Estaba enfrascado los últimos días del pasado mes de febrero en la lectura de un tema poco usual, el hermetismo y la ciencia, leía el último libro de Alberto Pitarch; “El Hermético”, conociendo cómo algunos médicos paracélsicos como Robertus Fluctibus, ya en el siglo XVI, usaban las canciones para tratar las enfermedades psicológicas, cuando recibí una invitación del Círculo de Navarra en Madrid. Sería la noche del último viernes del que fue un febrero muy loco. Se presentaba el libro de Tincho Ramírez de Ganuza, en un céntrico restaurante de Madrid, donde se pueden escuchar arias de ópera mientras se cena. El sitio tiene nombre de la ópera de Donizetti: La favorita.

El título del libro me gustó. Sabía que me iba a llevar a una época de mi vida muy querida. El libro se titula: “A mí no me toques mis Beatles”. Las personas de mis años saben perfectamente a lo que me refiero. Ese grupo de melenudos rompió el lento ritmo de mi vida. Su música supuso un cambio muy brusco en cuanto a todo. La forma de hablar, de vestir, de entender al mundo. Conocimos algo que no sabíamos que existía: la insolencia con ritmo. Cuantos de nosotros no tuvimos algún enfrentamiento con nuestras madres y padres, a cerca de la longitud del cabello, cuantos padecimos más acné juvenil por llevar flequillo…

La vida para nosotras y nosotros antes de la llegada de “Qué noche la de aquel día”. Era distinta, aquellas canciones nos motivaron y encauzaron unas vidas un tanto monótonas.

A poco que nos paremos a pensar, todas y todos reconoceremos que alguna canción del grupo nos hizo felices un rato. Mucha gente podrá relacionar alguna de esas canciones con momentos importantes de su vida, con la felicidad en estado puro.

Pues eso es lo que ocurrió, tras hablar un poco sobre como nació el libro Tincho y su grupo de amigos tomaron las guitarras, entonaron las voces y se lanzaron a cantar temas del grupo de Liverpool, aunque formado en Hamburgo, allí estuvieron tocando mucho tiempo y muchas horas diarias, esos fueron sus mimbres.

Entre canción y canción Tincho, comentaba cosas de las vidas del grupo. Al final, tras unas cervezas se lanzaron los músicos, miembros de la cofradía de san Saturnino, patrono de Pamplona, en la cofradía ensayaron estos temas, en lo que fue el bar Bilbao, durante mi niñez, un destartalado bar que estaba a pocos metros de la casa donde pasé mi niñez escuchando cada pocos minutos, las campanas de la iglesia de san Saturnino. Antes de que The Beatles irrumpieran en mi vida y le dieran un giro enorme.

Según se adentraba la noche, aquello se convirtió en un concierto donde todos coreábamos esos viejos temas, tan presentes en nuestras vidas. Algo estaba ocurriendo, las voces jóvenes se unían a las de los más mayores. Todo el mundo se sabía esas canciones y la gente que estábamos allí comenzamos a sentirnos de otra forma, a flotar en el pasado de nuestras vidas, a traer recuerdos y comentarlos con el resto de personas.

Aquello fue una terapia importante. Estoy seguro que estas canciones son un buen remedio para evitar sentirse solo, por la sencilla razón de que con los temas de The Beatles, no nos sentíamos solos antaño, y ahora, gracias al recuerdo, pues tampoco.

Propongo que se hagan talleres contra el mal de la soledad con las melodías de The Beatles, que emulemos a Robertus Fluctibus y cantemos en grupo esas canciones, nuestras canciones de siempre. Puede que regrese nuestra apagada rebeldía y nuestro espíritu inconformista y aparquemos la soledad no deseada en la bolsa de la basura.

Hoy como ayer, la música nos ayudará a seguir a buen ritmo. Probadlo.

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