Continuando nuestros agradables paseos por Madrid, el día dos de noviembre visitamos el Museo de San Isidro o de los Orígenes de la ciudad, situado en la sugerente plaza de San Andrés, en el Madrid de los Austrias, en el castizo barrio de La Latina.

Desde la puerta, mientras esperábamos para entrar, contemplamos la imponente cúpula que corona el complejo formado por la iglesia de San Andrés, la capilla de San Isidro y la capilla del Obispo.El edificio del museo ocupa el solar de un palacio que en su última época perteneció a los condes de Paredes. Construido por la familia de los Lujanes en la primera mitad del siglo XVI, antes de que el rey Felipe II trajera la Corte a Madrid. No obstante, se le conoce popularmente como “Casa de San Isidro” porque en ese lugar estuvo entre los siglos XI y XII la casa de Iván Vargas, amo de San Isidro y su esposa santa Mª de la Cabeza, y la tradición dice que en ella nació y murió el Santo.

El palacio de los Lujanes, demolido casi en su totalidad, fue reconstruido a finales del siglo pasado integrando algunos elementos originales: la capilla donde se dice que estaba la cuadra en la que el santo cuidaba los bueyes con los que araba las tierras de Iván de Vargas (o que labraban los ángeles mientras él rezaba), el pozo del milagro del que San Isidro rezando hizo elevar las aguas a la altura del brocal para salvar la vida de su hijo que había caído dentro, y un sugestivo patio renacentista. La capilla está decorada con pinturas murales interesantes y en la bóveda hay dos ángeles que sostienen una banda con la inscripción:“Hice dormivit in domino” (aquí durmió en el Señor), aludiendo a que el Santo murió en este lugar. El patio renacentista es de estilo plateresco, en cuyas columnas aún se puede distinguir el escudo de los Lujanes. Contiene varias esculturas, muy deterioradas, pero llenas de historia: un oso y un dragón procedentes de la fuente de la Cibeles, cuando manaba agua potable y los madrileños iban a llenar allí sus vasijas y también cuatro pequeños tritones procedentes de las cuatro fuentes del paseo del Prado diseñadas por Ventura Rodríguez en el siglo XVIII.

La exposición Orígenes de Madrid esta dedicada a la arqueología madrileña y a la historia de la ciudad desde la prehistoria hasta el traslado de la corte en 1561 por decisión de Felipe II. Del paleolítico inferior se observan fósiles de elefantes antiguos, mamuts, uros.. y restos de la industria de piedra de los primeros pobladores del valle del Manzanares desde hace 500.000 años, hasta el inicio de la agricultura. En el espacio de la agricultura, hay enterramientos y cerámica de la edad del bronce. A continuación están las esculturas, cerámica y piezas de vidrio de las villas romanas edificadas junto al Manzanares. Por último en la parte dedicada al Madrid musulmán y cristiano, hay alfarería, restos del antiguo alcázar y maquetas de la ciudad. La presentación de las piezas y la recreación de las situaciones aprovechando recursos informáticos es tan buena que hace la visita didáctica y amena.

El museo acoge también los monumentos funerarios de Beatriz Galindo y su marido Francisco Ramírez, el Artillero, que en el Siglo XV con apenas 15 años era capaz de traducir y hablar latín y griego a la perfección y llegó a la corte para enseñar latín a la reina Isabel. De ahí el castizo apodo de “La Latina” que le puso el pueblo y que da nombre al barrio.

Nos acercamos a la plaza de la Paja bajando por la costanilla de San Andrés. En el muro lateral de la iglesia se observa una marca que recuerda el lugar en donde se insertaba un pasadizo elevado construido para comunicar la tribuna de la iglesia con los aposentos de los Reyes Católicos. Una placa en la fachada lo recuerda.

