Todos sabemos que la temporada de verbenas en Madrid comienza con San Antonio
de la Florida en junio y termina con La Paloma en agosto. Pero hay más verbenas en
estos Madriles, me refiero a las que la sanidad pública monta cada año al llegar la
canícula a los hospitales.

Como viene siendo usual, cada año, los trabajadores de urgencias y pacientes claman y
reclaman un poco de coherencia y capacidad para gestionar.

Las estadísticas indican que un amplísimo porcentaje de españoles no veranean más de
una semana, los afortunados, pocos, llegan a dos semanas y ya, ni siquiera las
estadísticas hablan de aquellos que, sin tener pueblo donde albergarse, pueden pasar los
treinta días veraneando.

Eso hace pensar a muchos que la gente sigue viviendo y utilizando las ciudades, por
tanto, sigue enfermando en las ciudades y teniendo que acudir de urgencia a los
hospitales.

Al ser las urgencias, al igual que la atención primaria, las puertas de entrada al sistema
público de salud, estas permanecen abiertas. Lo que se cierran son las camas de las
distintas plantas. ¿Qué ocurre? Muy sencillo, los pacientes esperan y esperan y esperan
a ser trasladados a planta, pero es algo que nunca llega, suelen obtener el alta días antes
de conseguir llegar a nefrología, cardiología o neurología. Una vez con el alta en la
mano tienes que esperar a que te citen para que siga el estudio de la mano de otro
especialista distinto al que te ha valorado en urgencias. Algo así como si el triaje hubiera estado mal hecho. El tema es complicado, pero no parece que, una vez iniciado el estudio con un especialista se pueda cambiar de rumbo.

Entra un paciente con su mal, solo llegar se le hace una valoración y pasa a un Box, allí
un médico comienza a estudiar las patologías, le desnudan, le dan un camisón. Como
siempre sin las cintas para atarlo a la espalda, y lo acuestan. A partir de entonces un
montón de preguntas y un montonazo de pruebas diagnósticas. Supongamos que el
paciente entra a las 9h de la mañana; bueno, pues a las 12,30h, tiene en su haber un
carpetón de dos palmos de imágenes, analíticas, test…

Es una experiencia extraordinaria esa de visitar el hospital en una camilla de un lado a
otro sin parar un solo minuto. Lo aconsejo.

Luego viene la calma. Llega la hora de comer y nadie se ha acordado de ese usuario o
usuaria. Llega la hora de beber y nadie se ha apiadado de él o de ella y no le ofrecen un
triste vaso de agua, a pesar de tener una vía intravenosa puesta desde el primer instante,
no hay orden de enchufar un suero, algo de líquido, que estamos en verano…

Pasan las horas, de vez en cuando vienen especialistas y comienzan una y otra vez a
preguntar lo mismo que se le preguntó a la llegada a Urgencias. Estudiantes vestidos de
blanco, estudiantes vestidos de azul van y vienen y siguen preguntando lo mismo,
haciendo las mismas preguntas y los mismos test que en un primer momento.

Es un hospital universitario, los futuros especialistas tienen que aprender, es lógico. Mientras
tanto pasan las horas, no hay merienda, tampoco cena, no hay comida ni bebida,
tampoco nadie manda enchufar un suero a una vía seca, que lleva doce horas preparada
al efecto. Se pide líquido, se pide alimento, nadie responde con capacidad de valoración.
Hay una máxima: esperar a lo que cuenten los especialistas

¿Cuándo? Cuando puedan, son muchos los pacientes.

A las once de la noche comienzan a dar altas, todos contentos: ¡Nos echan a casa!
Los que se quedan pendientes de diagnosticar no tienen derecho a alimento, líquido ni a
respuesta alguna. Se mantiene el estado de silencio. Nadie debe saber lo que ocurre.
Nadie informa.

Entra un paciente sudoroso, los miembros del SAMUR se acercan a un médico y le
cuentan por lo bajini: Infección vírica inespecífica. Comienzan a repartir a toda prisa
mascarillas. Las mascarillas higiénicas, de esas que evitan que las miasmas propias
pasen al resto de personas, pero que no impiden que las del resto lleguen al paciente.
Las mascarillas de nivel 2, conocidas como FFP2 (Filtering Face Piece o Pieza Filtrante
Facial de nivel 2) no existían. Todos en urgencias con mascarillas, todos menos el
paciente que supuestamente tenía el virus inespecífico.

Los pacientes albergados en urgencias protestan, al final, como premio de consolación
les dicen que se trata de una meningitis. La gente se aplaca, pero el paciente no tiene
pinta alguna de tener meningitis, la tensión del cuello no existe, no se escuchan náuseas
ni vómitos, está bajo una luz y no parece molestarle.

Los pacientes y familiares necesitan una información, saber qué hacer, irse o quedarse
para llevarse a su familiar, pero nada se sabe, todo sigue pendiente de los informes de
los especialistas. Algunos siguen en urgencias esperando a que quede una cama libre en
planta, para proceder a su traslado. Es la única forma de tener un aseo, es el medio para
saber que existe y tener derecho a desayunar, a beber o a que le pongan un simple suero
en la vía que se le ha colocado más de doce horas antes.

