¡Bueno, que alegría! Un año más aquí está mi visitante fiel. Cada año, un día como hoy, al caer la tarde aparece ante mí, sonriente, afable. A pesar de los años que han pasado reconozco el azul de sus ojos, son de la misma tonalidad de azul que el amanecer de un día claro. Sus ojos siempre brillan como el lucero del alba, siempre atentos, juguetones, miran el ayer y escudriñan el momento en el que estamos sin perder un solo detalle.

Su visita me indica el por qué tengo tanto agobio, aquí, en el escaparate, ya empieza a hacer un calor insoportable, dentro de pocas horas llegará el solsticio de verano. El momento en el que la luz vence a las sombras, la clara noche que inspira al amor más bello, cuando la amable luna y la necesaria agua hacen germinar el bienaventurado futuro… Sí, sé que en estos momentos estás pensando lo mismo que yo, mi querido amigo visitante fiel. Recuerdas aquello que aquí ocurrió hace tantos años y que ya es algo así como la metáfora del cambio, de la ruptura con las sombras y la llegada de la luz clara.

Aquel día hizo un calor sofocante, caía la tarde cuando comenzaron a sonar las sirenas de los coches policiales. Un grupo de estudiantes comenzó a gritar consignas de libertad, a tirar panfletos hablando de libertad ciudadana y justicia social. Todo pasó en un segundo; un violento choque entre los guardias y los estudiantes, ante mis ojos un joven cae al suelo, un guardia armado con vocación de guardia y mentalidad reducida comenzó a golpear a ese jovenzuelo tirado en el suelo que trataba de defenderse de los porrazos llenos de odio…

Recuerdo aquel instante como si estuviera viviéndolo nuevamente. El chaval intentaba zafarse de su maltratador a base de patadas y gritos. Poca cosa para un carnicero en potencia. Otro estudiante empujó al sanguinario maltratador, quizá uno de los últimos resquicios donde se hacía fuerte la dictadura y, allí, ante mí, defensa en mano, uno de los últimos perros fieles de mentalidad de adobe que quedaban en ese gobierno de sombras.

El joven eras tú, cuando el guardia dejó de apalearte, con esa elasticidad que ofrece la juventud te pusiste en pie en un segundo, ibas conmocionado, tambaleándote a causa de los golpes, la sangre que brotaba de las brechas de la cabeza te manchaba la cara y parte de la camisa clara. Aún así, tus ojos azul aurora brillaban intrépidos y cargados de razón.

Fue entonces, rápido como un relámpago, detrás del árbol que hay frente al escaparate salió otro joven de pelo engominado, gritaba con saña. A él no se le acercaba ningún cancerbero de porra larga y mente corta. Pude ver con claridad como apuntaba con algo que sostenía en su mano, enseguida advertí que era una pistola lo que sujetaba, su cañón señalaba directamente al cuerpo del joven que estaba junto al cristal del escaparate donde me encontraba. Te apuntaba a ti, amigo visitante fiel, alguien indefenso y tambaleante que pedía justicia social.

No podía creer que hubiera seres tan desaprensivos o carentes de ideas favorables al desarrollo y compinchados con el rencor y el involucionismo. Miré al presunto asesino mostrando el miedo por algo que parecía inevitable. Tú, fiel visitante, percibiste quizá, la tensión en mis ojos, fue un instante, solo uno, casi como si se tratara de un reflejo involuntario rotaste el cuerpo mientras te cubrías la espalda con ese cuaderno o libro que llevabas en la mano. Un fogonazo salió de la histérica pistola de aquel joven cargado de rencor e intransigencia. Un ruido sordo, solo uno.

Aquel joven que estaba frente a mí, reflejó en su rostro el impacto de la bala. El joven, impotente, se sujetó al muro de cristal que nos separaba, con las dos manos abiertas, intentando no caer nuevamente al suelo. Aquellos ojos azul alborear me miraban y me gritaban ayuda. Yo no sabía que hacer, intentaba infundirle ánimo. Aquellos ojos se clavaron en los míos, fue un instante o una eternidad de agónica espera, no lo sé, el caso es que por ese azul se le escapaba la vida. Se te escapaba la vida, viejo amigo.

