Leonadas
| 14/06/26 | opinión

¿Quién no ha pensado alguna vez sobre la infalibilidad papal?

Tras estas largas fechas dedicadas al papeo institucional, he recordado a su antecesor en
el nombre, el prestigiado León XIII, hace 125 años, a este buen hombre, amante de la
justicia, le dio por hacer una encíclica distinta a la famosísima Rerum Novarum, en la
que destacaba, según se ha contado, la justicia social. Esta otra la bautizó con el nombre
de Graves de communi re.

En ella podemos leer unas ideas interesantes Como:

“No hay duda sobre lo que pretende la democracia social y a lo que debe aspirar la
democracia cristiana…” Perfectamente, define los dos tipos de democracia en la que años después, tras la II
Guerra Mundial, se dividió Europa (esa Europa que no estaba alineada, por la fuerza,
con el bloque soviético y esa Europa a la que dejaron, por la fuerza del olvido,
languidecer en las heces fascistas), aquella Europa Central siempre tan generosa, que
solo se miraba el ombligo, mientras las demás personas éramos carnaza de las
dictaduras o los chivos expiatorios en el exilio. Esto ocurrió gracias a la sinrazón
democrática, de la social democracia y de la democracia cristiana.

Los líderes ganadores de la contienda, posiblemente por sugerencia de los EE UU de
América, propusieron desde su ordeno y mando y mostrando sus ayudas vía Plan
Marshall (para la reconstrucción de una parte de Europa), un sistema en el que tuvieran
cabida la democracia cristiana y la social democracia, junto a unos partidillos satélites
que dignificaban el concepto de pluralidad castrada (el comunismo no se toleraba
gracias a los trece mil millones de dólares del año 1947, que puso EE UU, para levantar
esa parte de Europa que le interesaba).

Los nuevos países estaban bien vistos, pero muy ninguneados. Gracias a la diplomacia y el dólar se instauró el sistema del bipartidismo en la Europa Central. Para muchos fue el primer esbozo de lo que años después llegaría
a ser la UE. Es decir, las bases políticas bipartidistas de nuestra Europa, que han ayudado al entendimiento de un mercado europeo, proceden de un criterio católico, de una propuesta vaticana. La dupla mercado-política, ha funcionado.
En aquella encíclica, madre de la actual estructura geopolítica se hacía referencia a: “… la democracia social llega a tal grado su malicia. Que admite fuera de lo natural, busca exclusivamente los bienes corpóreos externos, poniendo la felicidad humana en su adquisición y goce… ”Vamos, que, si no tienes para dar de comer a la prole, ajusta el cinturón y: ora et labora.

Las sentencias de esta carta, si bien habla de la democracia social, la tacha de hedonista, en cambio, la democracia cristiana no es proclive al goce y la felicidad. ¡Caray! Pero sigue diciendo el bueno de León XIII:
“… de aquí el deseo de que la autoridad resida en el pueblo, para que, suprimidas las
clases sociales y nivelados los ciudadanos, se establezca la igualdad de bienes, como
consecuencia; se aboliría el derecho a la propiedad y la fortuna de los particulares, así
cómo los medios de vida pasarían a ser comunes…”

Esta encíclica, más de una década anterior a las revoluciones rusas de febrero y octubre,
sabía muy bien la orientación que estaba tomando el mundo. Conocía de primera mano
quien era el opresor y quien el oprimido. Aun así, opta por ponerse muy cerca del
opresor, mediante el miedo. Así lo manifiesta en ella:

“… la democracia cristiana por el hecho mismo de recibir tal nombre, debe estar
fundamentada en los principios de la fe divina, atendiendo de tal suerte al interés de las
masas que procure perfeccionar saludablemente los ánimos, destinados a bienes
sempiternos. Nada, pues, para ella tan santo como la justicia que manda la observancia
del derecho de propiedad, defiende la diversidad de clases…”

Nada de repartir, dicho de otra forma, lo mismo que el que nace lechón, se muere
cochino, el que nace con unos apellidos de alta prosapia, está destinado a regir un país,
manejar la política, la banca, la judicatura y el ejército. Los que no están encuadrados
en estos parámetros, claro que sí, tienen otros, ya los conocemos, son: agua, ajo y
mucha resina.

Recuerdo que estamos comentando una encíclica que ha sido la base de nuestras
democracias durante ochenta años y nos ha tenido calladitos y expectantes, alejados del
demonio rojo que quería un proyecto humano más igualitario y común. Una diversidad
de clases, pero pequeñita, así se escribió:
“… la propia de toda sociedad bien constituida y quiere que su forma sea la que Dios su
tutor ha establecido.”

Esta extraordinaria encíclica, son unos buenos apuntes de teosociología: obediencia al
empleador, ocupa el puesto que te corresponde en la sociedad, no quieras alcanzar
lugares que no están pensados para ti, ni para los tuyos. Así, de esta forma,
sensatamente buenos y humildes se conseguiría la paz social. Nada de huelgas, nada de
reproches, nada de críticas. Las críticas solo sirven para alterar el orden que emana de
Dios.
El siguiente León, este que ha pasado por estas nuestras tierras durante una ajetreada
semana, ha seguido de alguna forma, 125 años después, contando a los católicos lo
mismo. Los designios divinos son inapelables, prevalecen: si eres mujer o pobre,
confórmate, tú no eres quien para decidir sobre tu futuro. Si, por el contrario, eres
hombre o rico, igualmente confórmate. En ningún caso tienen derecho a decidir sobre su
cuerpo, las personas no tienen derecho a decidir sobre sus emociones, sus necesidades y
el momento de dejar de sufrir, lo que equivale a que existen vías de llegada a Dios por
medio de la esclavitud.

A decir de no pocas personas, es el momento de abrir la jaula de los derechos
democráticos, que no tienen que dejar de ser cristianos, por quienes lo deseen, pero
tampoco la falta de equidad apuntada, es la base de la justicia: así en el cielo como en la
tierra.

Es posible que el revisionismo enciclical (perdón por el palabro), debería llegar al
Vaticano. Es necesario que esa parte tan importante de la estructura de la sociedad no se
ponga siempre de lado, cuando no a favor del capital. La justicia no llega de la mano de
ilustres apellidos, procede del desarrollo de las justicias, también de las justicias
fiscales, que observamos que siguen estando lejos de los estándares racionales con los
que nos debíamos mover.

Los proclives a la democracia cristiana, se rasgan las vestiduras cuando los
socialdemócratas son acusados de corrupción. ¿También pretenden que la corrupción
siga siendo de las clases nobles, la aristocracia, la banca y la judicatura?

No, critiquemos a los corruptos, critiquemos a quienes no aplican bien las leyes, en
favor de sus correligionarios demócratas cristianos, critiquemos la ausencia de estas
leyes, sin crítica crece la impunidad, esa que siempre ha estado del lado de la democracia
cristiana.

Ya es hora de criticar mediante encíclica o en tiktok, aquello que aplasta a la
sociedad y que la subvierte, abriendo las puertas a la tercera vía: la No democracia.

Dejar una respuesta