Era miércoles, 22 de julio de 1936, y los vecinos de Otxandio se habían despertado entre la alegría por la celebración de sus fiestas patronales, pero con las dudas y una cierta preocupación por los acontecimientos que se estaban viviendo en aquellos días, pero sus habitantes seguían haciendo su vida; nada se paraba. Quizá porque no fueran tan conscientes de la gravedad de los hechos que se estaban produciendo y las consecuencias que todo ello pudiera acarrear. Lo que no se imaginaban es que todo ese escenario cambiaría de forma radical su futuro inmediato,

El día 18 de julio, fiesta de Santa Marina, patrona de esta pequeña villa vasca, habían dado comienzo sus fiestas. La banda de txistularis y la de música amenizaban a sus habitantes y a todas aquellas personas que solían acercarse desde otras poblaciones del entorno. Habría partidos de pelota y reparto de limonada en los soportales de ayuntamiento.

Pero desde el 18 de julio había unos invitados inesperados en esta pequeña localidad. Soldados del cuartel Garellano y milicianos de diferentes organizaciones políticas estaban en Otxandio, movilizados para hacer frente a la intentona golpista perpetrada entre los días 17 y 18 de julio, y que, habiendo fracasado en un primer momento, se había hecho fuerte en diferentes puntos del Estado español. En muchos lugares reinaba la incertidumbre, y en otros muchos, las fuerzas leales a la legalidad republicana lograron sofocar la asonada golpista.

Si en Donostia lograron reducir a los sediciosos, después de derrotar a los golpistas que se encontraban atrincherados en el cuartel de Loiola, y en Bilbao fracasaron gracias a que la mayor parte del ejército republicano y las fuerzas del orden, fueron fieles a la República, por el contrario, Pamplona no corrió la misma suerte, y los golpistas no tuvieron problema alguno en tomar la ciudad y todo el Viejo Reino, convirtiéndolo en un mar de sangre. Vitoria fue otra cosa; si bien los golpistas tomaron las instituciones, en un primer momento la incertidumbre y las dudas no acabaron de despejarse, habiendo algunos tiroteos en sus calles.

La línea divisoria que separaba la zona republicana de la sublevada se encontraba a pocos kilómetros de Otxandio, en concreto, en la localidad alavesa de Legutiano, población que durante algunos días estuvo en tierra de nadie.

Con este dibujo de la situación, el 22 de julio de 1936, tan solo cuatro días después del fallido golpe de Estado, la población de Otxandio convivía de forma pacífica con soldados y milicianos. Los críos del pueblo observaban como novedad todas las actividades que realizaban los nuevos vecinos, y sin duda, la intendencia desplegada solía congregar a su alrededor a críos curiosos y a vecinos de la villa.

La cocina la tenían instalada en la plaza de Andikona, y la elaboración de las raciones para soldados y milicianos no dejaba de ser todo un acontecimiento desde primeras horas de la mañana. A ello habría que añadir que esta plaza era un lugar muy frecuentado por los vecinos de la villa. En ella había una fuente y un riachuelo, lugar de diversión y juegos de los chavales, y al que acudían las mujeres con sus baldes en búsqueda de agua para lavar la ropa en los lavaderos que había en los márgenes del riachuelo.

Pero faltaban minutos para que toda esta actividad que se vivía en el pueblo quedase truncada, y, a partir de entonces. Ya no fuese nada igual. Entre las nueve y nueve y media de la mañana, dos aviones Breget XIX sobrevuelan el pueblo; ambas aeronaves llevan pintadas en su escárpelas la bandera republicana, por lo que nada hacía sospechar lo que se avecinaba, sencillamente se dedicaban a observar el vuelo bajo de las dos avionetas. Tampoco levantó sospechas entre los militares que se encontraban en el pueblo.

Desde los aviones empezaron a lanzar algunas cosas, siendo observadas con curiosidad, sin poder imaginar que lo que iba a caer al suelo eran bombas de entre tres y cuatro kilos. A partir de ese momento, la villa de Otxandio se sumió en una tragedia en la que la mayor parte de las víctimas fueron niños y mujeres.

