RECICLAJE (Siempre respetuosos con el Medio Ambiente)
Si en este verano infernal, el pisar la arena te puede suponer un colapso económico, haz como yo, sustitúyelo por un saco de sepiolita. Tras las vacaciones se lo puedes pasar a ese vecino que tiene gato, o ponerlo en Wallapop, sacar unos euracos y encima te acostumbras a reciclar.
ODA A LA DUDA (A ver si nos acostumbramos a dudar un poco. Seguro que nos sentaría bien)
¿Qué es la duda? / La red que te abraza / y te dice con dulzura: / ¡Cuidado, no metas la pata!
¿Qué es la duda? / Es algo que te agarra, / atenaza y estrangula / como una tela de araña.
Duda el rico, / duda el pobre, / duda el listo, / y duda el torpe.
Todo el mundo tiene dudas; / de las personas más serias / a las gentes más sesudas / y de lejanas miserias.
La duda no da marcha atrás / es un alto en el camino / para ajustar coordenadas / y hallar de nuevo el destino.
La duda no es titubeo / que amplía el objetivo / y desmenuza el hecho / hasta que es digerido.
La duda no es paranoia, / que sirve de carminativo / y decapa como una cebolla / ese objeto de estudio.
La duda abre percepciones, / mitiga desconfianzas, / calibra los errores / y advierte de las (¡Tachán!) cagadas.
No lo dudes, mantente en la duda / con firmeza estoica / y soberana cordura / frente a la injerencia caótica.
DE HABERLO LEIDO ANTES… (El clásico relato refrescante de verano… o no)
¡Estrella y Rufino eran como una pareja de cine!, de aquellas películas románticas de los timoratos años 60.
Desde que se conocieron, ya con cierta edad, hace más de dos décadas, su vida siempre fue un edén, una balsa de comprensión y respeto. Cierto que sus gustos y aficiones siempre fueron completamente distintos, a Estrella le gustaba ver la tele haciendo punto, Rufino, en cambio, escuchaba música mientras rellenaba las casillas del crucigrama. Estrella era rubia natural con canas naturales y Rufino usaba una brillante calva y se teñía el bigote. Estrella era muy casera y Rufino, desde pequeño fue un zascandil.
Aquel último fin de semana de junio Rufino logró convencer a Estrella para pasar unos días relajados en la sierra. Se dirigieron con su coche de tercera mano a la Cuenca Alta del Manzanares, llegaron hasta la Presa de Navalmedio, muy cerca había unos bungalow con unas vistas de la naturaleza increíbles, Estrella se sintió cómoda en aquel lugar, la televisión tenía muchos canales y funcionaban todos.
Siempre le acompañaban unos prismáticos, en broma solía decir, que era una cotilla de catalejo, le encantaba ver volar a las aves. No conocía el nombre de todos aquellos pájaros, pero sabía distinguir las rapaces del resto de pájaros y de pajaritas de papel. No era ornitóloga, ni sicóloga, ni proctóloga; simplemente disfrutaba viendo las crías en sus nidos y a los padres revoloteando en busca de alimentos para ellos. Se podía pasar horas y horas viendo aquel milagro continuo de la naturaleza.
Ellos no habían conseguido tener descendencia, tampoco nunca tuvieron nido, la casa que disfrutaban, a medias, era un cuarto interior de treinta y dos metros cuadrados. Era la casa donde ella nació y vivió toda la vida con sus padres. Se conocieron demasiado tarde, Rufino había corrido muchos kilómetros de amoríos y lances eroticoverbeneros, lo contrario que Estrella, dedicada siempre a cuidar de sus padres hasta el último adiós. Ante esta falta de sintonía Cupido no pudo manifestar sus habilidades con anterioridad.
Aparcaron a la entrada del recinto, sacaron las bolsas con los cuatro trapos que llevaban, enseguida Rufino se colocó la ropa de senderista proactivo, agarró la vara de fresno, herencia de su padre que también fue montañero y se despidió de su adorada Estrella. El teléfono los tendría conectados.
Estrella no perdió un instante, salió del bungalow y fue hasta una atalaya que había en la recepción. La visión desde allí era extraordinaria. Se colocó bajo una sombrilla, sacó los prismáticos y comenzó a recorrer de este a oeste todo el inmenso pinar (con pinos), que estaba frente a ella, luego observó la zona de arriba abajo y pudo contemplar al herrerillo capuchino, al pinzón, al carbonero… Luego miró al cielo, que estaba de un azul precioso y observó a distintas rapaces con sus vuelos serenos, armónicos, majestuosos… Estaba segura de haber visto un águila real y un halcón peregrino, también buitres, pero esas rapaces tan feas y soeces le daban mucho respeto.
