De un tiempo a esta parte pareciera que los medios de comunicación se hubieran puesto en su mayoría de acuerdo para incitarnos, no a comer, sino a devorar a todas horas, como lo mejor que podemos hacer.

Progresivamente y de manera mas reiterada, en países que como el nuestro suelen considerarse “del primer mundo” topamos con una publicidad incesante e invasiva que nos induce a devorar hamburguesas de cada vez mayor tamaño, aderezadas de salsas y jarabes diversos a través de bocas abiertas de par en par, como si ello significase la mayor felicidad de la vida y todo a través del medio televisivo, periódicos, revistas y suplementos sobre las comidas, carteles callejeros y hasta en paradas de autobuses, desde dónde se incita a comer raciones y mas raciones de viandas de todo tipo también.

Mas de tarde en tarde, nos encontramos con las imágenes de niñas y niños esqueléticos de rostros morenos iluminados por grandes ojos negros expectantes que lamen despacito y saboreando con aplicación, una especie de crema o puré que emana de unos pequeños sobres, que oprime con su mano la persona que les sostiene en brazos y los aproxima a sus bocas.

La voz en off publicitaria anima a colaborar con donaciones muy modestas para aumentar el número de esos alimentos que salven vidas de criaturas destinadas a la muerte.

Todas y todos sabemos también las colas de espera de vecinos en muchos de nuestros barrios, de familias que carecen de sustento diario.

¿Dónde estamos entonces? Todas/todos lo sabemos: en un mundo bipolar entre la abundancia innecesaria, el placer y el derroche y la pobreza extrema, el dolor y las vidas que penden de un soplo para extinguirse ¿no?

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