Querámoslo o no, continuamos viviendo en un sistema patriarcal. Son excepciones aún las mujeres que están en la cúspide de la ciencia, economía, la política o las instituciones en general.
A
sí a pesar de los logros derivados de la lucha de las sufragistas a partir del siglo XIX tanto en los Estados Unidos americanos como en algunos países europeos, las mujeres nos hallamos en un estado de sumisión y desigualdad al total masculino. A ello se une el hecho de que la vejez es una etapa de la vida de las personas desatendida, ignorada: “Bueno ya llegará”, suele decirse, y por ello incomprendida, no tenida en cuenta por las
precedentes y, por tanto, desconocida, pero además menospreciados sus componentes, cuando no rechazados, o, como mucho, tratados desde la superioridad de los no viejos, es decir a través del edadismo que arroja ideas de rechazo y desagrado, basados en las creencias estereotipadas de minusvalía, incapacidad, dependencia, e incluso fealdad y enfermedad de los-las individuas que pertenecemos a estas capas de población.
Y esta realidad, trasmitida a través de los tiempos, la tienen asumida como tal, tanto más las viejas que los viejos y contribuyen a reproducirlas consigo mismas, mismos y con sus congéneres, perpetuando así todo el problema.
Además, se considera a viejas y viejos como si todos ellos conformasen un mismo bloque homogéneo, negando las características individuales de cada cual, utilizando un criterio de uniformidad inapelable, permanente y estigmatizado. Lo dicho, permea todas las instancias sociales, desde la familia a todas las facetas de la vida en común, instituciones y organismos públicos y privados.
En reuniones de conversación amistosa, donde solo se encuentra una anciana, sus opiniones o intervenciones, quedan solapadas por todas las demás, a no ser que alguien vea su intención de hacerse oír y se convierta en su portavoz trasmitiendo su intervención.
Las muestras de paternalismo o superioridad también se perciben a través de cómo nuestros nombres se traducen al diminutivo, como si fueran muestras de cariño infantilizándonos es decir remitiéndonos a la categoría de niñas y a la etapa infantil, donde los más jóvenes tienen la palabra y determinan los hechos.
En caso de que en una conversación perdamos alguna frase y pidamos su repetición, se nos suele contestar alzando mucho la voz, como si por el hecho de ser viejas seamos necesariamente sordas también
Suele tratársenos frecuentemente sin serlo como “abuelas o abuelitas”, como si por la edad tuviéramos la obligación de cuidar de los niños, nos agraden o no: “el canguro sin sueldo”, que suele decirse.
En una consulta médica, de las más habituales en la sanidad pública al menos, es decir rápida y poco atenta por parte del profesional es muy frecuente que lo que trasmitimos como dolencias se atribuyan a “nuestra larga edad” y si acudimos acompañadas de alguien más joven, se establece con él la conversación que debiera dirigirse a nosotras, así como las recomendaciones a seguir si se contemplan.
Si en un comercio hay una fila más o menos larga para pagar en la caja y no atinamos enseguida a dar nuestro dinero o la tarjeta de pago, se nos advierte sin miramientos que dejemos pasar a quien va detrás de nosotras y que se nos atenderá después.
En fin, no comentemos ya la exclusión habitual de cometidos o tareas que entrañan cierta responsabilidad, aunque ya las hayamos realizado antes, que por lo común se encargarán a personas más
jóvenes por razones de edad, aunque estas carezcan de
conocimientos que las avale.
¿Pero cómo combatir semejantes iniquidades?
Quizá deberemos comenzar como siempre, por la autocrítica personal, reconociendo y combatiendo nuestro propio edadismo y el que se da entre nuestras personas propias y desde estos inicios pasar a lo colectivo, aprovechando todos los lugares momentos y oportunidades desde donde podamos hacernos oír para divulgar
nuestro mensaje, y hacer que prospere lo antes posible
Carmen Sáez Buenaventura es psiquiatra