El próximo 18 de agosto, se cumple el noventa aniversario del asesinato de un poeta de la generación del 27, llamado Federico del Sagrado Corazón de Jesús. Vivió un tiempo en Madrid, en Chamartín.
Parece que se lo hubiera tragado la tierra. Hace ya 90 años y su cuerpo no se encuentra. Parece como si se lo hubiera tragado el olvido social, parece que una conjura de cunetas hubiera querido esconderlo.
Tras 90 años de su desaparición parece seguir vivo… en el recuerdo.
Llegó agosto y pocos recuerdan que el poeta, vivió en este distrito, en la Residencia de Estudiantes, pero su paso no parece que dejase huella entre los vecinos:
Federico, escritor.
Federico, músico.
Federico, poeta.
Federico, Nueva York, futurista.
Federico, gitano.
Federico, marica.
Federico, verde.
Federico, humano.
Federico, teatro… barraca, torero, autor, director.
Federico, Madrid, surrealismo.
Federico, Granada.
Federico, ¿Víznar, Alfacar o tal vez no?
Federico, mártir de las letras… Bodas de sangre. Yerma…
Todo eso y más, mucho más, fue Federico y nadie recuerda nada sobre la cuneta donde yace. Solo vive en alguno de sus poemas.
Federico estuvo presente en aquel abrazo de los generales. Eisenhower le preguntó al innombrable por las causas del fusilamiento del poeta y el innombrable no supo qué contestar. Pero ahora, cercanos a las fiestas del distrito, alguien debería alzar la voz por aquel que vivió en este distrito y alzó la voz de la cultura, desde muchas direcciones: Los cuatro muleros, Café de Chinitas, Romance de don Boiso, Zorongo, Los Pelegrinitos, Los Cuatro muleros y, cómo no, ¡Anda jaleo!, Yo me subí a un pino verde por ver si lo divisaba, Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas, el barco sobre la mar y el caballo en la montaña.
Veinticuatro bofetadas, veinticinco bofetadas, después mi madre a la noche, me pondrá en papel de plata…
Pero eso no pasó nunca, porque nunca se supo de su paradero.
El tiempo todo lo olvida, hasta la voz del poeta del que no hay registro alguno. Nada queda de su teatro, salvo La Bernarda, nada de sus dibujos, nada de nada.
Federico es tan grande que no sé cómo comenzar a hablar de él, puede que recordando cómo solía comenzar sus charlas y perderme en sus criterios:
… No quiero definir, sino subrayar, no quiero dibujar, sino sugerir. Animar en su exacto sentido. Poner un reflejo de nube alargada. Bajar a la ribera de los juncos, por debajo de los tejos amarillos… Desde ahí contemplar la verde luna y sus augurios, el sonido del viento sobre mi sombra esquiva, el horizonte de llanto, llanto verde con reflejos de olvido claro.
Las montañas del ayer surcadas por abiertos caminos y en el fondo; la cultura, que espera como madre desconcertada una caricia antes de ser enterrada en la fosa del olvido.
El teatro ya no tiene discípulos, la poesía no tiene adeptos, la música de la tierra no tiene perspectiva ni futuro. Nada queda entre tanto que hay por hacer. Solo fragmentos llegan, fragmentos de una pasada realidad que nada tiene que ver con el hoy ni el mañana.
La inspiración del poeta de nada sirve en estos arroyos, están secos, sin imaginación, sin conciencia tal vez de pasado y presente.
No debo seguir, esto es solo un decir para que, a modo de recuerdo, mantengamos viva una llama que otros nos quisieron quitar. La llama del que supo decir, hacer y convencer.
Solo hay algo que rememora tu esencia. La intransigente ley. Ayer fue el fusil vestido de loco amante asesino, hoy es una ley que transita cruda y ofensiva por los resquicios de la pureza de tus frases, tus notas, tus versos y tus dramas.
Volvemos la cara a la verdad del que dice, censuramos la cultura enjaulada en la locura y le seguiremos buscando:
Federico, poeta.
Federico, dibujante.
Federico, saeta.
Federico, amante.
Federico, músico.
Federico, autor.
Federico, místico.
Federico, fulgor.
Federico, risa.
Federico, crece… crece.
Federico, vida.
Federico, verde.
TELÓN