Sí, tú también lo recuerdas, lo veo ahora en tus ojos. Como siempre, tras los primeros momentos de estatismo al evocar ese ayer, me miras con picardía mientras te encoges de hombros. ¡Pero que resalao eres, mecachis!

En ese instante el mundo comenzó a moverse a cámara lenta, al ritmo que perdías la verticalidad. Te sujetabas con tenacidad al cristal del escaparate, intentabas escapar de la muerte, te aferrabas a mi visión, fui por unos instantes una especie de tabla de salvación, separada por un muro infranqueable de cristal.

Lo cierto es que aquella temporada iba muy mona, llevaba un vestido blanco, era la moda Adlive.

Ante ese cuerpo yacente, el tuyo, la batalla callejera paró por completo, el joven engominado amigo de lo ultramontano, comenzó a correr, cruzó la calle y se perdió entre los coches. La calle Mayor se llenó de espanto. Un montón de personas rodearon tú cuerpo tratando de ayudarte, enseguida unos guardias, ya sin las porras ofensoras en sus manos, agarraron tú cuerpo y lo metieron en un furgón policial.

La manifestación se paró por completo. La estupidez y el odio la hizo colapsar, cada uno se fue por su lado. Nadie se atrevió a señalar el punto donde se había realizado el disparo, nadie sabía con certeza quién había disparado el arma, nadie quiso hacer conjeturas. La noche crecía, las luces de los escaparates y farolas de la calle Mayor se encendieron, poco a poco la vida volvió a la calle.

Transcurrieron los días, el calor crecía y la luz inundaba mi escaparate. Recuerdo que en aquellos años 70, Luisito, dirigía Piedad del Saz, Modas de París, la tienda de modas que había heredado de su madre, doña Piedad, que era donde yo estaba perennemente.

Una tarde del fogoso mes de julio, apareció un jovencito torpe y demacrado, con poca vitalidad y sujeto a la vida por dos muletas. Sí, me acuerdo perfectamente, eran tus ojos azul amanecer, era tu mirada abierta y crítica, viva y resuelta con ese punto de picardía. Se marcaba en exceso esa nariz aguileña, el pelo trigueño, fosco era acaso más rebelde que la tarde en la que nos conocimos. Me miraste fijamente, me sonreíste y, como ahora, te encogiste de hombros. Me hiciste ver que estabas ahí gracias a que te aferraste a un algo inerte como yo. La vida tiene sus paradojas, ¿verdad?, eso creo que me decías. Esos tiernos ojos azules me estaban dando las gracias, al menos eso entendí. Por lo que pude creer, algo en mí te hizo girar mientras colocabas el libro o el cuaderno en la espalda para protegerla de algo inminente y fatal.

¡Cuánto tiempo de aquella primera visita!, y que pachucho estabas, querido amigo. Por cómo te vi moverte, me figuré que te habían operado de la espalda, la mala bala debió de tocarte la columna vertebral. Cojeaste muchos años. Lo recuerdo bien. El odio tiene muy mala baba.

Fueron pasando los años, enseguida cambió este país. Se asomaron banderas de libertad y sonó la melodía de la democracia. Cada aniversario, siempre lo celebramos juntos, al caer la tarde. Sí, han sido muchos años… Como se suele decir: mucho nos ha llovido. He conocido a toda tu familia, fuiste tan cortés que me presentaste a tu novia, luego viniste otro año con la que ya era tú mujer y otro año con el cochecito ocupado por una niña. La niña, cuando se hizo mujer también pasó contigo este aniversario y años después con su marido. Año a año iban creciendo las caras que veía frente al escaparate. Todos viéndonos las caras y hablándonos dulcemente con la mirada, el gesto amable y la sonrisas sinceras.

