Hay humanos que no saben transitar por este mundo sin la compañía de un disfraz, es algo que llevan implícito en su genética. Pienso que nacen con esa característica. Los más acomodaticios se suelen disfrazar de animales de compañía, suelen decir que sí a todo y lamer la mano de quien les da de comer, solo tienen una obligación en la vida, decir que sí a quien han optado por obedecer. Otros, desde muy jóvenes comienzan a disfrazar sus valores para cubrir las necesidades que su naturaleza les exige: fingir, ostentar… Crear mundos paralelos en los que se saben desenvolver a la perfección con su disfraz.

Es el caso de Lalo, desde pequeño tuvo a su padre en un podio, ese padre sabía hacer y decir todo con tal vehemencia y sabiduría que, lo único que supo hacer él fue guardar en algún rincón neuronal de la gaveta dedicada a la personalidad, la enorme envidia de querer ser como su padre.

Lalo no convencía a la gente, no tenía ese don, Lalo no sabía enamorar con sus palabras a cualquiera y venderle el alma del mismo Fausto, su padre, en cambio, sabía de una forma innata, convencer al mundo con sus propuestas y opiniones. Por eso su padre era un gran vendedor y Lalo, a pesar de parecerse en su fisionomía y voz, no había nacido para comerciante.

Decidió buscar un espacio en la vida donde no tuviera que mostrar su poco talento de seducción. Se hizo marino mercante y consiguió, además, el sentirse admirado. Cuando iba por la calle con su traje azul marino, sus galones dorados y su gorra de plato, todas las mujeres le admiraban y los hombres le miraban. Él, ufano, sabía moverse con el uniforme, le daba prestancia y se sabía interesante.

Cuando desembarcaba, sabía mirar y admirar a las mujeres, aunque no supiera decirles una frase bonita y zalamera. Su capacidad de flirteo empezaba en el porte y terminaba en la mirada. Cuando pisaba puertos extranjeros se venía arriba: una mirada, un gesto, un número de teléfono y dos palabras, a lo sumo tres: ¡Ciao amore, mío!

Tenía cierto éxito, el problema llegó un día cuando la chica se enamoró de él y Lalo se enamoró de la chica, se llamaba Isabella, la conoció en una pizzería de un Quartieri Spagnoli, de Nápoles. Isabella, le mostró el centro Storico con muchas iglesias, la calle Spaccanapolii , San Gregorio Armeno. El popular y populoso barrio de Sanitá, el de Forcella, donde se besaron por primera vez, a pesar de no entenderse.

Isabella le prometió aprender el español y que en tres meses iría a Madrid, con su madre, Lalo creció por dentro y se convirtió en un gigante. Sin enterarse del proceso, él se había enamorado profundamente de ella, pero Isabella, le pedía que la conquistase con palabras bonitas, susurros tiernos al oído, cuando paseaban por la zona de Vomero y le mostraba las preciosas vistas de la ciudad. Le pidió que le escribiera cartas de amor…

Era su última tarde en Nápoles, Lalo embarcaba a las ocho de la noche del siguiente día, el mercante ponía rumbo a España, cargaban el barco en Algeciras y ponían rumbo a Liverpool. Luego regresaba a España y… Puertos de toda Europa le esperaban. Aún no sabía la fecha que podría coincidir con ella en Madrid. Le escribiría cartas, tiernas epístolas de amor que, sabría, la iban a mantener enamorada.

Las primeras horas de la noche las pasó rellenando hojas de papel, escribiendo sus deseos de volver a abrazarla, de lo candentes que eran sus gordos labios…Pero no, eso no era lo que él quería decir a Isabella.

Al fin encontró la solución:

– ¡Buenas noches, papá! ¿Cómo estás?

– Bien Lalo, aquí, en Castropol, se vive bien. Tranquilo, aunque echando de menos a tu madre. ¿Qué es de tu vida? ¿Quieres algo?

– Mira, he pensado que necesitaría que me enseñases a decir palabras bonitas a una mujer. Me he enamorado.

– Eso es fácil, sale solo…

Lalo había vuelto a abrir la frágil puerta de la suplantación epistolar para sentirse seguro y seducir a una mujer.

El padre le preguntó el nombre de la joven, su altura, el color del pelo y los ojos, cómo era su mirada, su sonrisa, sus dientes y…

– ¡Papá! no sigas. No me he fijado en todas esas cosas, no sé si anda con pasos cortos o largos…

– Entonces, ¿de qué o de quién te enamoraste?

