Imaginemos la democracia como una esfera: un espacio en el que caben posiciones
distintas, incluso opuestas. Cada uno la mira desde un ángulo diferente y ninguno
necesita ocupar el lugar del otro para formar parte de ella. La diversidad no es una
anomalía de la esfera; es lo que le da sentido.

Pero la imagen esconde un problema. ¿Qué ocurre cuando uno de esos ángulos no
se conforma con ocupar su espacio, sino que aspira a apropiarse de la esfera
entera? ¿Qué sucede cuando alguien usa la libertad que el sistema le reconoce
precisamente para impedir que otros disfruten de esa misma libertad?

Karl Popper formuló en 1945 una versión célebre de esta dificultad: una sociedad
ilimitadamente tolerante puede terminar permitiendo que los intolerantes destruyan
la tolerancia misma. La respuesta parece sencilla —habrá que fijar un límite—, pero
de inmediato surge una pregunta más difícil que la primera: ¿quién pone ese límite?

Si una persona, una mayoría, un gobierno o una institución se arrogan la potestad
de decidir qué ideas permanecen dentro de la esfera y cuáles deben ser
expulsadas, habremos protegido la democracia entregando a alguien un poder que
también podría volverse contra ella.

El problema, entonces, no es tanto que exista un límite —eso parece necesario—, sino quién puede trazarlo sin convertirse, con ese mismo gesto, en dueño de la esfera. Para que todos tengan un lugar en ella,
nadie puede tener derecho a apropiársela. ¿Y si el límite ya existiera?

Una manera de escapar de esa dificultad es buscar algo anterior a la decisión del
poder: los principios generales del Derecho, los derechos fundamentales, la
dignidad humana, la costumbre, la idea de justicia o, si se acepta su existencia, el
Derecho natural. Bajo esta mirada, el poder no crearía ciertos límites, sino que se
limitaría a reconocerlos.

Aun así, el problema no desaparece del todo. Podemos sostener que lo justo existe
con independencia de nosotros; lo difícil es sostener que sabemos siempre
reconocerlo. ¿Existiría el bien si no existiera el mal? Probablemente. Pero
¿sabríamos identificarlo como tal si nunca hubiéramos conocido su contrario?
¿Existiría lo blanco sin lo negro? Sin duda, aunque somos nosotros quienes
construimos la idea del contraste.

La historia debería volvernos prudentes: muchas sociedades tuvieron por naturales
principios que generaciones posteriores juzgaron profundamente injustos. Esto no
demuestra que no exista una justicia anterior a la ley. Demuestra algo más modesto:
que, aunque lo justo exista, podemos equivocarnos al interpretarlo.

Y así volvemos al punto de partida: tal vez el límite exista antes que nosotros, pero
lo que no existe sin nosotros es su interpretación.

El espacio del otro

Hay una frase que todos hemos escuchado alguna vez: «Mi derecho termina donde
comienza el derecho del otro». Quizá en ella se esconda una manera distinta de
mirar el problema.

Volvamos a la esfera. Cada persona ocupa un espacio dentro de ella. Mi libertad me
permite ocupar el mío, pero solo puedo reclamarlo si reconozco que los demás
tienen el mismo derecho a ocupar el suyo. Aparece entonces una palabra más
sencilla que todas las anteriores: reciprocidad.

No necesito decidir si la idea del otro es buena o mala para reconocer su derecho a
defenderla. Tampoco necesito compartirla, ni siquiera respetarla intelectualmente.
Lo único que necesito es aceptar que el derecho que reclamo para mí debo estar
dispuesto a reconocérselo también a quien piensa exactamente lo contrario.

Por eso, quizá, mi derecho no termina simplemente donde comienza el del otro: mi
derecho existe dentro de un espacio común en el que le reconozco al otro el mismo
derecho que reclamo para mí.

Desde esta perspectiva, la paradoja de la tolerancia se ve de otro modo. El
problema del intolerante no está únicamente en lo que piensa, sino en algo más
concreto: reclama para sí una libertad que está dispuesto a negar a los demás.
Ha roto la reciprocidad.

La esfera

Una sociedad plural no necesita compartir una misma idea del bien para poder
convivir. Probablemente tampoco logremos establecer, de una vez y para siempre,
dónde termina la libertad y dónde comienza su abuso: cada época volverá a
discutirlo y cada generación deberá enfrentarse a sus propios límites.

Pero podemos exigir algo más modesto: que nadie reclame para sí aquello que
niega a los demás.

La esfera no pertenece a quien tiene la mayoría, ni a quien está convencido de
poseer la verdad, ni siquiera a quien cree estar defendiéndola. Pertenece a todos
precisamente porque nadie puede apropiársela.

La reciprocidad quizá no resuelva de manera definitiva la paradoja de la tolerancia.
Pero nos ofrece una regla para convivir con ella: el espacio que reclamo para mí
solo es legítimo mientras reconozco el espacio del otro.

Y tal vez una democracia no sea, en el fondo, mucho más que eso: algo tan frágil y
tan sencillo como saber compartir una esfera que nadie puede tener derecho a
poseer del todo.

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