A mi nieta Huanxi

Llevo toda una vida al frente de la Fundación Orquesta Sinfónica Chamartín,
rodeado de partituras, de atriles, de temporadas de conciertos. Y, sin embargo,
cuanto más tiempo paso en este mundo, más se me instala una tristeza serena:
creo que le quitamos la música a la gente para entregársela a un “no sé qué” que
la puso en un pedestal.

El proceso arranca ya en el siglo XVIII, con el nacimiento
del concierto público burgués —entrada de pago, sala fija, repertorio separado de
la fiesta y del culto—, pero es en el siglo XIX cuando se consuma: el
conservatorio, la crítica especializada y el culto al gran compositor terminan de
separar la música de la gente que la había vivido durante siglos.

Antes, en los pueblos, la música no se escuchaba: se vivía. Pasaba de generación
en generación como se pasa una receta o un modo de hablar. No hacía falta
saber leer una nota para cantar en la fiesta del santo patrón, para tocar la
dulzaina en la boda de un vecino, para que un abuelo enseñara a su nieto una
copla mientras trabajaban la tierra. Era música viva, sin dueño, sin escenario, sin
entrada que pagar.

Y entonces llegó la partitura, la academia, la búsqueda de la perfección.

Aparecieron los grandes autores, los grandes conciertos, los grandes templos
donde se guarda la música como se guarda un tesoro. No lo digo con rencor:
bravo por los músicos profesionales, bravo por las composiciones que nos han
dejado sin aliento, bravo por ese mundo académico lleno de lutieres que cuidan
cada instrumento como una reliquia. Todo eso también es nuestro, y estoy
orgulloso de haberle dedicado mi vida.

Pero la música no nació ahí. Nació en la calle, en la plaza, en la iglesia del
pueblo, en el patio del colegio. Nació de la necesidad humana de expresar lo
que no cabe en las palabras: la alegría, el duelo, el amor, la fiesta. Es de todos,
no de unos pocos con título.

No quiero hacer de esto una crítica a nadie; quiero,
simplemente, recordar que debajo de los conciertos, de los festivales, de los
promotores y los carteles, sigue latiendo esa otra música, la de cada vecino, la
que durante siglos nos ha hecho, sencillamente, más humanos.
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Por eso, durante todos estos años, mi empeño no ha sido solo programar
temporadas: ha sido devolver a la gente las ganas de cantar juntos, de tocar
juntos, aunque sea sin perfección. He querido que la ciudadanía vuelva a las
agrupaciones corales, a las pequeñas orquestas amateurs, a los talleres de música
de barrio, esas que ensayan cada sábado, fin de semana tras fin de semana, con
la misma fidelidad con la que antes se transmitía una copla de abuelo a nieto.

Guardo un recuerdo que resume todo esto mejor que cualquier argumento. Fue
en Vracov, un pueblecito de la Moravia del Sur, en Chequia, en casa de mi amigo
Andrés, a quien hoy tengo muy presente. Estábamos sentados a la mesa unos
cuantos amigos: un guardabosques, un doctor en Químicas, una médica, un
técnico en fibra de vidrio y yo.

Fue avanzar la noche, y una botella de vino mediante, la conversación derivó hacia la música. Alguien sacó un violín, otro lo siguió, y entre anécdotas y risas se pusieron a cantar. Yo, que aquella noche no
sabía tocar nada, me quedé callado, simplemente admirándolos.

Y en ese silencio mío entendí algo que ninguna sala de conciertos me había enseñado:
que la música no pertenece a quien tiene título, sino a quien tiene ganas de
compartirla. Un guardabosques y un violín improvisado en una cocina de pueblo
checo me devolvieron, esa noche, el alma de la música que un día casi dejamos
escapar.

Desde aquel día he querido que la música entre en mí, y que entre desde abajo,
desde el pueblo. Se habla mucho del “oído absoluto”, ese don de quien distingue
con exactitud una nota de otra con solo oírla, sin margen de error. Yo no lo
tengo. Yo no tengo oído en absoluto, frente a aquellos que sí lo tienen.

Pero tengo corazón, y con eso me ha bastado. Mis padres cantaban siempre. Mi padre
sí sabía cantar; mi madre, como yo, desafinaba sin remedio. Y, sin embargo,
aquello nos sonaba divino, porque era la familia cantando junta y nadie se
quejaba.

Sé perfectamente que en un conservatorio me habrían echado por inútil.
Pero hoy toco el contrabajo en nuestra Big Band y en nuestra formación clásica.
Se puede. No hace falta oído absoluto para tener sitio en la música: basta con
querer estar.

Y cuento cómo llegué al contrabajo, porque también dice algo de todo esto. En
las orquestas que formábamos con niños, todos los sonidos eran agudos; faltaban
los graves. Un día la directora me lo pidió a mí, sin más. Y me puse a ello:
estudié música por mi cuenta para poder leer las partituras, aprendí cómo se toca
un contrabajo, pasé una semana en Strunal, donde fabrican instrumentos, solo
para entender de verdad qué era aquello que iba a tocar, tomando notas de todo.

Nunca fui a un Conservatorio. No hice ningún camino ortodoxo. Pero aprendí lo
único que necesitaba saber: que se puede, que la música nace desde dentro, y
que lo demás se va aprendiendo por el camino.

Recuerdo otra escena, esta ya en el Ágora del Colegio, en una de aquellas
sesiones espectaculares de Música en Familia, con más de trescientas personas
entre padres, niños y abuelos, coro y orquesta juntos en la misma sala.

Yo estaba allí con mi contrabajo, perdido entre tanto sonido, apenas podía oírme a mí
mismo. Nuestro director cruzó la sala llena de gente y, con mucho cuidado, se
acercó a decirme al oído: “vas un compás tarde”. Nada más.

Y creo que en esa frase, dicha con tanta delicadeza, está todo lo que quiero decir: está bien saber
que no somos iguales en aptitud musical, que unos oyen lo que otros no oiremos
jamás. Pero sí podemos ser iguales en actitud. Siempre adelante, aunque vayamos
un compás tarde.

Por eso, en todos los actos de nuestra Fundación conservo siempre la misma
idea, porque es lo único que de verdad me importa: “Las personas somos música. La tienen los idiomas, la tiene la naturaleza, la llevan nuestras costumbres de generación en generación.

Pero no hay música sin la humanidad que la respira: con la pasión, el
amor y la alegría que recogemos del mundo componemos la melodía
de la vida. Que nadie nos arrebate lo que nos pertenece por derecho
de nacimiento: la Música.

”Nota del autor. La calculadora, el fax, la máquina de escribir, el procesador de textos, el
corrector gramatical, el buscador de Google. Cada herramienta, en su momento, amplió lo que
una persona podía hacer sola. Ninguna pensó por ella. Ninguna le quitó la idea, la experiencia,
el criterio. Este texto se ha escrito con una herramienta más, la inteligencia artificial —en este
caso, Claude, de Anthropic—, que ha ayudado a ordenar, contrastar y redactar a partir de las
ideas, la experiencia y los testimonios de J. Julio Moreno. El argumento, lo que se defiende y lo
que se denuncia, es suyo.

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