El 10N el PSOE ha perdido algunos votos y diputados, y también las opciones que buscaba para lograr un gobierno en solitario, puesto que: no ha captado votantes de UP, que ha salvado los papeles con un pequeño descenso, ni ha atraído voto de Ciudadanos que se ha hundido pero en beneficio de VOX y los populares.

La aritmética parlamentaria solo permite un gobierno socialista si está apoyado por el PP, o si pacta una coalición con UP con apoyos similares a los obtenidos en la moción de censura de junio de 2018. Es decir, solo hay dos alternativas para formar gobierno, pero ambas son problemáticas: el gobierno progresista de coalición implica la abstención de ERC y tensa al centro y la derecha; si el PP apoya a los socialistas arriesga mucho ya que se quedaría en posición de debilidad en la oposición, tras el éxito de VOX (52 diputados).

La situación para el PSOE y la izquierda es de alegría por la posibilidad de formar gobierno progresista, aunque se trate de un ejercicio de “susto o muerte”: o se superan los miedos a pactar un gobierno progresista, o se acaba en unas inaceptables terceras elecciones.

El susto se ha manifestado ya con las tensiones que el posible gobierno progresista produce en parte de las filas socialistas, y obviamente en las derechas, por los acuerdos con UP y por la búsqueda de apoyos que tendrá que incluir algún nacionalista. Estos días se están viviendo las reacciones desesperadas y teatralizadas del PP (Aznar pide la cabeza de Sánchez), y las amenazas de barones socialistas si se obtiene el apoyo de ERC.

El primer efecto del susto, ha sido la respuesta inmediata de Sánchez e Iglesias firmando, en dos días, un preacuerdo para formar gobierno. Cuanto antes se produzca la investidura menos interferencias habrá de los poderes económicos en la formación de un gobierno progresista, y menos tiempo habrá para campañas desde los sectores políticos opuestos.

Durante la labor de gobierno se mantendrá el suspense, partido a partido, habrá decisiones difíciles y controvertidas. Las desconfianzas que dificultaron anteriores investiduras entre socialistas y unidos-podemos se mantendrán, aunque no falle la lealtad entre los coaligados, y aparecerán tensiones dentro del gobierno cuando haya que tomar decisiones importantes en temas relativos a la crisis territorial o las políticas económicas, ante situaciones de precariedad y desigualdad, y ante una posible recesión económica.

El susto pasará después a los activistas y votantes progresistas, que verán que se toman decisiones difíciles de entender y que no se avanza en temas considerados importantes para la izquierda, algunas actuaciones que se calificarán de “mal menor”, otras que paliarán la problemática social, laboral, ambiental… pero sin contribuir a una transformación, etc… Habrá incluso equivocaciones, así ocurre cuando se gobierna, cuando se toman decisiones.

Para superar el posible desánimo y para sacarle la mayor efectividad al gobierno progresista, hará falta explicarlo todo, argumentarlo todo, fortalecer el tejido social, movilizar a la sociedad tanto en la participación como en la salida a la calle cuando haya embates reaccionarios.

Si no conseguimos el gobierno progresista, en vez de susto tendríamos muerte, por influencia del PP en el gobierno o por unas nuevas terceras elecciones.

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