En la investigación realizada por Zigor Olabarria Oleaga, recogido en “Gerra Zibila Otxandion” (La Guerra Civil en Otxandio) publicado por Eusko Ikaskuntza y el Ayuntamiento de Otxandio, facilita una relación de 61 personas fallecidas, aunque puede ser superior, puesto que hubo heridos que fueron trasladados a Bilbao y a otros lugares, pudiendo darse la circunstancia que fallecieran posteriormente. De hecho, hay historiadores que elevan ostensiblemente dicha cifra.

Si tenemos en cuenta que en 1936, la villa de Otxandio contaba con una población de 1.400 habitantes aproximadamente, estamos hablando que en un solo bombardeo realizado por tan solo dos aviones, falleció alrededor del 4 por ciento de la población. De las 61 personas fallecidas, 19 fueron niñas y niños menores de 15 años, más de 12 mujeres adultas (en algunas de las mujeres no hay constancia de la edad de fallecimiento). Entre soldados y milicianos el número de bajas fue mínimo, siendo alrededor de 10 los fallecidos.

Quienes fueron testigo del bombardeo vieron una auténtica carnicería, un cuadro en el que la sangre y la muerte lo inundaban todo. Mujeres y críos yaciendo muertas en la plaza, cuerpos mutilados y esparcidos, personas pidiendo ayuda. En el libro anteriormente mencionado se recogen diversos testimonios de las personas que vivieron aquel día negro.

José Antonio Maurolagoitia, médico de Otxandio, se expresaba en estos términos para el corresponsal del diario “Euzkadi” al recordar esta carnicería:

“Observé que uno de los aviones lanzaba algo al espacio. Creí que serían proclamas, porque la verdad no podía imaginar otra cosa. De esta creencia me sacó el ruido horroroso de varias explosiones, verdaderamente bárbaras […] A continuación salí a la calle dirigiéndome a la plaza Andicona.

Nada más terrible a pesar de haber asistido, dado el carácter de mi profesión, a episodios dolorosísimos, que la visión de la plaza de Andicona. No eran los tejados desvencijados, ni las líneas eléctricas derribadas. Era algo más grave y más terrible; era el dolor humano. Gente despedazada, niños mutilados, mujeres decapitadas. Eran los gritos de los aldeanitos, en euzkera, suplicándome que los curara; era el torrente de sangre que corría hacia el agua de la fuentecilla que se levanta en la mitad de la plaza”[1].

El bombardeo de Otxandio fue el primero contra población civil. Luego vinieron otros muchos más: Durango, Gernika, Amorebieta-Etxano, las muertes de personas que huían desde Málaga a Almería, lo que se conoce como “La desbandá”, etc. En todos ellos solo había un objetivo, sembrar el terror entre las personas indefensas, porque el fascismo es lo único que sabe hacer: llevar el terror allá por donde pasa.

Los dos autores materiales de esta masacre despegaron desde el aeródromo de Recajo -Agoncillo (Logroño). Uno de los aviones fue pilotado por Ángel Salas Larrazábal, que en aquel momento era capitán. Durante la 2ª Guerra Mundial, formó parte de la Escuadrilla azul, combatiendo a las órdenes de la Alemania nazi en la URSS. Durante la dictadura franquista y en el posfranquismo, ostentó diversos puestos de relevancia, entre los que caben destacar los siguientes: miembro del Consejo del Reino (1974-1976), y miembro del Consejo de Regencia, que, tras el fallecimiento del dictador, asumió la Jefatura del Estado, para transmitir los poderes a su sucesor.

Durante las cortes constituyentes, salidas de las elecciones del 15 de junio de 1977, fue senador por designación real, y en 1991, bajo el gobierno de Felipe González, llegó a su cenit, siendo ascendido a Capitán General. En el apartado de condecoraciones, recibió la Cruz de Oro alemana y la  Cruz de Hierro de 1ª y 2ª clase.

A día de hoy sigue manteniendo todas las condecoraciones que recibió a lo largo de su vida, y no hay constancia que se las vayan a retirar.

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