Hoy he llegado a la churrería y no había nadie conocido, he decidido sacar el café y los churros a la mesa alta que hay en la puerta, al aire libre, y dejar que el otoño se adentre en mis sentidos.
El pasado 23 de julio, día del libro pandémico, eso quiere decir que, como el 23 de abril, día del libro, la cosa estaba chungareta y el confinamiento era nuestro estado natural de ver y sentir la vida, se transpuso al 23 de julio.
Había quedado con Merche, en la churrería de siempre. Mientras subía la cuesta de López de Hoyos y pensaba lo bien que nos vendría unos patinetes que nos subieran y bajaran la cuesta, por cortesía de la Junta Municipal, porque la cuesta dichosa divide el barrio, no lo neguemos.
Nos dicen los sabios que no estamos haciendo las cosas bien, que no hacemos la cuarentena debidamente, que somos díscolos y anárquicos, inconsecuentes y catastróficos, patéticos e impredecibles.