Se acercó hasta ella la encargada de aquel hospedaje y comenzó a charlar amigablemente con Estrella. Le dijo que, en la presa, a solo trescientos metros podría encontrar unos preciosos pájaros que se llamaban: martín pescador, somormujo y el más pintón; el ánade azulón, una auténtica belleza, aseguró. Para ir hasta allí no tenía que trepar, no existía riesgo alguno, salvo el de pisar alguna hermosa caca de vaca. Estrella accedió y Mireia, la encargada, la acompañó hasta la puerta de entrada a la zona de la presa. Un paseo corto y muy agradable.
Entró al recinto de la presa, no había cuestas, estaba encantada, veía el agua tranquila y algunos pajaritos en ella. Miro el entorno a conciencia y con los prismáticos, cuando…, algo le hizo vacilar…, aquel hombre que estaba a cierta distancia iba vestido con la misma ropa que Rufino: pantalón y camiseta azulones, gorra roja y zapatillas amarillas, tenía la misma calva que Rufino y el bigote iba teñido con el mismo tinte que usaba Rufino. ¿Sería Rufino?
Estrella odiaba las zapatillas de Rufino, eran de ese color tan estridente que al verlas siempre le entraban ganas de hacer de vientre. Echó mano a los prismáticos y comprobó que, efectivamente, aquel ser que tanto se parecía a Rufino era Rufino.
Pero… Estaba hablando con una mujer, una señora que ella creía conocer, caviló unos momentos y enseguida supo de quien se trataba, se llamaba Lydia, era una extravagante señora de Castejón, que durante años estuvo disfrutando de Rufino, de igual forma que su Rufino disfrutó de ella.
¿Aquel viajecito de fin de semana había sido una encerrona?
Enseguida lo meditó y comprendió que ese no era un sitio para iniciar un reencuentro, los idilios de parejas buscan otros lugares alejados de la gente.
Siguió oteando a la pareja con vista de azor perplejo y circunspecto; estaban los dos frente a frente, Lydia le echaba los brazos al cuello, se reía, estaba flirteando. Se agarró del brazo de Rufino cuando comenzaron a caminar, enseguida colocó su cabeza en el hombro de su marido. Él lo permitía todo. El viejo zorro estaba de caza.
Aquello era imperdonable, cuando regresara al bungalow tenían que hablar muy seriamente. Los siguió con la mirada sin perder un movimiento
Atravesaron el puente de la presa y se internaron en el pinar (lleno de pinos), en pocos segundos perdió la visión de ambos. Por más que escudriñó no logró ver ninguno de los colores de sus vestimentas, a pesar de que Lydia iba de blanco, como una niña de primera comunión.
Esperó un buen rato, aburrida por la tardanza regresó malhumorada al bungalow. Cuando llegó vio que Rufino estaba en el porche, teléfono en mano.
– ¿Dónde estabas Currita? Te he llamado varias veces y no me contestabas. ¿Estás bien?
– ¡Uy! Seré despistada, me he dejado el móvil dentro del bungalow. He salido a ver pájaros de mal agüero.
– ¿Has visto a muchos?
– Más de los que hubiera querido. Ya es hora de comer. Cámbiate y me cuentas por donde has estado y qué has hecho.
Diez minutos después iban camino del restaurante, Estrella recelosa, Rufino muy contento.
Comieron muy bien, Rufino bebió demasiado vino, a Estrella no le pasaba una gota, tras la comida quiso llevarse al bungalow un gin tónic. Aquel último trago largo y el exceso de calor le hizo entrar en una modorra importante, se quedó dormido en el incómodo sillón, frente a la tele. Estrella estaba muy espabilada. Rufino roncaba, Estrella, a cada ronquido de su marido se iba sublevando más, los nervios estaban aflorando y la sinrazón se hizo dueña de la situación.
