Como bien sabemos y sufrimos por experiencia y paciencia propias, la pandemia nos ha impuesto entre otras muchas cosas la llamada distancia social, la restricción del contacto y de la cercanía física. Toda una norma que además de su utilidad epidemiológica arrastra una cultura muy arraigada en la sociedad.

La cultura del cuerpo no ha sido precisamente bien acogida, respetada y fomentada entre nosotros ni desde instancias educativas y eclesiásticas. Más bien se ha fomentado una ideología y una práctica de inhibición y de represión, de desprecio y reserva, de cautela automática y sistemática hacia lo físico y material, lo concreto y tangible.

Siguiendo estas razones, la distancia social podría haber sido acogida favorablemente como medida restrictiva contra la pandemia. Pero su alto valor represivo e inhibitorio la hace odiosa y solo aplicable de modo justificado en situaciones de estricta necesidad, como la presente.

Además de ello, el abrazo posee un elevado simbolismo como expresión humana, como vehículo del afecto y de la amistad. Solo a veces, excepcionalmente, puede presentar un carácter degenerado y violento, en casos de agresión. Pero su luminosidad significativa resulta incuestionable y el reflexionar sobre ello nos ayudará a valorar su riqueza y a lamentar razonablemente lo que nos estamos perdiendo en este tiempo de pandemia.

El abrazo expresa la cercanía a situaciones próximas y también a las lejanas en el tiempo y la distancia pero que vivimos con intensidad emocional, con sincera empatía. El abrazo encierra asimismo una carga significativa de protección y de acogida, no solo en las situaciones presentes e inmediatas sino también en la predisposición hacia cuestiones o hechos de un futuro previsible.

La actitud profunda que indica el abrazo “combate la opulencia del mal y está siempre en favor del bien”, como ha dicho alguien. El abrazo es señal y estímulo de paz. Las personas e instituciones pacíficas tienen un sitio reservado y principal en las mesas de la participación ciudadana y en los foros de la reflexión y el debate compartidos.

Podemos y debemos destacar el carácter no solo psicológico sino moral del abrazo e indagar en su pedagogía, en la explicación razonable y asequible de su dinamismo simbólico más allá de la expresión física.

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