Los pacientes piden sus fármacos, se les dice que están solicitados a la farmacia del
hospital, pero no llegan o llegan con unas pautas contrarias. Más crispación de pacientes
y familiares.

Rayando la medianoche, a algunos pacientes les informan de lo que les van a realizar a
la mañana siguiente y que deben quedarse allí. No en planta, en las urgencias
abarrotadas. Recordemos que se cierran habitaciones en verano más que en invierno,
con el fin de crear relaciones humanas entre pacientes —dice una voz pizpireta, mientras
el que puede, sonríe.

La noche en urgencias transcurre lenta, agitada, incómodamente iluminada, con muchos
sonidos que te llevan a sentir que estás viviendo en un submarino. A media guardia se
reúnen todos los trabajadores y, salvo el médico encargado de vigilar los monitores,
comienza el desmadre verbenero con charlas, gritos, cantos y aleluyas, a las 5:30 de la
madrugada para el tiovivo y cada trabajadora y trabajador vuelve a sus quehaceres.

Son los únicos momentos de risas en todo el día. Risas extemporáneas por las horas,
pero los pacientes perciben que hay otra vida sin lamentos.
Las urgencias, desde el mediodía, están colapsadas; se habilitan camillas entre las camas.
Los pacientes están tan ajustados que algunos hablan de cama redonda. Es cierto, de
pronto están con los ojos cerrados y sienten una mano sobre la cara procedente del muy
paciente usuario de urgencias más cercano, una mirada de disculpa, un esbozo de
sonrisa y a esperar el siguiente movimiento.

Al amanecer comienzan a funcionar los profesionales más activamente: extracción de
sangre, cambio de suero, el que lo tenga. Se pregunta y se repregunta. Nadie contesta, todo, todos están a la espera de que lleguen las valoraciones. Alguno opina, si es que las echan dentro de una botella al mar, por lo que
tardan.

Nace el día, los alimentos no aparecen, las bebidas tampoco, los sueros no llegan nunca.
Aquello se llama tortura. No se puede tener a nadie, paciente o sano, en verano sin una
correcta hidratación.

Se pregunta y se repregunta: ¿para cuándo está prevista mi prueba, cuándo me subirán a
planta…? Nadie responde. Parece un concurso de autismo sanitario.

Tras pasar un nuevo día sin recibir ningún tipo de atención y sin explicaciones, llega la
noche. Los familiares nutren a los pacientes y les dan de beber. Una nueva noche a la
espera, todo está igual; a la santísima espera de informar.

Al fin en la mañana del tercer día, aparece un séquito de médicos y estudiantes, tras las
presentaciones comienzan a hacer las mismas preguntas de siempre. Una vez que
acaban las repreguntas que desde el principio deberían formar parte de la historia clínica
proponen al paciente de turno que se marche a casa, pero ahí no termina nada, a modo
de nominación, le han solicitado cita para otra especialidad: Nadie sabe nada de los
procesos que llevaron a este cambio de proceder.

Los más aviesos suponen que al fin, las pruebas las ha revisado el especialista y les ha quitado la opinión a los médicos. Internos residentes, se desconoce si en beneficio del paciente, de la economía o del
medio ambiente.

El maltrecho paciente acaba de ser admitido momento antes en el exquisito club de
portadores de gotero con derecho a suero. Su gozo en un pozo, se lo van a quitar, pero
se escucha una voz: ¡No!, un momento, tiene otra prueba en diez minutos, bajadle a la
unidad de Imagen.

Vuelta a transitar en los momentos finales, a toda pastilla por el circuito de pruebas de
Madring, el nuevo circuito de Fórmula I de la capital que fracasará como todos los
circuitos urbanos que se han puesto en marcha hasta el momento, salvo el de Mónaco.

En poco tiempo y con muchos tropiezos, llegan los encargados del transporte con el
paciente atemorizado por la velocidad. Le meten en el supositorio hueco de la
resonancia, ya sin goteo y una hora después le reintegran a su ubicación en urgencias.
Un nuevo MIR, le da las instrucciones pertinentes y con una afectuosa y sincera sonrisa
le mandan a la calle sin haber conseguido su propósito: saber qué demonios tenía de
malo su salud.

La noria de urgencias continúa admitiendo pacientes, el pim, pam, pum de los
especialistas sigue en sus casetas, lejos del mundanal. La tómbola sigue dando la suerte,
pero a nadie le toca el perrito piloto, ni la comida, ni el suero.

¿Alguien piensa que el próximo agosto no ocurrirá lo mismo?

¿Ciertamente la gestión de la salud debe estar en manos de quienes está?

A disfrutar mucho de la última de las verbenas de los barrios, la de La Paloma, ya que
nos tememos que la de la sanidad la vamos a tener muchos más meses.

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