– ¡Mírale!, la mar de tranquilo, como si no hubiera pasado nada… Y tú, tonta de las narices aguantando el desaire…
Eres idiota y lo sabes… ¿Desde cuándo existirá esta doble relación? Y yo sin percatarme… Con qué mimos te pasaba los brazos por el cuello, como dejaba caer su cabeza en tú hombro… Y tú te la llevaste a la umbría, entre los pinos… ¿Se puede saber cuál era el fin? Yo te lo voy a decir: ¡Os fuisteis a meter mano, so guarros!… Puede que la cosa fuera a más, ya vi que no era un simple escarceo, ella te estaba comiendo con la vista… Seguro que quería más y tú, ¡so bobo!, segura estoy que se lo diste… ¡Estuvisteis haciendo el amor!, fornicando como osos a menos de quinientos metros de mí. ¿No te da vergüenza? Qué te va a dar vergüenza, no tienes vergüenza. Ni ella ni tú tenéis idea de lo que es la vergüenza…
Eres un cerdo, me has engañado con una antigua amante, una mujer que me prometiste que ya no significaba nada para ti… Era un amor en conserva, lo tenías bien guardado y a la primera ocasión has dejado que los más bajos instintos se apoderaran de ti… ¡Qué bien lo habéis pasado! Se te nota cansado… Seguro que habéis retozado como bonobos… ¡Venga y dale, una y otra vez…! Nunca tuviste la cortesía de hacerme el amor con tanta imaginación como a Lydia… ¿Dime, que tiene ella que no tenga yo? Sí, lo entiendo, yo soy una mujer decente y ella es una guarra… ¿Qué? Eso es verdad, ella puede hacer lo que quiera, el pecado está en ti. Eres tú el que debías haberte apartado… Rufino eres un vicioso y un pervertido… Te dejo… Ya, ya veo que te da lo mismo, que duermes sin importarte un bledo lo que digo… No, esto no puede quedar así…
Abrió el armario, sacó el bolso de viaje y comenzó a guardarlo todo.
– No, no, no, no me conoces, aún no te he mostrado quien soy… Cuando me hacen daño yo respondo… No te olvides que soy aries, y los aries nunca perdemos la última batalla… Te vas a enterar… vas a tener tu escarmiento. Lo juro…
Sigues en tu mundo, egoísta, sátrapa, golfo… Duermes como un bendito calzonazos y eres un demonio… A los demonios se les tiene que eliminar de este mundo… Bastantes pecados hay para que vengas tú con tus engaños… Eres un ser abominable, un descastado… No sé cómo no me he dado cuenta antes… Pero esto no va a quedar así…
Sí, voy a poner solución a este engaño.
Debido a la ofuscación del momento, agarró con fuerza el cuello del botellín de tónica y lo estampó contra la cabeza de Rufino varias veces, Estrella había enloquecido, Rufino no abrió los ojos, el botellín se rompió, Estrella seguía ofuscada, con la embocadura cortante en la mano, cortó el cuello de su marido.
– ¡Ahora sabrás que no estaba hablando en broma…! Nunca más me tomarás el pelo de esta forma, me ningunearás y me humillarás… Tenlo muy en cuenta a partir de ahora…
Te desangras y no confiesas tu pecado… Eres peor de lo que yo había creído… Eres un ser lascivo, corrompido por la libido… Eres un maltratador…
En ese momento sonó el móvil, había entrado un mensaje al guásap de Rufino, Estrella fue hasta él, vio que se lo mandaba Lydia, aún enrabietada lo abrió.
– No quise ofenderte. Perdóname. Me alegró mucho verte y saber que eres feliz junto a Estrella, debe ser una mujer increíble si ha sabido ganar tu amor de esa manera.
Sabes dónde estoy y donde estaré siempre… Cerca de tu corazón, pero no te molestaré.
Estrella fue al principio del hilo.
– Rufi, me has hecho un desaire, quise volver a tenerte, pero me dejaste como si fuera una apestada, huiste de mí como de la lepra ¿Te he hecho algo?
– No Lydia. Te lo dije, estoy casado con Estrella, ya lo sabías, es la mujer que amo, me agradó volver a verte y saber que estás bien, pero no engañaré a mi mujer, la debo respeto y la quiero con locura. Será mejor que no nos volvamos a ver. Te deseo lo mejor de lo mejor. Un abrazo amigo.
Estrella se quedó dentro de su burbuja de irrealidad, en ese paroxismo donde nada es creíble ni asumible. Poco a poco fue reaccionando…
Cuando se quiso dar cuenta estaba en el interior de un coche de policía. Lloraba desconsoladamente. Una agente la miraba escrutadora, Estrella solo acertó a decir: De haberlo leído antes…