Hermanas y hermanos, amigas y amigos:

Mientras las bombas israelíes caen sobre Gaza aniquilando a familias enteras (ya eliminó a 14), tirando abajo edificios de varios pisos y arrasando con la población y la infraestructura básica de ese enclave bloqueado por Israel por aire, tierra y mar desde hace 14 años, quisiera recordar que la violencia del oprimido no es comparable a la violencia del opresor; la primera es la reacción desesperada de un pueblo sometido por más de siete décadas a un régimen de limpieza étnica, ocupación militar, colonización territorial y apartheid (como acaban de reconocer organizaciones tan prestigiosas como Human Rights Watch y la israelí B’Tselem); y es la respuesta a un mes entero (el mes de Ramadán, además) de provocaciones y ataques a la población palestina en Jerusalén, incluyendo la invasión de soldados armados a guerra a la mezquita de Al Aqsa este lunes, atacando a los fieles cuando rezaban, dejando a 400 personas heridas y destruyendo el interior del recinto.

Les hago llegar –y les agradezco profundamente su difusión- la declaración emitida por el movimiento ecuménico palestino Kairós Palestina que una vez más se dirige a las iglesias cristianas del mundo para pedirles que actúen para frenar la violencia criminal de Israel.

Esta nueva masacre es resultado de la impunidad de que ha gozado hasta ahora ese Estado, sin haber recibido ninguna sanción por parte de la comunidad internacional. El niño mimado y consentido durante años se ha convertido en un monstruo. Este último ataque es un nuevo intento del criminal Netanyahu para resolver sus problemas internos y lograr permanecer en el poder por un período más; como tiene las cosas complicadas (tras cuatro elecciones en dos años no logró conseguir la mayoría para formar gobierno, y enfrenta juicios por corrupción que pueden llevarlo a la cárcel), sabe que atacar Gaza siempre es redituable. Las niñas y niños, las familias de Gaza, están pagando con sus vidas el precio de ese mezquino cálculo político. Porque las vidas palestinas no importan para Israel. Y todas las comunidades palestinas a lo largo y ancho de toda la Palestina histórica también están protestando y siendo reprimidas en este momento.

Hoy se conmemoran 73 años del comienzo de la limpieza étnica (Nakba) de Palestina y la implantación del Estado de Israel sobre las ruinas de 500 localidades palestinas, cuyos habitantes fueron asesinados/as o expulsadas/os y convertidas/os en refugiados/as a quienes hasta hoy Israel no les permite regresar a su patria (ni tampoco a sus descendientes). Pero como tuiteó hoy la académica palestina Yara Hawari desde Ramala: «No estamos conmemorando la Nakba de 1948. La estamos viviendo. Los pogromos, los linchamientos, la quema de nuestras casas, los bombardeos se han reiterado a lo largo de cada generación. Y también nuestra resistencia.»

Les pido que actúen, dentro de sus posibilidades y ámbitos. Les comparto por último una columna de opinión que escribí estos días sobre la coyuntura: Nota de UYPRESS

Saludos fraternos en este momento de dolor y de rabia en que la única alternativa es: solidaridad o complicidad.

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