– De una “neña”, preciosa que ríe.

– ¿Neña o muyer?

– Qué más dará… Ye una rapaza guapa.

– Con tanta imprecisión, no sé qué decirte, algo así como: Tú risa está más viva que los vientos del noroeste. Tu sonrisa es alegre como el despertar de la primavera. Contigo gozo como cuando la brisa en Ribadesella trae a la costa esa suave humedad que nos hace felices a todos… ¿Eso es lo que quieres escribir?

– ¡Papá, si fueras menos preciso, estaría bien! Tendría que explicarle primero que es Ribadesella y donde está. ¿Comprendes?

– Pues cambia de lugar, no digas Ribadesella, allí está Capri, Ischia…

– Buena idea. ¿Y si no hay brisa en Capri?

– ¡Pues la pintas! Piensa un poco Lalo, cómo no va a haber brisa en una isla.

– ¿Y qué más?

– No se me ocurre nada. Me das pocas pistas sobre Isabella… ¡Bella, sempre bella Isabella! ¡Sempre un bel sonriso, sguardo! Tu hai degli occhio bellissimi.

– Eso está bien. Tomo nota y me lo aprendo…. Ya lo tengo. ¡Gracias, papá!

Al día siguiente, los enamorados desayunaron juntos, Lucho la miraba a los labios y la decía: Tu hai degli occhio bellísimi, cuando la miraba a los ojos le hacía saber con falsa ternura que su “bel sonriso era bellisimi”

Isabella reía y él pensaba que había conseguido ser: un píccolo don Juan, ese que siempre quiso ser, el hombre que dominaba los sentimientos con la palabra.

Pasaron un día divertido, hasta que al caer la tarde tuvo que despedirse. Lo agradecieron, ella por escuchar tantas veces los mismos requiebros mal dichos y él por repetir las mismas frases de las que desconocía su significado exacto. Todos los días llamaba a Isabella desde el barco, se hablaban y no se entendían, pero reían. Ella aprendió algo de español y logró transmitirle a Lalo que en dos meses estarían en Madrid, su mama y ella.

Las fechas coincidían, él llegaría al puerto de Barcelona al día siguiente de que su madre y ella llegaran a Madrid. Tendría tres días para estar con Isabella y la mama…

No podía ser, tenía que buscar a alguien que hiciera caso a la madre de Isabella. Preguntó a Alfredo, se conocían desde guajes, él vivía en Villa Nueva de Oscos, cerca de Castropol, Alfredo aceptó la invitación, al fin y al cabo, Barcelona y Madrid eran dos ciudades demasiado grandes en las que se sentía incómodo, Lalo pagaría el vuelo a Madrid y la estancia, el capitán les había pasado un teléfono de una pensión muy apañada de precio y saludable, que tenía su prima Sara en la calle Fuencarral, cerca de la glorieta de Bilbao, el único problema que tenía la pensión es que estaba en un quinto piso sin ascensor.

Llegó el día de desembarcar, Isabella y Giulia, la mama, estaban hospedadas cerca de la calle Fuencarral, su hotel estaba en Sta Engracias, cerca de la plaza de Alonso Martínez. Los dos amigos tomaron el ultimo avión a Madrid, el que llamaban “el golfo”, era el más económico. Llegaron a la capital más tarde de la una de la madrugada. A la mañana siguiente se verían los cuatro, desayunarían en el hotel con las dos damas.

A las nueve en punto estaban en el hotel, Lalo pidió hablar con Isabella, fue solo para hacerla saber que ya estaban allí… Al instante bajó Isabella, eternamente activa y sonriente, Alfredo quedó impresionado por los ojos tan vivos de la joven. Tras los arrumacos de la pareja llegó la presentación de Alfredo, enseguida llegó la mama, sonrisa franca, ojos almendrados, morena con un mechón de canas central, que le daba una elegancia extrema. Alfredo vio en aquella señora el porte y distinción de una emperatriz. Vestía muy bien, la ropa que llevaba era cara, el perfume lanzaba un aroma especialmente intenso y sensual. Toda doña Giulia era tremendamente sensual, sus labios eran carnosos y voluptuosos, hasta decir ¡basta ya!