Hace años que te jubilaste, aun así, siempre has venido a verme muy bien vestido. Se nota que tú mujer tiene buen gusto, los polos que has usado siempre son de unos tejidos magníficos, créeme, que de tejido sé un poco. Son muchos años aquí, sujetando modelos cada vez más caros y de peor confección. Pero no se lo digas a nadie. Mira como voy esta temporada. Un top de encaje “made in Taiwan” y unos leggins elásticos bajo un tul sintético: ¡Una birria!

¡Vaya! Ya está otra vez aquí, toqueteando todo lo que hay en el escaparate la hija del nuevo dueño. Al final va a ocurrir algún percance, va a tirar algo. El escaparate es una especie de altar que no se debe de estar manoseando a diario, pero el padre de esta niñata, que es el nieto de doña Piedad del Saz, le deja hacer lo que le da la gana. ¡Es una mal criada!, y torpe, eso es lo que es.

Te noto una mirada muy triste, amigo visitante fiel, me he dado cuenta que, además de acompañarte por el bastón, ya no vas vestido tan pintón, vas descuidado. Sí, se leer lo que ocurre. La pena inunda los surcos de tus arrugas, la barba y el pelo están tan blancos como siempre, pero muy descuidados. Seguro que has tenido un mal año, te has quedado viudo y ya la vida no tiene los matices de otras épocas. ¡Pobre amigo visitante! Siento mucho tu pérdida, pero tienes que reponerte. Lo hiciste una vez, recuerda.

Veo que llevas un libro, como casi siempre, cuando llegas al escaparate vas con un libro en la mano, como aquel famoso día. Me gusta que te diviertas leyendo. El título de este es: El amanecer de todo. He oído decir que es un buen libro, que pone a cada uno en su sitio, en él se muestra que casi nada es como nos lo han contado, que el mundo se divide entre los que están a favor de las teorías de un tal Hobbe y los que siguen las del llamado Rousseau. En una frase, parece ser que se resume toda la existencia humana: Derechos económicos frente a derechos sociales. La eterna martingala en la que se mueve la sociedad.

Y sigue esta jovencita en el escaparate haciendo lo que le viene en gana. ¡Qué pesadez de criatura!

Bueno, amigo visitante fiel. Cuídate mucho…

¡Eh!, que te ha pasado, te estás sujetando nuevamente al cristal del escaparate. ¡Te vas a caer! ¡Cuidado, amigo!

Este hombre está muy mal, posiblemente se ha mareado y ha caído al suelo.

No me mires con esos ojos, amigo fiel, no, todo se va a solucionar. Tranquilo.

Pero… ¿pero, que haces? ¡Me vas a tirar!

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– Papá, si hubieras visto el panorama de hace un rato, te habrías quedado atónito. Lo grabé con la cámara del Android; un viejo caído en la acera, con los ojos abiertos, casi sin vida y dentro la vieja maniquí, que no se sostenía ya, se pegó un talegazo y fue a caer justo donde estaba la cara de aquel viejo. Las dos caras juntas, la del viejo desinflándose y la del maniquí rota en muchos pedazos. Dos juguetes rotos.

– Da igual Piedad, un trasto menos. A primeros de mes la antigua casa de modas de Piedad del Saz, pasará a ser una…

– Una franquicia de comida rápida, una más de las que han montado en la calle Mayor, ideal para el turismo, pero sin personalidad.

– Da igual lo que sea, el caso es que ya está firmado el alquiler por dos años y son doce mil euros al mes.

– Con ese dinero me dan ganas de dejar de estudiar y dedicarme a la vida contemplativa, quizá a montar escaparates, es algo que se me da muy bien.

– Por cierto, del viejo que se desmayó delante del escaparate, ¿se sabe algo?

– Sí, se lo llevaron ya muerto.

– Triste final para un maniquí tan antiguo, romperse al lado de un muerto.

– La vida es así, papá.

– Así es, Piedad, el muerto al hoyo y el vivo…

A sacarle los euros a esa franquicia de comida rápida.

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