
La sociedad se divide en dos tendencias filosóficas bien distintas. La propuesta por Hobbes, allá en el siglo XVII, cuando cita en su libro “Leviatán” la famosa frase escrita por Plauto: “El hombre es un lobo para el hombre”, y que hoy, en 2026, renace nuevamente su significado con el auge de los países depredadores, esos que nos atemorizan porque quieren repartirse el mundo: sus tierras, sus aguas y sus subsuelos.
El supraegoísmo, la hiperagresividad son unas constantes a las que nos debemos acostumbrar, acostumbrar a posicionarnos en contra de esos criterios que el poder usa y abusa en estos tiempos, con más afán que hace unas docenas de meses. Por eso debemos tener en cuenta la otra filosofía opuesta a la de Hobbes, una filosofía cuyo principio y base del poder no sea el miedo.
Está en manos de todos comenzar de nuevo a trabajar la pedagogía, quizá de una manera similar a la que llevó a cabo Albert Thómas, director de la OIT, desde que se creó en 1919. Él escribió y supo explicar a los alumnos el poder de la paz, la razón y la lógica, mediante el anecdotario: “Anecdotario del trabajo”, se tituló el libro.
A los chavales de ayer y de hoy, el royo patatero de normas, artículos, fechas…, les echa para atrás. En cambio, ¿quién de nosotros se resiste a escuchar con agrado una charla plagada de anécdotas?
Puede que el ser humano sea cotilla por naturaleza, puede que mediante la anécdota se capte la síntesis de la cuestión y convirtiéndose en cuento, tenga más aceptación, es decir, nuestra memoria lo guarda sin obligación formal de recordar. Es el caso de los refranes, en ellos hay muchos años de saber expuestos llanamente en una frase.
De alguna forma es lo que hizo en su día Rousseau con su “Contrato social”, enfrentándose al autoritarismo del poder supremacista de la autoridad de la fuerza. Este libro editado en el siglo XVIII, tiene como base el estudio de los misioneros franceses en el nuevo mundo, sobre cual era el espíritu social de muchas de las tribus indígenas. Estaba basado en una filosofía contraria al ordeno y mando, era el derecho natural, que es ilimitado y se llega a él con bases distintas al miedo; ya que el poder no es simple autoridad, tanto los que mandan como los que obedecen se basan en algo esencial: respeto. No cabe el imponer normas, ideas, criterios, desde el laicismo se puede llegar a esa situación de equidad. Pero el Contrato social pasó a ser anecdótico, en él se recogían las buenas maneras de grupos sociales. Solo las anécdotas que practicaban los pueblos indígenas sin vasallaje, frente al poder, en cualquiera de sus estilos, tiene predicamento.
Ya lo escribió el amigo Quevedo: Poderoso caballero es don dinero.
La lógica me lleva a pensar que no todo está perdido, ha surgido un misticismo entre los jóvenes, quizá sea bueno el acogerlo y mostrarles el misticismo laico, el misticismo terrenal, que no está reñido con el celestial.
Puede que si investigáramos más esencias de la historia encontraríamos sabrosas anécdotas que contarles a los adolescentes y a los más jóvenes, anécdotas que nutrieran de principios sociales a sus, aun, descabaladas neuronas. Puede que, en el fondo, el maestro Cervantes con sus “novelas ejemplares” y con su esencial novela de caballería, solo nos estuviera mostrando el camino a seguir con nuestros menores y no tan jovencitos. De la anécdota brotará la enseñanza y florecerán los principios.
Os imagináis que, cualquier día, un infante escriba un guasap en el que se lea:
No; eso no se hace, ¡caca! Los golpes de estado no se dan. Los niños buenos no son cretinos y respetan a los demás.