Pasaron al bufete a desayunar, Alfredo, siempre atento, le sirvió a Giulia, todo aquello que le apetecía. Se armó de valor y comenzó a hablar las cuatro palabras que sabía en italiano, el resto lo decían sus manos, sus ojos, la galante sonrisa y sus susurros…

Tras el desayuno pensaron acercarse al Retiro, allí montaron en barca, mientras Lalo remaba y mostraba sus artes marineras, Alfredo sonreía a Giulia, sin hacer caso del estanque. Cuando dejaron la barca comenzaron a recorrer aquellos caminos, hasta que se dieron cuenta que la mama y Alfredo habían desaparecido. Los buscaron, pero no hubo forma de dar con ellos. Lalo desconocía Madrid, pero pretendía pasar unas horas íntimas, muy íntimas con la bela Isabella… Decidieron acercarse al hotel, subir a la habitación y disfrutar de esa pasión desenfrenada que mantenían frenada desde el día que se conocieron en Nápoles. Los dos estaban de acuerdo, no hizo falta intérprete alguno para comprender lo que querían.

Subieron hasta la puerta de la habitación, Lalo cogió en brazos a Isabela, entraron en ella besándose y… Un montón de ruidos se hicieron presentes en ese momento. Giulia estaba en la cama, sorprendida por el encuentro, había ropa de hombre tirada en el suelo, enseguida Lalo identificó el llavero de Alfredo. Su amigo, el muy rastrero, le había impedido tener unas horas de goce excelso con aquella criatura. La criatura salió corriendo, Lalo detrás. Nadie sabía que se debía hacer en ese trance. Si bien la mama estaba viuda desde hacía años, Isabella nunca sospechó de sus necesidades.

Siguió a Isabella hasta la cafetería del hotel, no sabía que decir, ella lloraba amargamente a Lalo se le ocurrió decir: “No no l´eta per amarti”. Era una canción que había ganado Eurovisión una década antes. Isabella se le quedó mirando con odio, luego volvió a llorar. Lalo recurrió al teléfono del hotel, la cabina estaba a pocos metros de la barra de la cafetería donde se encontraba llorando Isabella.

– ¡Papá, soy Lucho! Tengo una emergencia. ¿Qué puedo decir a Isabella para contentarla?

– ¡Hola, Lucho! ¿Ya habéis discutido?

– No, es algo más… más gordo. ¿Qué puedo decirla? Tengo el cuaderno y el bolígrafo, ve pensando y me dictas.

– ¿Llora?

– Sí, mucho.

– Veamos… ¡No piangi, bela mía! Llacrime che scorrevano sulle guance…

– Ve despacio papá. A ver, como se dice: ¿Lacrima o llacrime? ¿Scorrevano o escarrevano?

En ese momento escuchó un ruido tras él, la pueta de la cabina estaba abierta, Isabella estaba allí, escuchándolo todo. Le miró con odio, él quiso explicarle que se trataba de una emergencia. Su padre conocía algo de italiano y siempre sabía decir frases bonitas a las mujeres… Isabella le lanzó la mano a la cara con tal fuerza que lo sentó en el suelo. Luego salió corriendo.

Nunca supo más de ella, Isabella desapareció de su vida. No fue la única. Cuando tras recorrer Madrid sin rumbo fijo volvió a la pensión de la calle Fuencarral, se encontró que Alfredo se había ido.

No tomó el avión de regreso a Barcelona, tampoco se embarcó. El capitán del mercante le contó que le había llamado el armador para explicarle que Alfredo Caso, se había despedido. Días más tarde supo por el capitán que estaba en Nápoles, Alfredo iba a llevar la administración de una importante herencia, unas tierras de labor y unas viviendas que eran propiedad de una rica viuda napolitana.

Se maldijo mil veces por no tener la labia y el desparpajo de Alfredo. Su amigo había dado el braguetazo, en cambio él, que estaba enamorado, solo había conseguido que Isabella, se diera cuenta de que era un soso y un pusilánime. En tan solo un segundo se había percatado que las cartas de amor que la mandaba se las había mandado el padre, que sabía decir las cosas con un barniz de encanto que nunca conseguiría él. Maldijo a su padre por ser como era y no haberle enseñado a ser un hombre de palabra fácil.

Aquella primera noche apenas durmió, su cabeza rumiaba lo aciago de su destino. Se levantó pronto, le tocaba la última guardia en el puente. Apenas se percató que estaba al mando del barco. Se sentía un inútil, un fracasado, alguien que sin su uniforme y su gorra de plato no era nadie. De seguir así, nunca conseguiría el amor y una vida perfecta, tal y como la tuvieron sus padres.

