Todos hemos disfrutado alguna vez de este placer no frecuente: el quedarnos una tarde entera en casa. A mí, al menos, el cuerpo y el alma me lo piden casi a gritos, por el trajín de la vida, la rutina cotidiana…
Vivimos un tiempo de tensión y desasosiego, también de cansancio e impotencia. No es preciso insistir en las carencias y errores de los actores políticos, simplemente porque no queremos desanimarnos más de lo que ya estamos.
Pensando en la felicitación de Navidad que cada año envío a las personas que quiero, trato de encontrar la palabra que mejor exprese mis sentimientos de estos días: felicidad, paz, alegría, nacimiento, fiesta, pueblo, sencillez, solidaridad, encuentro…
Pienso que es injusto y erróneo llamar catastrofistas (agoreros, aguafiestas) a quienes formulan un diagnóstico riguroso, lúcido y realista sobre la situación sociopolítica actual, que inevitablemente conlleva tintes sombríos.
Me sitúo en el año 85 (Madrid, España) y pertenecía yo entonces al grupo “Cultura Abierta”, de carácter no estrictamente político sino más bien sociocultural, y de procedencia cristiana, aunque a la altura de mi ingreso en él tenía un perfil plenamente secularizado y laico, con algunos matices.