
Cuanto nos gustaría a la mayoría de paisanos que ululamos por estas tierras y escuchamos a esperpentos infraterráqueos sus decires, sus salidas de tono, su hiperespañolismo desmochado y, obviamente poco meditado, una buena reflexión.
Entiendo que se pueda defender a una persona que está aún sin juzgar, ya que hasta que no se le juzgue existe la garantía de presunción de inocencia. Creo que habrá pocas personas que no aplaudan ese concepto que ofrece legalidad jurídica y social a cualquiera de nosotros. Hace tiempo que pasaron las lapidaciones y los linchamientos.
Es cierto que los medios, acostumbrados al jolgorio y al gori, gori que nos ofrecen sus señorías a diario, se han hecho con el sarao y con cualquier noticia se les hacen los dedos huéspedes y siguen apuntando formas de acoso y derribo a propios y extraños.
Lo que no acabo de entender es que asesores y políticos. Seres ungidos por la gloria de dirigir los destinos de un pueblo, puedan caer en la estupidez de la irreflexión. Decía mi madre que: si no reflexionas cuando trabajas en el cargo, difícilmente lo harás cuando estés fuera de él.
Algún político o política se siente herido, ultrajado, señalado, cuando la oposición pide que se le devalúen los honores ofrecidos a un presunto violador, y ¡zasca!, suelta un rabotazo premium. No contesta a las peticiones, habla de otras cosas, dice que, al presunto, no se le puede bajar del pedestal, es la base musical de la marca España, entonces se escuda la irreflexiva gestora en explicar que peor están las mujeres de Irán.
Eso ya lo sabemos, y sin ir más lejos, mucho peor están las 46 mujeres muertas a manos de sus compañeros durante el año 2025, que también se podía decir, en clara alusión de que es un presunto depredador, aunque no es un asesino.
Pero no voy a eso. Si un cargo no reflexiona y va más allá, si solo hocica, a ver si encuentra en el fango salida válida a su discurso de bajo nivel y contundente irreflexión, sin tener en cuenta el total del argumento que se quiere combatir, podemos considerar que es un personaje amortizado, no solo esa política, también sus asesores y el modelo de política que representa.
Con lo fácil que podía tener el contestar con una larga cambiada, explicar que el actual modelo de marca España está en esa joven señora de León, de nombre Sara García Alonso, trabaja como investigadora, busca las debilidades de las células cancerígenas para atacarlas con distintos fármacos que eviten sigan dividiéndose, acosando nuestros cuerpos y matándolos. Dos meses al año trabaja como astronauta suplente de la Agencia Espacial Europea, por amor al arte. No es millonaria, no tiene casas en distintos países, no paga sus impuestos en paraísos fiscales y sigue sonriendo a la vida.
¿No sería más inteligente el mostrar la nueva marca España, bajo el techo de la ciencia y la investigación? ¿No sería más creíble, ser líder con su grupo de asesores y sus principios morales de nueva hornada, con el fin de alcanzar, mediante esa reflexión, el aplauso y el voto de sus administrados?
Lo queramos o no; la vida no sigue igual.