El mundo de la felicidad teledirigida es, al mismo tiempo, el mundo autoritario del control omnisciente (…) y las causas políticas, sociales y económicas se convierten en fenómenos naturales, sucesos que debemos admitir como si de meteoros se tratara o se tratase.
Entretenernos a nosotros mismos hasta morir, Neil Postman, 1985.
Dejé a mi familia junto al televisor…
El rompeolas, Sabino Méndez
Ayer estuve en casa de mi padre y vi un rato la televisión mientras cortaba verduras. El canal por el que navegábamos no era veneciano ni holandés, por desgracia, sino Telemadrid. Por supuesto, los devastadores incendios de cada verano, que como nadie hace por prevenirlos en invierno bastaría con cambiar cada año el nombre de las poblaciones afectadas para repetir exactamente la misma programación, palabra por palabra.La televisión es como una vieja asustadiza que se repite constantemente, de esas que preguntan -a la gente por la calle, en este caso- tan solo para oír la respuesta que ya daba vueltas en su cabeza, que da los mismos consejos de cautela y prudencia cada día a fin de que vivamos todos temblando y escondidos en nuestra ratonera, y que parte de la premisa de que hay mucha gente mala en el mundo, pero siempre abajo y nunca arriba.
La televisión, de hecho, se cree el Aleph de Borges, pero solo es un espantapájaros mediático colocado ahí y protegido por las autoridades. Cualquier programa televisivo de la tarde refleja una estratificación social clara al estilo de Los Santos Inocentes, pero como si estos hubieran accedido al voto: pueblo llano, por un lado, que reclama cosas –“¡no hay derecho!”-, aunque sean de poca monta, televisión que eleva esa instancia a la clase gobernante, y en último término, señores o señorito Iván que conceden o no conceden, pero en todo caso escuchan atentamente –“sí, sí, amable anciano, esa bestia salvaje debería estar bien atada conforme a la ley de los dóberman colmilludos y por el bien de las mascotas decentes”.
Lo curioso es que la televisión lleva siendo esa gallina clueca desde su mismo origen, es decir, que no es que haya envejecido, sino que nació siendo vieja, y vieja de las de antes de que esta observación mía pudiera ser calificada de sexista: vieja de bata, puchero y visillo por el que otear la calle a escondidas.
Sin embargo, no se debe ser frívolo con la función social desempeñada por la televisión. La televisión es el hogar y el refugio de cientos de millones de personas tan personas como usted o como yo, la televisión es la Verdad, el Camino y la Vida, la televisión es para la mayoría de la humanidad la Santa Iglesia Catódica.
No es cierto que haya un antes y un después de la covid, pero sí lo es que hay un antes y un después de la aparición de la televisión en los primeros años cincuenta. Desde entonces, es inevitable la evolución de la anatomía humana hacia la cara cuadrada.
Entre la televisión, los móviles, las vallas publicitarias y las pantallas de los PC se nos va a poner rectangular el óvalo facial, rectangulares los ojillos, y rectangular la boca de decir “¡oh!”, frente al penúltimo video de Kim Kardashian enseñando muslo.
El sociólogo Bordieu dejó escrito hace más de veinte años que la televisión consiste en una suerte de “flujo continuo” que creaba el mismo género de noticias que fingía denunciar, pero se quedaba muy corto.
No habría atentados terroristas sin televisión, no habría matanzas a tiros en EEUU sin televisión, no habría nuevos talentos de la cocina o de la canción sin televisión, no habría eticidad cool y moderna sin televisión (esa que viene de EE. UU. y que consiste en ser un poco locuelo, un poco egoísta y un poco tonto, pero todo con muy buen fondo…), no habría, sin duda, patria alguna sin la televisión, y lo que es más hiriente: para muchos ni siguiera habría infancia sin la televisión, porque la infancia es ahora los anuncios, marcas, alimentos y programas que consumiste de niño.
Los prejuicios que la televisión remacha en nuestras cabezas son eternamente los mismos, la publicidad con que nos abofetea la dignidad no ha cambiado nada, los concursos dan la misma vergüenza ajena desde Quiz Show hasta hoy, las entrevistas son igual de incisivas que en tiempos de José María Íñigo, es decir, nada de nada, etc.
Pasarán cien años más y no existirá ningún programa que explique a la gente -y de paso a mí- cómo funciona de verdad un banco, qué es una Esfera de Dyson, dónde se encuentra Myanmar o quién está detrás y financiando las propias televisiones privadas.
La televisión, como concepto, fue la gran oportunidad perdida de la humanidad, al tiempo que nuestro exacto reflejo y correlato moral, como va camino de serlo también Internet, la red de redes. Todos lo sabemos, aún inconscientemente, y por eso nos estamos tirando de cabeza a las plataformas de pago post-televisivas, en las que, me temo, tampoco cabe alentar ninguna esperanza.
La Santa Iglesia Catódica está acabada, como la otra, aunque siga teniendo fieles, como la otra. Ambas retienen a su clientela a base de miedo, no ya a base de ilusión, y ambas creen mucho más en las desdichas sin fin del Reino de este Mundo que en las promesas de un futuro mejor.
No habrá jamás un mundo mejor con miles de millones de individuos atornillados a su sofá viendo series completamente olvidables, viendo las termitas carcomer Informe semanal, viendo esa escuela de estupidez y sumisión a la moda que es First Dates o viendo a Berto Romero haciendo bromas descreídas en las que los ciudadanos de las democracias llamadas avanzadas echan eructos y son estafados por su taller mecánico.
Hay un viejo episodio de Los Simpson -eso sí que fue, por cierto, una revolución salvaje en la televisión, la única que yo recuerdo junto con Chiquito de la Calzada y el Salvados de Évole, pero a escala global- en que Marge consigue que deje de emitirse Rasca y Pica, por considerarlo ultraviolento y tal, y la secuencia siguiente consistía en todos los niños saliendo de sus casas para invadir el parque con la música de fondo del Amanecer del Peer Gynt de Grieg, si no recuerdo mal.
Era un momento apoteósico, en el que la serie de Matt Groening se refutaba a sí misma, como si dijese “apaguen su aparato de tontavisión de una maldita vez y salgan a la calle a ver qué se cuece en el mundo”…
Lo que ocurre es que mientras que en las grandes ciudades de Europa una calle es a menudo una verdadera galería de arte al aire libre en la que apenas nos fijamos, y en el hemisferio sur una calle sí que es la sala de estar y de buscarse la vida de la gente, en EE. UU. o Qatar no hay calles, porque muchas de ellas ni siquiera tienen aceras.
Las calles, allí, no son calles, son rutas de comunicación de mercancías, sistema circulatorio del Capital. Por eso aquel episodio de Los Simpson acababa con el reestablecimiento en el programa de Krusty el Payaso de Rasca y Pica, y fin de la utopía.
Pero hay que reconocer que era un buen comienzo. ¿Qué haríamos si un buen día se muriesen de repente todas las pantallas, pero sin que dejara de funcionar la red eléctrica, ni Internet, ni el agua corriente o el gas? Alguien más hábil aún que la factoría Groening podría escribir una novela partiendo de esa hipótesis, y titularla, al revés que José Saramago, Ensayo sobre la videncia…