La plaza de la Paja tiene forma irregular. Conserva el suelo de tierra y un sabor de otra época. Parece que debe su nombre al hecho de que se depositaba la paja que los madrileños aportaban para alimentar las bestias de los clérigos y que en el siglo XIII era lugar principal de mercado y centro de la villa, por eso estaba rodeada de palacios, hasta que fue desbancada por la actual Plaza Mayor.

La parte alta de la plaza está ocupada por la limpia fachada plateresca del edificio de la Capilla del Obispo. Fue Francisco de Vargas (descendiente de aquel Iván de Vargas del siglo XII patrón de San Isidro) quien ordenó la construcción del templo allá por 1520 para albergar los restos del santo que, al parecer, habían aparecido incorruptos y reposaban en la iglesia de San Andrés. Después de décadas de disputas y pleitos surgidos con el párroco de la iglesia que reclamaba a su santo, fue trasladado otra vez a la iglesia, adosando una capilla digna y suntuosa, repleta de obras de los mejores artistas de la época. Poco se conserva del aspecto original tras los estragos del incendio al inicio de la guerra civil en la que quedó también destruida la iglesia, pero ya no estaban allí las reliquias del santo que habían viajado a la colegiata de San Isidro, en la cercana calle Toledo, por orden del rey Carlos III.

Para ver la capilla del Obispo. Subimos la escalinata de acceso, atravesamos una bella puerta renacentista de madera tallada con escenas del antiguo testamento y a través de un pequeño claustro nos dirigimos al interior del edificio construido en estilo de transición del gótico al renacimiento. A ambos lados del hermoso retablo plateresco de madera se pueden ver los cenotafios de alabastro de los padres del obispo, Francisco de Vargas e Inés de Carvajal, y más atrás, en el muro de la derecha, el cenotafio del propio obispo mucho más rico y lujoso con su estatua orante. Todo ello esculpido por Francisco Giralte, discípulo de Berruguete. Mientras observábamos la belleza artística del conjunto, se oía cantar a un grupo de jóvenes contemplativas, las monjitas del Cordero, que animan la liturgia de las horas en la Capilla de Obispo desde el año 2010.

En la iglesia de San Andrés sobre la portada que da al patio se ve la escultura de San Andrés, de época original, con su cruz en forma de aspa. La iglesia barroca y la capilla de San Isidro albergada en su interior están muy restauradas y de manera un tanto exaltada, según nos había anticipado nuestro guía. Resulta entretenido buscar entre sus retratos “divinos” (personajes de la época que ponen su rostro a las imágenes de santos) a algunos conocidos como el del exalcalde Álvarez del Manzano dando su imagen al mismísimo san Isidro y a su mujer como santa María de la Cabeza, amén de familiares y otros políticos de la época en la que se hizo la restauración de la iglesia y hasta Luis Roldán, muy digno en su papel de santo.

Atravesando la plaza en dirección norte llegamos al jardín del Príncipe de Anglona, del siglo XVIII, acogedor y que merece la pena ser visto por su diseño y empedrado. Antes, en la esquina con Alfonso VI nos fijamos en el colegio de San Ildefonso, cuyos niños cantan todos los años los premios de la Lotería de Navidad y también lleno de historias.

Nos dirigimos después a la Iglesia de san Pedro el Viejo. La iglesia actual se construyó en el Siglo XIV sobre otra anterior y conserva como elemento más destacado su torre mudéjar. En el interior se respira el ambiente de una iglesia de pueblo y guarda una de las imágenes de mayor devoción entre los católicos madrileños. Se trata de la talla de Jesús el Pobre (así se diferencia del Jesús de Medinaceli), que sale en procesión cada Jueves Santo.

Pasear luego hasta la plaza de la Villa o hasta la colegiata en la calle Toledo, visitar alguna tienda con personalidad o sentarse y disfrutar de un café, de una caña o de un agradable menú del día en cualquiera de los lugares con encanto del barrio, es una experiencia tan placentera que resulta un estupendo broche para la visita.

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