
Pues resulta que los negacionistas del cambio climático, las mentes (?) que se aferran a que el planeta Tierra es un peñasco, algunos creyendo que es plano, han tenido que ver con sus propios ojos que está muy vivo y que se resiste a que el mono estúpido le mate. Y su capa externa protectora, la atmósfera, de momento se está enfadando mucho.
Luego, le llegará el disgusto a lasa corteza, a las placas continentales entrechocando por fastidiar y, después, al núcleo candente de magma a miles de grados que es el corazón terrícola.
Entonces sabremos los monos estúpidos lo que es bueno, mejor dicho, malo, muy malo, pésimo. Los terremotos grado siete serán juegos geológicos infantiles frente a las explosiones dee lava y rocas ígneas lanzadas a cientos, incluso miles de kilómetros como cohetes intercontinentales que ahora tantos se construyen con o sin cabezas nucleares por temor de unos a otros.
Como bolas de pez ardiente, caerán sobre ciudades, fábricas, centrales térmicas y atómicas, pantanos, catedrales, museos y hospitales. Los terremotos, maremotos y otros “otos” que ni siquiera podemos imaginar, inundarán costas, puertos, potabilizadoras y otros inventos de los que no quedará ni recuerdo. El mar, calentado por la lava ardiente al crear en él, se evaporará pero antes habrá achicharrado a todas las especies vivas. Se dejará de pescar o, quizá, comer merluzas al horno, pues el negocio es el negocio y los chef, sin mucho trabajo, cerrarán sus puestas porque el vacuno, los chuletones a la plancha en su punto, estarán algo pasados.
Este Armagedón tipo Nostradamus, causado por el Sistema, este que no respeta líneas rojas en la Naturaleza, que arrasa todo lo que pueda convertirse en beneficio mientras los ricos anden calientes y la humanidad siga llorando doliente sin decir… ¡mierda, qué coño es esto!, se congela en sus cuchitriles a precio de suite real. Este cataclismo ciclópeo, digo, ya ha tenido su primer acto y ha convertido a la península ibérica en un lago. Lago Hispania, tras unos fuegos arrasadores que han devorado la mayoría de sus árboles protectores.
El suelo no puede tragar más y las laderas se precipitan inmisericordes sobre casas, coches, infraestructuras, avalanchas de lodo que ya no frenan ni sujetan raíces ni troncos quemados en verano, que, ahora se muestran impasibles rodeados de agua hasta la mitad del tronco renegrido por las llamas.
El planeta Tierra está cabreado, pero el capital y sus esbirros, andan buscando en donde pueden colocar su dinero, hacer minas a cielo abierto, extraer minerales, petróleo a gas que destruyen voraces bosques, praderas, especies y aguas freáticas dejando una naturaleza muerta. Pero hay que poner en valor esas riquezas para seguir acumulando, pues sin ello, su capital se muere. Recursos libres o bienes colectivos de la humanidad que se apropian sin pudor pero que les permitan nuevos negocios, como instalar un velódromo en el interior de una ciudad machacada o construir para ocio de ricos muertos por dentro, una zona de juego, campos de golf, prostíbulos de lujo oriental con huríes carísimas que les proporcionará otro Jeffry Epstein cual mujer policía o concejala para los lobos con los que trabajan, o, peor aún, de edad niña. Y todo, sobre una tierra empapada en sangre inocente.
Pregunta ¿Dios existe?