El sábado, 14 de marzo, nos dejó el filósofo alemán Jürgen Habermas con 95 años de edad.
Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas era la cabeza visible de la denominada “segunda
generación” de la prestigiosa Escuela de Frankfurt, fundada por Theodor W. Adorno, Max
Horkheimer e inspirada en la distancia por Walter Benjamin. El legado intelectual dejado por
Habermas a las generaciones posteriores es inmenso y enormemente valioso.
SJurgen Habermasu pensamiento, elaborado a través de un largo proceso de sesenta años reflexionando y
escribiendo, se divide en tres fases. Una primera fase, de la década de los 50 a la de los 80, es
una fase marxista en la que Habermas reflexiona sobre lo que podríamos denominar un
“marxismo incierto”. Se trata de un marxismo flexible, no dogmático, que gira alrededor de los
problemas morales y políticos inherentes a su implantación en el mundo social empírico,
gobernado por lo que él mismo llama un “capitalismo tardío” con crecientes problemas de
legitimación.
Una segunda fase, que se extiende hasta los años 2000 y siguientes, registra una creciente
preocupación sociológica por parte de Habermas, que centra su atención decididamente en
los problemas de la democracia que él llama deliberativa. Em esta fase, en la que Habermas se
apoya en la reflexión de Max Weber y Talcott Parsons, define su propio sistema como una
`teoría de la acción comunicativa ́ y sienta las bases para el establecimiento de una verdadera
comunicación democrática. Según Habermas, la condición de posibilidad de una verdadera
comunicación entre los individuos capaz de superar las aporías de las sociedades capitalistas
son la honestidad y el carácter irrestricto de la comunicación.
Y una tercera fase, hasta el final de sus días, refleja una extensa preocupación por parte de
Habermas por problemas de muy diversa índole en los que se echa de ver la impronta de su
pensamiento crítico y ético de la realidad social existente. Problemas como el fascismo, el
totalitarismo, la eutanasia, la clonación, los movimientos de liberación social, la inclusión del
otro, la religión dentro de la esfera institucional, etc., son objetos de reflexión por parte de
Jürgen Habermas.
Su pensamiento ha sido y seguirá siendo en el futuro una gran fuente de inspiración para todas
las generaciones que han tenido la suerte de conocer y compartir su reflexión. Objeto de
grandes adhesiones, pero también de importantes discrepancias (sobre todo por parte de los
miembros de la denominada “tercera generación de la Escuela de Frankfurt” con Axel Honneth

a la cabeza), Jürgen Habermas ha representado la virtud del buen filósofo, que no se esconde
en la retórica de las grandes frases vacías ni se encierra en su torre de marfil, sino que planta
cara a los problemas ofreciendo enfoques y soluciones de enorme utilidad sin descuidar el
flanco propiamente filosófico de la reflexión. Prueba de ello es que durante los últimos años
de su vida estaba enfrascado en la confección de una historia de la filosofía de la que ya nos
había ofrecido los primeros volúmenes.
Su muerte, en fin, viene a recordarnos aquello que afirmaba Sócrates que el propio Habermas
había hecho un lema para su propia vida: una vida sin ética y sin reflexión no vale la pena.

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