Ningún ser humano elige su punto de partida. Nacemos hombres o mujeres,
dentro de una familia y una cultura determinadas: esa es nuestra circunstancia.
No la elegimos, pero convivimos con ella toda la vida. Ortega lo resumió en una
fórmula que sigue siendo la mejor brújula: «Yo soy yo y mi circunstancia». No soy
Solo mi cuerpo, ni mi sexo, pero tampoco soy alguien que pueda pensarse al
margen de ellos. Soy el que decide qué hacer con lo recibido.
Sin embargo, conviene no perder de vista una idea previa. Antes de ser hombre o
mujer, cada ser humano es una persona. No porque el sexo carezca de
importancia, sino porque ninguna circunstancia de origen —ni el sexo, ni la
familia, ni la cultura —agota jamás lo que somos.
Todas nos condicionan; ninguna nos define por completo. Ortega lo dijo con precisión extraordinaria: el
“yo” nunca desaparece absorbido por su circunstancia. Vive en ella, pero también
la interpreta y la responde.
El machismo y ciertas corrientes del feminismo contemporáneo son, me parece,
dos formas equivocadas de habitar esa circunstancia. Cada una falla por un
extremo distinto.
El machismo convierte la diferencia en jerarquía. No consiste en afirmar que
existen diferencias entre hombres y mujeres —eso es, sencillamente, verdad—,
sino en usarlas para justificar que unos manden y otras obedezcan, que unos
valgan más y otras menos. Convierte un dato de origen en un veredicto: «naciste
mujer, luego tu lugar es este; naciste hombre, luego tu deber es aquel».
Convierte el destino en jaula: es una convivencia sin libertad, donde se acepta la
circunstancia, pero no deja a nadie decidir nada sobre ella.
El feminismo deja de ser emancipador cuando convierte la igualdad en negación
de la diferencia. Esta es la respuesta simétrica, desde el lado contrario. Algunas
corrientes contemporáneas —no el feminismo como bloque único, sino ciertas
formulaciones dentro de él— tratan cualquier diferencia entre hombres y mujeres
como una imposición cultural que hay que desmontar, incluso la del origen,
incluso la del cuerpo. Es una convivencia sin realidad: se exige tanta libertad que
se termina por no reconocer ningún punto de partida. Y una libertad sin raíces deja de ser libertad humana para convertirse en pura voluntad.
Dos formas, en el fondo, de no responder a la pregunta.
El machismo dice: convivimos con lo no elegido sometiéndonos a ello. Esas corrientes del feminismo dicen: convivimos con lo no elegido negándolo. Ambas evitan la pregunta, más que responderla: cada una escoge un solo término —destino o libertad— y sacrifica al otro para no sostener la tensión entre ambos.
Y esa tensión, es exactamente donde vive la condición humana.
En el debate público, machismo y feminismo han terminado por definirse muchas veces por
oposición mutua, como dos polos de una misma discusión, y eliminar uno no
hace triunfar al otro, sino que vacía de sentido el debate entero. La tarea no es
que gane un bando, sino sostener las dos exigencias a la vez: que la libertad sea
real y que la realidad siga siendo real.
Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿cómo convivimos? Ni sometiéndonos sin
más a lo no elegido, ni negándolo en nombre de la libertad. Se puede reconocer
que hombres y mujeres parten de circunstancias distintas —biológicas, históricas,
culturales— y, al mismo tiempo, decidir con libertad qué hacer con ellas, sin que
ese origen se convierta en un veredicto sobre quién manda, quién obedece, o
quién vale más.
Esa es la igualdad que me interesa defender: no la igualdad de quienes dejan de
ser hombres o mujeres, sino la de quienes, siendo hombres o mujeres, son ante
todo personas capaces de asumir la circunstancia que no eligieron y de construir,
desde ella, una vida libre. Porque la igualdad no nace de borrar las diferencias,
sino de reconocer que ninguna tiene autoridad para disminuir la dignidad de
quien la porta.
La circunstancia es como una partitura inicial: nadie elige las notas con las que
comienza. El sexo, la familia, la cultura o el tiempo en que nacemos son los
sonidos de partida. La persona, sin embargo, no es ninguna de esas notas por
separado. Es el músico que las recibe. La libertad es el arte de convertirlas en acorde: la capacidad de hacer que sonidos distintos convivan sin dejar de ser lo que son. Y la vida es la melodía: lo que componemos, compás a compás, con la circunstancia que elegimos.
No hay melodía sin notas distintas, ni armonía sin libertad para ordenarlas. Esa es, quizá, la única música que merece llamarse humana.
La libertad no consiste en negar la realidad, sino en responder a ella. Nadie elige
su punto de partida, pero todos elegimos qué hacer con él. ¿Puede una persona
ser libre sin dejar de aceptar aquello que no eligió?
En esa pregunta reside nuestra responsabilidad.