… Y seguimos.

Tras unos minutos de espera, que por razones de algo llamado interés por la continuidad de la acción dramática, vuelve la dirección a dirigir, el público, tú, sí tú, vuelve a la butaca y la lectora o lector se coloca frente a la pantalla.

Atentos, suena la tercera, en breves instantes se correrán las cortinas, los focos cenitales iluminarán la escena. Silencio.

Flor. —¡Anda, que eres como para unas prisas! Lo mismo tu yerno no es tan listillo como dices y eres tú la tortuga perezosa…

Juan. –¡Ya está! Te he dado un tiempo para que adivinaras de qué se trataba. ¿Lo tienes?

¡Tachán!

He encontrado las cartas que nos escribíamos entonces. ¿Las conservas tú?

¡Ah! ¡Sabes que he dejado de fumar! Toso menos, pero estoy muy nervioso. Fue una decisión radical, un buen día comencé a toser y pensé. ¡Carajo!, la vejez que me espera si no corto el humo.

Flor. —Una magnífica decisión, estos del ministerio de Sanidad, cualquier día, serán capaces de multarte por fumar en el retrete o de hacerte pagar por cualquier catarro alegando que fuiste fumador en su día… Como si la contaminación de las ciudades, las bombas de las guerras y el humo de los incendios en los campos no afectaran a nuestros pulmones. ¡Hipócritas!

Juan. —Tienes razón, pero no me cambies de conversación. No tienes las cartas. ¿Las tiraste o las perdiste?

Flor. —¡Sí, claro que están en mi poder!, las tengo todas. Es más, te diré que están llenas de reproches. Recuerdo que me las pasaba tu hermana en el recreo, íbamos al mismo colegio.

Me alegro de que tengas las cartas, pero más me alegra que no fumes y siento que lo estés pagando con todos los que te rodean, ¡pobre ordenata!

Acotación: (Imagine el público lector/a que: Flor abre una carta y lee. Juan hace lo mismo desde el punto opuesto de la escena. Mientras leen, los intérpretes pueden, según la opinión de la dirección lectora, moverse y colocarse en distintos lugares de la escena. Con más o menos iluminación. El tono de las voces puede ser más infantil si así lo deseas. Nos vamos al pasado. Música de los años 60.)

Juan. —Así no me gusta ir a misa los domingos, tú siempre vas con tu vecina Julita, que no quiere hablar ni con mi amigo Esteban ni conmigo.

Flor. —Porque cuando sale de casa ya se ha confesado y cuando sale de la iglesia está recién comulgada, entonces no es plan el perder su alma inmortal por hablar con vosotros. Deberíais comprenderlo.

Juan. —En resumen, Esteban y yo somos dos bobos que vamos detrás de vosotras a misa, luego os seguimos dando una vuelta a la manzana mientras vosotras no paráis de reír y enseguida os subís a casa, a jugar y a hablar de vuestras cosas, y mientras yo deseando contarte todo lo que me ha ocurrido durante la semana y poder explicarte todas mis preocupaciones.

Flor. —¿Qué preocupaciones tienes tú, si eres un niño aún?

Juan. —Pues quiero estar contigo a solas y verte sonreír, ver tu sonrisa grandota, como en un primer plano de una peli. ¡Qué bonita es tu sonrisa! No la cambiarás nunca, ¿verdad?

Flor. —Pues mi sonrisa está mellada, me falta un premolar de arriba y tengo una carie en una muela de abajo, esta tarde tengo que ir al dentista.

Juan. —Y qué pelo tan largo y tan, tan suave tienes…, y qué forma de reír tan alegre y divertida…, quiero estar cerca de ti siempre, para ver esa mirada tan graciosa, que tanto me gusta…

Flor. —Tanto: tan, tan, tan, te voy a tener que llamar «Juan El Campana». Cómo se nota que fuiste monaguillo hasta el año pasado.

Juan. —Tú puedes llamarme como quieras; esos labios están hechos para decir cualquier cosa, porque siempre sonará bonita. “Juan El Campana” me gusta mucho. ¿Soñarás conmigo y me llamarás en tus sueños “Juan El Campana”?

Flor. —Ten cuidado, que te puedes quedar sordo con tanto tilín, talán.

