¡Ya he vuelto a la cordura de la dramaturgia!
Gracias a todas las personas que han colaborado en este reencuentro. He sentido vuestra energía positiva
y posibilitadora.
Pedí ayuda a la Academia de las Artes Escénicas, pero está cerrada por vacaciones. Pedí nuevamente
ayuda a Talía, pero estaba ocupada con grandes maestras y maestros de la dramaturgia.
Al fin, la idea llegó montada en una especie de periflús, durante la noche, mientras dormía. Por tanto:
¡Seguimos!
Recordemos que Flor y Juan habían quedado en verse en la salida del metro de Quevedo.
Hubo ensayos, Juan aprendió el texto, aprendió a moverse en el escenario, la pieza de Los Justos, se
estrenó, pero…
MOMENTO VI
Flor. – No vuelvas por el local de ensayo, Charly está detenido. Ya te diré cuando nos vemos.
Juan. – Sí, me lo dijo el cura Pedro, el que nos dejaba el local para ensayar, le vi el otro día y le pasa lo
mismo que a mí, al salir de casa hay un coche de policía camuflado que nos espera, nos sigue un tiempo y
desaparece.
Yo apenas salgo ni me relaciono con mi entorno, no quiero ver a nadie para no implicarles. Esto se nos ha
ido de las manos. Yo nunca pensé que una obra de teatro acarreara tanto lío, al fin y al cabo, solo es decir
algo que escribió otro.
Flor. – ¡Qué panoli eres, Juan! Las dictaduras se llaman así, por evitar que las personas hagan cosas, se
expresen y piensen. No me escribas.
Juan. – Flor, ya han pasado seis meses, la policía no está detrás de mí, tampoco del cura Pedro. El otro día
vi a Charly y me contó que solo estuvo detenido un día, lo soltaron por falta de pruebas, como no llevaba
nada encima cuando iba a entrar a la iglesia de Vallecas, donde íbamos a representar, pues les dijo que era
público, feligrés y no actor, parece que, tras unas tortas, se lo tragaron y le dejaron que se fuese a casa.
Me dice también que estás saliendo con Pancho. La verdad, con lo mal que lo hacía no entiendo tu interés,
siempre estaba con la cartera, en la que se encontraba la supuesta bomba, metida entre las piernas. Vaya
terrorista de pacotilla que representaba.
Espero que me digas algo, tú me metiste en este lío morrocotudo.
…
Juan. – Has vuelto a desaparecer, eres increíble, me metes el gusanillo del teatro y si te he visto no me
acuerdo. Ahora no hay semana que no me zampe una obra de teatro, página a página. Me gusta leer teatro
…
Juan. – Sé que no me dirijo a nadie, pero ya me da un poco lo mismo. Gracias por haberme mostrado la
fuerza del teatro.
Flor. – ¡Juanito! He terminado la carrera, ya soy abogada. Si sabes de algún trabajo, por favor, dímelo.
¿Tú, cómo vas?
Juan. – Me alegro de que seas abogada, espero que tengas mucha suerte, si me entero de alguna cosa ya te lo
digo.
Sigo trabajando en la óptica, puede que estudie óptica.
¿Sigues saliendo con Pancho?
Juan. – Flor, mi vecino trabaja en el ayuntamiento de Móstoles y ayer me dijo que necesitaban letrados, te
llamo, pero siempre comunicas. Ve al ayuntamiento rápido que puede que te salga algo. Seguiré
llamándote.
…
Juan. – Flor, no sé nada de ti, ¿cómo estás?, ¿qué es de tu vida? ¿Salió lo del ayuntamiento?
…
Juan. – Flor, ¿Te pasa algo?, ¿por qué no me contestas?
Flor. – Hola Juan, mira, como a mi padre no hay quien le aguante, he decidido casarme. El próximo 4 de
julio, a las 7 de la tarde, me caso en la iglesia del barrio. Luego habrá un cóctel en la cafetería Somosierra.
Quiero que asistas, así podríamos hablar un rato.
Juan. – Allí estaré. ¿Te casas con Pancho?
Flor. – ¡No, por favor! Pancho y yo rompimos a los seis meses. Era un pedante y un presuntuoso, tenías
razón, no era un chico para mí. Además, estaba estudiando ingeniería, era un tío muy complicado.
Me caso con Moncho, un chico de Orense muy cálido, muy buena persona, muy alto y muy simpatiquiño,
es ingeniero forestal y supo plantar la semillita.
Juan. – ¿No me digas que te casa porque estás embarazada? ¡No me lo puedo creer! Prefieres casarte a
decir a tus padres: ¡Hola, estoy aquí! He terminado derecho y estoy preñada, necesito ayuda.
Allá tú, en la iglesia nos vemos, pero a la copa no podré asistir, tengo otras cosas que hacer.
…
Juan. – Estuve en tu boda, me emocionó verte ahí, frente a Pedro, el cura. No pudimos hablar, en otro
momento charlaremos.
:::
Juan. – Tu madre me ha dado tu nueva dirección. ¿Cómo va ese embarazo, estarás a punto de soltar al
bebe?
Flor. – La verdad es que no estoy embarazada, se perdió en algún punto de nuestro viaje de novios a
Santiago de Compostela.
Tenemos que vernos, me gustó mucho tu reloj de aparador, quiero hablar contigo, quise hacerlo el día de
la boda, pero no fuiste a la copa y me dejaste sola, necesitaba tú consejo.
Te va bien vernos y tomar el aperitivo el domingo 14, en La Montaña, que hacen unas buenas
croquetas, Moncho estará en el campo por cosas de su trabajo, así podemos tener más tiempo para hablar
de nuestras cosas. ¿Te parece?
Juan. – Es buena idea vernos en La Montaña, hace mucho que no piso ese bar, además tienen un buen
vermut de grifo.
En cuanto a querer hablar conmigo el día de tú boda, que quieres que te diga, me parece ridículo, ¿qué
consejo te iba a dar, una vez casada? ¿pretendías que reforzase tú estupidez?
Venga, nos vemos en La Montaña, alpinista.
Flor. – La verdad Juan, no entiendo tu comportamiento del otro día, ¿a qué vino esa espantada? Me
dejaste hundida. Estaba emocionada por volverte a ver, por poder hablar contigo y…
Juan. – Vino a que, cuando llegué a La Montaña, ese bar que está frente a tu nueva casa, me alegró mucho
volver verte y también ver a tu madre, que no entendí que hacía allí, pero me alegré al verla. Cuando
dijiste de enseñarme el apartamento, tu madre se levantó de la mesa donde estábamos y apresuradamente
se despidió de mí, al hacerlo, sus ojos, que siempre han hablado más que su boca, me dijeron que si iba a
volver a cometer el mismo error nuevamente… Caer en tus garras.
Una vez en tu casa, cuando me quisiste enseñar lo cómoda que era tu cama, no quise entrar a la
habitación, por eso desde la puerta, tras meditarlo unos segundos, te dije adiós y me fui.
Estoy seguro que lo entiendes. Recuerda que siempre estaré a tu lado, pero ya no bailo al son que tú
pretendes marcar.
Flor. – Es una pena, no me entendiste nunca, ahora tampoco, por eso quería hablar largo y tendido
contigo.
No me disculpo por llevarte a casa ni por invitarte a mi habitación. Posiblemente en ese lugar hubieras
entendido algo de lo que llevo intentando explicarte media vida.
Juan. – No lo dudo, sé que todo en este mundo no está en las palabras, pero, te respeto tanto…
Flor. – ¡Ya!
Continuará….