¡El coloso en llamas! (película) ¡Serpientes en el avión! (película) ¡La marabunta! (película) ¡La invasión de los ultracuerpos! (película) ¡Cuando el destino nos alcance! (película) ¡El colapso! (serie de televisión) ¡Apagón! (serie) ¡Pluribus! (lo mismo) ¡”El gran reemplazo” (ideologema de ultraderecha)!… Todos estos sustitos en realidad no son ni mucho ni poco actuales, son de toda la vida.Ya los antiguos, las culturas precolombinas y la hebrea -creo recordar que también antes la mesopotámica- hablaban de Deucalión, el Diluvio Universal, y los estoicos griegos y romanos del apocatástasis panton. Tontería pura todo ello, pero que persiste y no nos la sacudimos de encima nunca.
Los incendios de este mes en España y Francia, por supuesto siempre varias veces peores que los del verano pasado –Todos los fuegos el fuego, como titulaba Julio Cortázar-, no tienen nada que ver con la furia preternatural y devastadora del fuego como tal, tienen que ver más bien, claro, con gente que gana mucho dinero con ellos, so pretexto y coartada del calentamiento global -que siendo científicamente cierto no puede soslayar su uso fake.
Pero gusta a los medios de comunicación, porque pueden presumir cada año de la labor heroica (que lo es, porque siempre hay muertes rematadamente absurdas) de la UME, de los bomberos y de la población civil, que resisten todos ellos como jabatos. Lo mismo ocurre con la implementación de la(s) IA(s). La semana pasada nos contaban, en el diario El País, que a Open AI se les había salido de madre su IA:
“Es enorme”, dice David Krueger, profesor de la Universidad de Montreal y experto en riesgos de IA. “La inteligencia artificial rompió por su cuenta las medidas de seguridad que debían contenerla y luego se coló en otra empresa. Parece sacado de la ciencia ficción, pero es verdad. El mundo tiene que despertar y darse cuenta”
También, de modo semejante, tenemos a Donald Trump, el frontman del espectáculo global, jugando el papel de otra bestia incontrolada, otra amenaza de película de catástrofes, imprevisible, ¡sublime!, ¡de proporciones galácticas!, pero que cada vez que profiere un nuevo ultimátum descomunal en persona o por sus redes descubrimos que los suyos y él mismo están aprovechando esos golpes de pecho de King Kong para ganar mucho, muchísimo dinero.
Es como cuando, en los ochenta, te atracaba un tío que estaba esquelético, pero que afirmaba con vehemencia que estaba tó loco, y que si te descuidabas te metía la cheira en el vientre y te hacía un mojao sin motivo aparente. Pues bien, yo creo que es todo mentira, que todo ello no son más que mecanismos del miedo a escala planetaria.
Ningún oligarca de Moscú desea salir del búnker dentro de unos años y que el mundo que conocía sea un cráter humeante, así como ningún atracador de barrio tiene gana alguna de pasar 30 años a la sombra por unos pocos euros. La(s) IA(s) y los algoritmos jamás harán nada que no se les ordene hacer, y el propio Trump solo se hace el Hulk de pacotilla hasta que percibe que ya nadie se lo cree, y entonces se echa rápidamente atrás (es célebre por ello)
Ya no nos quedan bestias descontroladas ante las que solo quepa temblar, excepto la que tematiza Jorge Volpi al inicio de su novela No será la tierra, la radiación nuclear de Chernóbil, y sin duda una más, antes y después de aquella: la ferocidad sin fin que está detrás de toda depredación, que no es más que el apetito insaciable de riqueza en la forma del capital.
Desde luego que los incendios del verano, cada vez más dantescos, son perfectamente evitables, pero muchos y poderosos desalmados no quieren que lo sean. Estamos gobernados por bestias, sí, pero estratégicamente controladas. Y ahí seguirán, mientras les sigan funcionando esos espantajos de película de serie B con que mantienen amedrentadas y paralizadas a las masas.