza, mirándome a los ojos, desafiante –. Ya no tenía “verruguitas”, ahora era un cáncer que evolucionaba muy rápido.
– Lo siento.
– Si te soy sincera, la que de verdad lo siente; soy yo, pero te agradezco el consuelo que me ofreces. A estas alturas, cuando la cirugía no ha servido para mucho, la radioterapia tampoco y la quimio, según veo, no está frenando nada, la evolución del cangrejo indómito y mortal es imparable.
– No sé cuánto me queda de estar aquí, pero creo que las circunstancias anómalas que regaron mi vida deberían ser conocidas por muchas mujeres. El maltrato, el miedo, las secuelas psicológicas pueden durar. Si no te matan crees, ilusa, que eres una superviviente. Y ya ves, simplemente ha sido un lapsus de tiempo, una moratoria que te da el verdugo, una muerte en diferido.
– Seguro que con la inmunoterapia existe alguna solución. No hay que correr más que la enfermedad.
– Es probable, aún así, mira quien está delante de ti. Parecemos de la misma quinta, ¿verdad? Me hablaste de Jimmy Fontana, Los Brincos… Yo soy de la época de Radio Futura o Vicky Larraz… Me ves vieja y me han jubilado con menos de 60 años, con una incapacidad absoluta.
– Las incapacidades se revisan cada dos años. No todo va a ser malo…
– No me quejo, mi hija está bien situada. No pido más.
– Lo que sí te pido, es que divulgues mi pobre y miserable historia. la historia de otra mujer que no encontrará cabida en la estadística de muertas a manos de los hombres, en ningún año. Con esto quiero decirte, quiero que sepan que siempre habrá muchas más muertas que las que dicen, que no habrá aplausos cuando algunas hayamos muerto, que el miedo que pareció que habíamos aprendido a burlar solo estaba escondido.
No supe qué contestarle, me quedé callado, mirando a la mesa. Aquella mujer se levantó, se acercó a la camarera, dejó un dinero, volvió hasta la mesa donde estaba, puso la mano en mi hombro, lo apretó dulcemente, como si fuéramos colegas de toda la vida y me comentó con voz queda:
“Para las mujeres, la vida es como una almadraba; los hombres quieren disponer de nuestra carne, les resulta sabrosa, apetecible. Por eso nos echan las redes, nos rodean y van sacándonos una a una, sujetándonos primero con un gancho, y a pesar de ser más fuertes, nos golpean y nos sacan de nuestro medio hasta matarnos una tras otra, sin que nadie haga nada… nada”.
Se mantuvo a mi espalda por unos segundos con su débil mano en mi hombro, yo no contesté, tenía razón. Me dijo un débil adiós y se fue sin mirar atrás, con paso firme pero cansado.
Pasé mucho tiempo allí sentado, no sabía si escribir un relato o un drama. No supe que hacer hasta días después.
Publicado antes en encimadelaniebla.com