Un tipo solitario y algo triste con gafas de estudioso, Walter Benjamin, esbozó muy someramente una concepción del capitalismo como religión (aquí con prólogo y notas que superan en extensión el texto sagrado), pero yo no voy a ser tan profundo, aunque sí igual de breve.Adam Smith, padre de la economía liberal clásica, no disimuló que su idea de la Mano Invisible del mercado (esa que hace posible que los ricos en su actividad puramente antisocial de incrementar su riqueza consigan sin embargo y misteriosamente el efecto altruista de mitigar la pobreza de los pobres), era de origen religioso, aunque ya estuviera prácticamente formulada de modo alegórico y apateista en la famosa Fábula de las abejas de Bernard de Mandeville –no es larga, pero tenemos un barroco prefacio de ella en Punto crítico.
Lo que ocurre es que el capitalismo es una religión (específicamente la de la idolatría al dios bíblico Mammón), que no tiene dogmas, como vio muy bien el propio Benjamin, sino tan sólo culto, pero un culto incondicional, permanente y sin interrupciones, sujeto a una entrega absoluta y sin fisuras por parte de sus fieles.
Prueba tú a preguntar a un CEO de una corporación multinacional el porqué de la inmolación de todo su tiempo, toda su vida privada y hasta su alma mortal en nombre del sacrosanto beneficio y no sabrá explicarte el motivo. El capitalismo es una religión que se acata, pero que jamás se convierte en discurso humano o en materia de estudio y seducción hacia otras personas o grupos culturales.
Es un culto, como el Islam, altamente exclusivista que tiene escaso o incluso ningún interés en hacer prosélitos, pues cuantos menos sean los elegidos, mejor para ellos. Mammón, además, es un dios cruel, que exige sacrificios humanos frecuentes y numerosos, por eso su adoración ha de hacerse a escondidas, en templos dorados recamados de zafiros, pues la gente común no debe saber nada concreto de aquello en lo que no puede ni podrá nunca participar.
Las novelas de Ayn Rand, el fenómeno editorial del ascenso a la hegemonía de los EE. UU. fueron eso, novelas, o si acaso películas sobre tales novelas, ya que difícilmente se pueden alegar motivos racionales en defensa del Superhombre economicista. Y cuando alguien especialmente desfachatado lo intenta, como Milton Friedman en la TV USA de los sesenta/setenta, su cinismo únicamente resulta soportable si habla desde la posición del que tiene detrás la economía más fuerte del mundo y, por tanto, no puede temer de ninguna manera que sus palabras produzcan una revuelta en sus propias calles de la noche a la mañana.
En cambio, al comunismo le sucede al revés, es la antítesis del capitalismo como alternativa religiosa y no solo como sistema económico y político. Ya se sabe que, de hecho, el capitalismo es una secularización del cristianismo luterano, mientras que el comunismo lo es de la contrarreforma católica.
Pero es que, aparte de eso, el marxismo es una teología, más que una religión. Es decir, un dogma, antes que un culto. El credo comunista, promovido por un profeta con barba que aboga por los desfavorecidos en aras de un Paraíso que advendrá tras una gran conflagración quiliásmica, debe, puede y es siempre una y otra vez explicado. Si tú no puedes verbalizar a un campesino peruano iletrado la Lucha de Clases, jamás llegará a ser miembro legítimo de Sendero Luminoso.
La sangre vertida para alcanzar el Estado Final y Bienaventurado no se justifica con felices holocaustos brindados a un dios insaciable, sino que es el penoso precio que exige el advenimiento del Absoluto (hay un pasaje de Louis Althusser en que el hombre se lamenta de las horribles tragedias de la historia, que en cuanto que no han servido ni para asfaltar siquiera el camino hacia la salvación, resultan en el saldo final del esfuerzo humano absurdas y baldías…; bien podrían no haber ocurrido, y el resultado sería idéntico).
Al menos, el marxismo tiene la ventaja de permitir pausas, respiros, puesto que la batalla definitiva será siempre mañana, eternamente mañana, como esos avisos de los bares que rezan que hoy no se fía, pero mañana sí. El propio Marx se pasaba en las tabernas hasta el amanecer, planeando entre jarras de cerveza esas devociones futuras que, sin embargo, sus adversarios burgueses llevaban a cabo puntualmente desde que despuntaba el alba.
De ahí que la izquierda siempre convenza, pero en último término la derecha siempre venza. Los hombres las prefieren rubias, de radiantes domingos festivos, pero se casan con las morenas, de pragmática liturgia diaria. Con todo, ponte a comparar las Ondas de Kondrátiev con un asno como Aznar…