Juan. —¡Me has engañado!, te vi en la parada del autobús ayer domingo, me contaste una trola y te fuiste a un guateque sin mí, tus amigas te convencieron de que yo era un ridículo sarnoso, vil y abyecto y un hombre miserable y enfermizo. Lo sé, les hiciste caso.

Flor. —Sí, es verdad, me fui a un guateque con mis amigas, las gemelas. Y también es verdad que siempre estás con la tontería de que a las chicas hay que respetarlas y todo eso, y yo mientras, esperando un achuchón, una manita por aquí y otra un poco más allá… Y no eres un ser despreciable de 15 años, solo ridículo.

Juan. —Y yo qué sé de todo eso. Mi madre me ha dicho muchas veces que había que respetar a las chicas. Yo hago caso a mi madre, en casi todo, menos en lo de estudiar e ir a misa.

Flor. —Juan, una cosa es respeto y otra el darme una alegría al cuerpo, no sé, una caricia mientras bailamos… Que ya sabemos que no hay que pasar a mayores, pero a palo seco…, pues no. Piensa que a mí me gustan las caricias y los besos, tanto como a ti, y si te digo que sí pues es que sí, sí que sigas con las caricias…

Juan. —Ya, pero como yo entiendo que hay síes con reparos, síes en diferido y contrasíes, pues…, por no pecar y meter el cuezo, prefiero tener las manos quietas y la boca llena de chicle.

Flor. —Me dice mi madre que la tienes muy mosqueada, dice que dejes de ulular en torno a nosotras, ella sabe que vienes detrás de nosotras hasta la iglesia y te colocas a nuestra espalda durante la misa, pero por mucho que mira no te ve, sabe que en misa no vas a hacerme nada malo y puedes mostrarte sin pudor alguno.

Ella sabe perfectamente que estás cerca de nosotras, como una mosca…, sí cojonera, y por más que mira y mira, no lograba verte nunca. La tienes mosqueadísima.

Juan. —¡Ja, ja! Muy cierto, así comienzo a ser espía, haciéndome pasar por una mosca cojonera. Soy el espía que surgió de misa. ¡Me gusta! “El Espía del Misal”

Le dices a tu madre que me cae muy bien y es muy guapa, pero me infunde mucho respeto, yo soy muy cortado, ya lo sabes.

Dale las gracias, porque ella, el día que te desprendiste de mí para irte a un guateque con tus amigas corrosivas, me dio consuelo y apagó parte de mi frustración. Con una madre así, la hija no puede ser mala ni perversa. Ella me hizo ver la realidad. No soy nada para ti, por eso me mandaste al guano.

Flor. – ¡Pesado!

Juan. —¿Qué te he podido hacer para que me eliminases de tu vida? Nunca lo sabré…

Flor. —Eres muy pesado, Juan. No salimos ya, y ya está, pero eres muy pesado. Por favor, no insistas; cada día de mi santo o cumpleaños allí estás: una llamada tuya, una invitación para merendar juntos y un regalo.

Acotación: (Flor, tras leer, deja la carta, se coloca frente a la mesa y escribe.)

Por cierto, Juan, los discos que me regalabas no me gustaban nada. Los guardo por…, por las dedicatorias: Tu pelo largo, tu trenza al sol, tus labios rojos como el ababol… son letras la mar de cursis, pero… Tuve que buscar en el diccionario lo que era un ababol y resulta que es una simple amapola. ¡Ridículo, más que ridículo! Pero entrañable.

Juan. – Sonríe, siempre con la misma intensidad. Si alguna vez te sientes sola, llámame, te sé esperar.

Flor. —¡Por Dios!, ¡qué romántico sigues siendo!… Y muy cursi, tienes que reconocerlo. ¿Sabes?, siempre fuiste un chico fiel, agradecido, estupendo, romántico, pero… un poco empalagoso en aquellos años.

Juan. —Eso solo quiere decir una cosa, soy el mejor chico de entre las “cacurcias” con las que te has topado desde el día del guateque famoso. ¿Te apetece que nos hagamos una teleconferencia? No sé si sabré, lo advierto.

Continuará….

Emilio Meseguer Endériz, Miembro de la Academia de las Artes Escénicas de España

 

 

 

 

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