Aquella madrugada recibió un cablegrama en el puente, iba dirigido a él, lo mandaba su prima Cova, una prima lejana que cuando niños jugaban las tardes de los domingos mientras los padres de ambos jugaban a las cartas o al parchís. La nota decía que José, su padre, estaba hospitalizado porque respiraba muy mal, los médicos no creían que podría salir de esta, el corazón no iba bien, su cuerpo retenía mucho líquido: Debes venir Lalo.

Cuando llegaron al puerto de Marsella, ya tenía arreglado el viaje de vuelta, un avión con destino a Barcelona y desde allí el tren a Gijón, donde estaba ingresado su padre.

Durante todo ese tiempo se sintió egoísta, su padre era la percha que sujetaba el uniforme y la gorra de plato. En los puertos los compañeros se lo quitaban, él lo llevaba siempre, el uniforme era lo que le hacía ser él. Pero sin las palabras de su padre solo era eso, un uniforme bien llevado.

Cuando llegó al hospital ya era tarde, José Soto, natural de Castropol, había muerto horas antes, esperaban al coche fúnebre para trasladarlo al pueblo, Cova se había encargado de todos los trámites.

Cova era una buena mujer, también estaba soltera, también estaba sola y que había heredado la pastelería de sus padres.

Tras el entierro y el pésame de todo el pueblo, José era un hombre muy querido por todos, quiso quedarse solo en el cementerio, le apetecía hablar con su padre sobre sentimientos, sobre como posicionarse en la vida, sobre cómo saber con quién se podía contar en cada momento, sobre el futuro, el pasado y el presente…

Cuando salió del cementerio Cova estaba esperándole en la furgoneta del reparto. Pastelería Covadonga, llevaba el nombre de su madre, que había fallecido pocos meses atrás, repartía pastas, bollos y pasteles a otros pueblos cercanos. Lalo agradeció el detalle y agradeció como había estado con su padre todo el tiempo, habiendo tenido que cerrar la pastelería por estar con él.

– No podré agradecerte nunca lo que has hecho por mi padre, Cova. Eres un ángel.

– Lo mismo hubieras hecho tú por los míos de haber estado aquí. Hoy por ti y mañana por mí.

Mira esa bolsa, me la dieron en el hospital con las pertenencias del pobre José. Ahí estaba la ropa que había llevado al hospital, la cartera, el reloj y calderilla. La chaqueta gris de punto que le había hecho su madre y que la llevaba siempre, la boina, los pantalones de pana negros y la camisa de cuadros blancos y negros.

Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue meter toda la ropa en la lavadora, luego llamó al armador, le presentó su renuncia alegando que tenía muchos papeles que resolver tras la muerte de su padre. Estaba decidido a no volver a ponerse el uniforme de marino mercante. No le había servido para nada. A pesar de haber hablado con su padre, no le quedaba claro que iba a hacer.

A la mañana siguiente Cova le llamó por teléfono, le invitaba a la pastelería, ella tenía mucho que hacer, pero Lalo se podía llegar hasta allí.

Fue a la pastelería, había aprendido el oficio con su tío Lorenzo, cuando era muy joven y quería sacarse unas perras. Cova y él habían hecho tartas, pasteles y bollos en los fines de semana.

Es justo lo que le propuso su prima lejana:

– ¿Por qué no dejas la mar y aterrizas en el obrador?, yo estoy sola para atender los repartos, el mostrador y los hornos. No doy abasto. Tu siempre tuviste buena mano.

Lalo comió un milhojas acompañado de un café, podría ser buena idea…

Marchó a casa de su padre, pensando en aquella propuesta de Cova. Recordó que cuando adolescentes, Cova era la más lanzada, le chinchaba siempre, pero cuando hacían la masa, ella metía las manos junto a las de él, hacían la masa cuatro manos y era una forma sutil de hacer manitas.

Cuando se secó la ropa del padre, se la puso, eran de la misma talla aproximadamente, se fue en la motocicleta de su padre hasta el cementerio, se sentó sobre la piedra que cubría a sus padres: Los saludó y comenzó a hacer preguntas al padre, opciones, posibilidades…

Aquella misma tarde fue a la pastelería, habló con Cova y convinieron que sería bueno para los dos unir voluntades: vivir juntos, él se encargaría del obrador y ella de todo lo demás.

