En pocos días se cumplirán 90 años de algo que es historia. El recién nombrado
Presidente del Consejo de Ministros en la II República don José Giral, ante la
sublevación nacida en Marruecos por militares golpistas, dio las pertinentes órdenes de repartir armas al pueblo, para frenar el atropello que llegaba desde Marruecos. Fue un 19 de julio de 1926.

La noche anterior, la del 18 de julio, según confirman las crónicas de personas como
Arturo Barea, lo sindicatos ya habían comenzado a armarse para frenar la insurgencia.

En Pamplona fue distinto, allí, en la noche del 17 de julio, el convento de la plazuela de san Francisco, cerca de la comandancia de la Guardia Civil, abría sus puertas y cargaba las camionetas de armas. Los falangistas no dejaban pasar a nadie por esa plazuela, para evitar testigos de lo que estaba ocurriendo.

El golpe iniciado el 17 de julio en África, por Sanjurjo, Queipo, Franco… se extendió al
norte de España a las órdenes de Mola y durante el 18, cubrió la península.

La lectura fue fácil de entender: los militares que habían jurado fidelidad al gobierno de
la II República, se echaron atrás, otros intereses propiciados por poderes como el de
Juan March, el Vaticano y gobiernos fascistas europeos, les convencieron y ayudaron.
Cada uno hizo lo que pudo.

Manuel Azáña, Presidente de la República, dio su beneplácito a dicha orden: Había que
armar a las milicias populares, cuya base estaba en los sindicatos de clase y en partidos
de pensamiento progresista que, junto con las fuerzas leales a la República, debían de
protegerla y reducir lo antes posible el “golpe” proclive a la monarquía, la teocracia y el
fascismo social y económico.

Tras horas de combate contra los golpistas en las principales ciudades del centro,
levante y norte del país, pareció que se había sofocado el incendio: fuerzas de los tres
ejércitos, carabineros y guardias de asalto supieron plantar cara a los sublevados.
El “golpe” fue un rotundo fracaso. En pocos días caerían provincias como Navarra y
buena parte de Andalucía.

Un grave error de cálculo. Nadie pensó en la ayuda del fascismo europeo desde el
primer momento del levantamiento africanista.

Lo que en un principio carecía de importancia para todos, ante el freno impulsado por el
pueblo, los colaboradores: Italia y Alemania, comenzaron a sembrar de bombas y
muerte la península. Mientras los carlistas, acostumbrados a armar el lío durante siglos
en España, reiniciaron una cuarta guerra civil.

Los poderes económicos de países como EE.UU., ofrecían su colaboración
desinteresada y países europeos se posicionaban en contra del Gobierno legítimo de la
República y les negaban el derecho a comprar armas. Indignante.

Una larga contienda fratricida estaba servida.

La URRS y México, fueron los países que levantaron su voz y ofrecieron su ayuda a
España y su República.

Desde el comienzo, la solidaridad obrera internacional, gestionada en buena parte por la
internacional comunista, lograron que personas con espíritu solidario y democrático
llegaran a nuestra tierra para defenderla del odio y el capitalismo burgués.

Se formaron con esta gente dispuesta a conseguir la libertad social, las Brigadas Internacionales,
junto con un grupo de españoles de distintas profesiones: sanitarios, ingenieros,
topógrafos…, que fueron destinados a estas unidades por el Gobierno de la República.

El pueblo hizo lo que pudo, a su manera, sin entrenamiento previo. En cambio, los
sublevados, con poder y saña fueron tomando pueblo a pueblo y llenándolos de muerte
mientras se incendiaban las industrias.

¡Buen ojo tuvieron los golpistas! Ganar y someter una tierra que era un erial en
llamas…

Todo parecía perdido, menos la dignidad, había que mantener la lucha y el ideario
político de la II República. Pero…

Llegó un poco esperado segundo golpe de Estado al maltrecho gobierno de la
República: El 5 de marzo de 1939: Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo del ejército
republicano, Julián Besteiro, presidente del Consejo Nacional de Defensa y, cómo no, el
coronel Segismundo Casado, jefe del ejército de Centro, de la República que, junto a la
Quinta Columna de Madrid, hicieron que Negrín entregara el Gobierno a Franco.

Este segundo “golpe” maestro, contra el socialismo de Negrín, encontró a una población
exhausta, hambrienta y desnortada. Los españoles que aún estaban luchando, cada uno desde sus obligaciones, tuvieron que despedirse de su tierra. Meses antes ya se había iniciado el exilio, pero desde ese crítico
5 de marzo, todo en España se puso peor.

Este golpe llevado a cabo por ilusos que pidieron al fascismo ganador, que no hubiera
ningún tipo de represalia del ejército victorioso, contra el pueblo hambriento, si se
rendían, fracasó en su estrategia. Negrín defendía la tesis de resistir hasta llegar a una
honorable rendición. No fue posible.

Los seguidores de las tesis de Casado, junto con grupos anarquistas y republicanos, se
enfrentaron a comunistas y grupos socialistas. Una nueva guerra fratricida dentro de la
fratricida guerra que llevaba casi tres años matándose, se había iniciado. Solo por unos
días. Los suficientes.

Ilusos. La historia se encargó de contradecir esa rendición pactada.

Hoy pretendemos recordar este segundo golpe, inmerso en el primero, del que muy
poco se ha hablado.

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