La niña de Graena/tiene una pena/La niña de Graena/lo está penando

La niña sufre condena/por un amor edulcorado.

La pena mira al espejo/ como la luna mira a la mar/ que refleja su fulgor/ en toda su
intensidad.

La pena quiebra el espejo/ de aquella que más nos duele, /es la amargura que muestra/ la
ausencia de los quereres.

La pena que le hace fuerte, / la pena que le atraganta, / la pena busca su suerte / y su
fuego quema que quema el alma.

La pena viste sencilla /sin algodón de colores, /es de oscura muselina /con mil cardos
trepadores.

La pena huele a serpiente, /un olor rancio de muerte, /un hedor dulzón yacente/ que va
enroscado a su suerte.

La pena teme al olvido, / lucha por ser recordada /la siente muy contundente /al llegar la
madrugada.

 

La pena en Graena grita,

el lamento de la niña se desata,

La pena, tirita y tirita,

el lamento anuda su garganta:

—              ¡Federico! ¡Federico! – lo llama la pena, mientras la niña cantaba:

Federico, ¿dónde estás?, no oigo tu alma –dijo la voz popular a la copla.

Nadie contesta. La niña llama, pero no está sola…

—              ¿Dónde está Federico? —se preguntó triste el alba, mientras el piano no dejaba de soñar.

—              ¡Federico! —grita el viento a la aurora, ya sin aliento rojo amapola.

—              ¡Federico!, ¿te has ido vistiendo la madrugada? —dijo la luna descabalgada.

—              ¡Federico! —le llama el sarmiento que ve como tirita su alcoba.

—              ¡Federico! —tañe rota en la venta una guitarra.

—              ¡Federico! —alerta la alondra cantora.

—              ¡Silencio! —dijo la certera bala.

—              ¡Federico! —dice Granada mientras la Alhambra llora.

—              ¡Federico! —llora el Albaicín con las lágrimas de la Alhambra.

—              ¡Federico! —se lamenta la Granada cantora.

—              ¡Federico! —suena el eco por toda la Alpujarra.

—              ¡Federico! —el verde aceituna se agosta.

—              ¡Federico! —A las cinco de la tarde el sol se desangra.

—              ¡Federico!, la poesía se queda sola.

Dijo la uva a la parra, dijo el odio a la palabra, mientras las cunetas sangraban.

La niña de Graena sigue llamando, la niña de Graena no está soñando.

Dejar una respuesta