No se casaron, comenzaron a convivir, a sentir mayor aprecio, a reír de las mismas cosas…

Lalo muy pronto comenzó a hacer su vida: los domingos de madrugada, lunes y martes hacía los trabajos del obrador, el miércoles iba a visitar la tumba del padre, se vestía con la última ropa que llevó este en vida y allí le preguntaba lo que tenía que hacer en cada momento. Tomaba nota de todo lo que creía entender que le decía el padre. Los miércoles, mientras Cova hacía los repartos, él se encargaba del despacho. Pronto la clientela femenina comenzó a comprar los miércoles:

– Berta, me tienes que dejar una foto con tu sonrisa, me va a servir para hacer un pastel de fresa y nata que se llamará; sonrisa de Berta.

– Aurora, que no te acomplejen las arrugas, esos surcos son regueros de vida. Voy a hacer unas rosquillas Aurora, con hilos de chocolate y crema pastelera, será en homenaje a las dulces arrugas que nos da la vida

Así, cada miércoles regresaba del cementerio con nuevas ideas, con frases bonitas para las clientas…

– Esos ojos oscuros me deslumbran durante el sueño y me piden que haga un pastel de chocolate y nata con la forma de tus ojos Josefina, ¿me das tu consentimiento?

– El día que tenga tiempo voy a crear los “fingers” de Fátima, unos canutos rellenos de crema con canela y café por encima. Van a estar para chuparse los dedos, te lo prometo.

Mientras tanto Cova escuchaba, bajaba la mirada y callaba. Lalo vestido de pastelero, con su pijama blanco, su mandil del mismo color y la cara llena de harina, se convertía en un hombre risueño y dicharachero. Siempre encontraba palabras bonitas para las clientas, pero a ella, tras quitarse la ropa del obrador, poco o ningún caso le hacía.

Los jueves, de madrugada, tras dejar las empanadas de carne y bonito preparadas, se vestía de pescador, agarraba la ranchera, las cañas y demás útiles de pesca y desaparecía hasta el domingo por la tarde. Mientras lanzaba las cañas sacaba el cuaderno de notas y se aprendía las cosas que apuntaba cuando iba a visitar al padre al cementerio.

Un miércoles, cuando alboreaba, fue al armario donde guardaba la ropa del padre, dispuesto a ponérsela, como cada semana. La ropa no estaba. Despertó a Cova, para saber donde la había puesto. Cova le dijo que, tras lavarla, la había colgado en el tendedero, pero el viento quizá o algún vagabundo, se la había llevado. Él la buscó y buscó, pero nadie sabe donde pudo ir a parar. Ella estaba tejiendo una chaqueta de punto gris y había encargado unos pantalones de pana negros y una camisa a cuadros blancos y negros. Solo la boina quedaba.

Lalo se puso la boina y se acercó al cementerio, habló con su padre. Aquella mañana estaba mohíno, no habló con las clientas. Todas le encontraron triste,  melancólico. Cova sabía que lo estaba pasando mal, pero ya era momento de romper ese vínculo tan grande con los muertos. En una semana tendría los pantalones y la camisa y en menos de un mes le terminaría de hacer la chaqueta de punto.

Aquella noche no cenó. A la mañana siguiente, jueves, no hizo las empanadas, se puso la ropa de pescar y se fue. Nadie supo nunca donde iba Lalo durante esos días. Llegó la noche del domingo, y Lalo no apareció, tampoco el lunes, ni el martes. Nunca nadie supo que le ocurrió a Lalo, tampoco se supo nada de su ranchera.

Un pescador encontró un libro dedicado a un Lalo Soto. La dedicatoria decía:

Lalo, guaje, el mundo no está hecho para mirarlo de frente, hay que saber camuflarse. Tu amigo Alfredo. El libro era de la última obra de teatro estrenada de Zorrilla. Su título: Traidor, inconfeso y mártir.

Cova piensa que los disfraces: la ropa de su padre, el de pastelero y el de pescador, fueron los que le ayudaron a vivir, cuando le faltó uno de ellos, hubo un desequilibrio mental y eso hizo que su vida se apagara en aquel acantilado.

Hay personas que se ven obligadas a disimular, otras tienen tan interiorizada la necesidad de no ser quienes son que, cuando al fin se encuentran con su verdad, no la soportan y mueren víctimas de su propia mentira.

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